Arte en la trinchera de la II Guerra Mundial

El Museo Guggenheim de Bilbao ha presentado hoy la muestra "El arte en guerra. Francia 1938-1947: de Picasso a Dubuffet", un recorrido por más de 500 obras producidas en el entorno de la segunda guerra mundial, que incluye cuadros de Kandinsky, Klee, Matisse, Dalí, Miró o Calder.
El Museo Guggenheim de Bilbao ha presentado hoy la muestra "El arte en guerra. Francia 1938-1947: de Picasso a Dubuffet", un recorrido por más de 500 obras producidas en el entorno de la segunda guerra mundial, que incluye cuadros de Kandinsky, Klee, Matisse, Dalí, Miró o Calder.

En 1939, el arte se convirtió en rebeldía. En una forma de resistencia. Los acuerdos de Múnich no aplacaron nunca la codicia de Hitler. La cosmopolita Europa de Stefan Zweig, donde los ciudadanos cruzaban las fronteras sin necesidad de presentar un pasaporte y las personas no eran sospechosas por su origen, religión o condición social, desaparecía bajo las leyes racistas del Tercer Reich. Los artistas no tardaron en sumarse a las listas de estigmatizados que ya engrosaban disidentes políticos y judíos. Ellos fueron los otros perseguidos, de los que nadie hablaba. El mundo del arte fue silenciado y reemplazado por el gusto oficial. Unos huyeron hacia el sur buscando la esperanza, otros se enclaustraron en sus estudios, los que tuvieron menos suerte fueron arrestados y encarcelados, y algunos se refugiaron en sanatorios mentales para escapar de la Gestapo.

mprovisar materiales

Todos mantuvieron un nexo común: la creación. Incluso en circunstancias más adversas, como su confinamiento en campos de internamiento –después les desplazarían a los de concentración, continuaron dibujando, pintando, esculpiendo. No importaba con qué, sobre qué, en qué material. El arte se había transformado en una forma de combate silencioso, de salvaguardar la honestidad de los hombres, de expresar el dolor de los sentimientos, de contar lo que estaba sucediendo, de proteger la libertad, de oponerse a quienes deseaban destruirla. A Picasso, cuanto más le atacaban, más creaba en su taller. «El hilo conductor –asegura Jacqueline Munck, conservadora jefe del Musée d'Art Moderne de la Ville de París– es cómo la creación artística ha salido adelante, ha sobrevivido y activado el imaginario y las nuevas maneras de crear y de improvisar materiales. La guerra no privó a los seres humanos de su imaginación. Es una de las lecciones que se aprenden con estas obras». Ella es, junto a Laurence Bertrand Dorléac, historiadora del arte y profesora del Centre d'Historie de Sciences-Po de París, la comisaria de la exposición «Arte en guerra», patrocinada por el BBVA y que acoge el Museo Guggenheim de Bilbao. Una selección de más de 500 piezas y un centenar de artistas. Algunos tan reconocidos como Dalí, Duchamp, Magritte, Giacometti o, Klee o Matisse. Pero de otros sólo queda lo que hicieron, lo que vemos en esta muestra. El examen de estas piezas singulares permite también adentrarnos, aparte de en los aspectos estéticos, «en lo corporal, lo humano, lo que ha hecho que nuestra experiencia no sólo sea un reto, sino también una serie de testimonios de lo que vivieron y lo que hicieron a partir de los residuos de la guerra: obras de arte», comentó Munck.

La guerra truncó el curso de la historia del arte. Los colores de la paleta cambiaron. Los materiales, también, y, por supuesto, los temas de los cuadros. Picasso, el creador de la modernidad, fue acusado de arrastrar la pintura a la degeneración. Optó por encerrarse en su piso de la calle de los Grands Augustins, en el mismo lugar donde había pintado el «Guernica». Es el prototipo del apátrida. No podía regresar a España. Tampoco tenía nacionalidad francesa. Vivía en tierra de nadie. Ahí fundió «El hombre del cordero», para demostrar a sus detractores que no había nadie mejor que él para hablar del humanismo; pintó «Mujer sentada en un sillón», retrato bifaz: una parte pertenece a Dora Maar, y la opuesta es un autorretrato (el único que se conserva de él). Y demostró que con material desechable se podía hacer una obra reivindicativa, una gran obra maestra, como atestigua «Cabeza de toro», realizada con el manillar y el sillín de una bicicleta. Es un Picasso pesimista, nostálgico, aunque es uno de los grandes nombres de su época, junto a Matisse y Bonnard, también representados aquí. A todos se les había prohibido exponer.

Libertad o Vichy

A su lado se ven las piezas de pintores emergentes que desafiaban la autoridad alemana con óleos coloristas que evocaban la bandera francesa. Ellos reivindicaron la libertad, la fraternidad y la igualdad frente al lema del régimen de Vichy: «Trabajo, familia, patria». El recorrido comienza con la reconstrucción de la primera exposición internacional de arte surrealista, celebrada en 1938. Ahí puede encontrarse la obra de Paul Dalvaux, Dalí, Óscar Domínguez, Magritte, Chirico (su última pieza metafísica: «Melancolía hermética»). Ellos ya advertían de los vientos bélicos que muy pronto sobrevendrían. Pero nadie intuyó su fuerza ni sus consecuencias. Un norteamericano sacó de la Francia ocupada a 2.000 artistas. Les salvó la vida. Entre ellos, Max Enrst y Dalí. Otros, más desconocidos para el gran público, permanecieron en su país, como Joseph Steib, un hombre «endomingado y torpe» de la burocracia que dibujó en el sótano de su casa una fascinante colección de óleos que parodiaban a los nazis (como esa cabeza de Hitler formada con figuras de cerdos); o Jeanne Bucher, la galerista que, a escondidas, siguió haciendo exposiciones de los «artistas degenerados» (se exhiben piezas de los pintores que defendió, como Kandisnky). Pero lo que impresiona son las obras de aquellos que cayeron en campos de internamiento, como Max Ernst, Hans Bellmer (que retrató al anterior en el campo de Les Milles) o Wols; y, más aún, los que fallecieron en campos de concentración. La muestra exhibe las obras que realizaron antes de ser conducidos a las cámaras de gas, como Charlotte Salomon, que falleció en Auschwitz con 26 años, Kurt Conrad Löw o Jane Lévy. Y el espeluznante testimonio de otra Lévy, Myriam, de la que sólo se conoce una obra. Un impresionante y único dibujo que atestigua que una vez hubo una mujer que se llamaba como ella. Murió en Auschwitz.

Nuevo estatuto para el Reina Sofía

Madrid- El Consejo de Ministros aprobó ayer mediante real decreto el nuevo estatuto del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, cuya aplicación no supone incremento de gasto público y que equipara su rango de autonomía con el que tiene, por ejemplo, El Prado. De esta forma, se refuerza el Patronato para favorecer la participación de la sociedad civil y se permite una gestión más flexible y eficiente, potenciando su capacidad de autofinanciación, informa Ep. Asimismo, se regula el procedimiento para la selección del director, ámbito en el que se establece un sistema de preselección que garantiza la publicidad del proceso, con el asesoramiento de un comité de expertos. Además, se recogen la regulación de los recursos económicos del museo, el régimen presupuestario aplicable y su control económico-financiero. La aprobación de este estatuto permitirá la posterior negociación de un convenio colectivo propio y la evaluación del desempeño profesional del personal del museo.