MENÚ
miércoles 23 octubre 2019
06:45
Actualizado

Arturo Pérez Reverte: "Hubo una apropiación indebida del Cid; a su figura se le puso una camisa azul"

El novelista evoca la figura de Rodrigo Díaz de Vivar en su novela «Sidi», una obra donde narra su exilio, cuenta cómo se forjó su leyenda y describe su capacidad para acaudillar hombres.

  • Foto: Gonzalo Pérez
    Foto: Gonzalo Pérez
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

19 de septiembre de 2019. 16:10h

Comentada
Javier Ors Madrid. 19/9/2019

ETIQUETAS

Este es un héroe de carne y hueso, forjador de hombres y de destinos propios, que sufre, pelea y mata. Un guerrero desnudo de encomios, que suda y sangra, padece hambre y frío, y que, al final de la jornada, en la España del yermo y el matorral, se sienta a dormir junto a su tropa alrededor de un fuego. Gasta la moral de su época, que no es buena ni mala, sino la que le ha tocado. Un soldado, como todos, capaz de cometer tantas justicias como injusticias y yerros, y que cabalga junto a su mesnada por aquella frontera que fue el siglo XI. Un caudillo aún sin los oropeles que dan las leyendas y sin que la historia todavía reconozca en su nombre, Rodrigo Díaz de Vivar, al Cid Campeador. En estos tiempos áridos, desprovistos de mitos y referencias, Arturo Pérez-Reverte nos devuelve esta figura en su libro «Sidi» (Alfaguara). Pero lo hace alejándose de falsos espejismos literarios, de antiguos poemas y exageraciones del pasado, para entregarnos a un caballero a secas, sin romances, reducido a la osamenta de sus propios hechos y la mirada que siempre da el vivir a la sombra de la suerte y el arbitrio.

–El Cid: ¿Héroe o mercenario?

–Son compatibles. La palabra mercenario tiene una injusta mala prensa. He conocido mercenarios de verdad. He estado con ellos en África y Oriente Medio. He ido con ellos. Algunos han sido amigos míos y algunos de ellos lo son todavía. De hecho, tú eres un mercenario. Tú hoy trabajas en tu medio como yo antes lo hacía en Televisión Española. Todos somos mercenarios de algo. Hay mercenarios espectaculares y otros más discretos, pero todos lo somos de algo, salvo que compartas la ideología y los impulsos de la empresa que te paga. El mercenario vende su trabajo y hasta su vida a veces. Y eso no tiene nada de malo. He encontrado mercenarios más dignos que muchos voluntarios. Puesto a ello, me fío más de un mercenario profesional y bien pagado que de un voluntario entusiasta que cuando llega la hora de la verdad se puede largar porque no lo ata nada. Un mercenario, en cambio, acepta ese riesgo.

–Los conoce bien, entonces.

–Mira, una vez en Angola estaba con un mercenario que tenía una unidad de negros. Y hubo una ofensiva del gobierno angoleño y todo saltó por los aires. Yo le dije: «Me voy, tengo un coche, vente conmigo». Y él me contestó que no se iba porque había cobrado los dos meses siguientes y porque no iba a dejar solos a sus hombres. Y se quedó con ellos pudiéndose marchar. Hay cierto pundonor en esa actitud. Se puede ser un mercenario con dignidad. Ese concepto de mercenario como algo peyorativo me ha hecho mucha gracia, porque yo siempre valoro mucho a un buen mercenario. E insisto: todos somos mercenarios en un momento de nuestra vida.

–Ha completado la figura de Rodrigo Díaz de vivar con esas experiencias.

–He vivido en muchos lugares de frontera como los que recorrió el Cid, no en el siglo XI, pero sí en África. Cuando hablo de violencia, de crueldad y de torturar prisioneros es que lo he visto, lo he vivido, lo he olido. Mi Cid se beneficia del álbum de fotografías, aromas y experiencias de esos lugares.

–¿Qué le interesó del Cid?

–Estaba viendo la trilogía de la caballería de John Ford y me dije: «Esa época correspondería con nuestro siglo XI». Ese fue nuestro lejano Oeste, con sus pioneros, sus incursiones apaches, que eran unos y otros, sus fuertes, monasterios, matanzas, persecuciones... «¿Cómo habría contado John Ford nuestra caballería en ese periodo?», me pregunté. Y luego, reflexioné: «¿Qué puedo aportar al Cid?» Porque se ha escrito mucho sobre él. Descubrí que no me interesaba el Cid de Valencia, sino cómo en realidad se hace el Cid, cómo nace un mito, cómo un infanzón que ha caído en desgracia y es un muerto de hambre, con una mesnada de hombres, sale a buscarse el pan y se convierte en una leyenda. ¿Cómo lo consigue? ¿Cuáles son sus artimañas, su inteligencia? Es lo que cuento y es lo que no se había contado hasta ahora.

–Los musulmanes y los cristianos se pelean entre sí, pero también entre ellos. ¿Hubo reconquista en realidad?

–Este es un concepto que vino después. En el siglo XI se luchaba para conseguir reinos y tierras, no para expulsar a los musulmanes de España. Este concepto es posterior. Eso de que Don Pelayo quiso volver a reconstruir España es mentira. Don Pelayo era un bandolero que hizo una emboscada en los montes, mató a cuarenta moros y se hizo un feudo y ahí empezaron los reinos cristianos. El Cid era un mercenario que fue ensanchando Castilla. Pero ahí nadie quería reconquistar nada, solo ganarse el pan y establecer reinos y poder. Este libro no es su objetivo, pero también supone una revisión de esa mirada maniquea sobre lo que llamamos «reconquista». Recuerdo que cuando estudiaba en el colegio, en los maristas, hablo del contexto de los años 50, leí un libro de historia en que el Cid es casi un héroe franquista. Es decir hay una línea de cruzada española que se llama «Don Pelayo, el Cid y Franco». Don Pelayo y el Cid inician la reconquista de España igual que hizo Franco después. Hay una apropiación indebida del Cid, al que se le puso una camisa azul, porque hay una persona que escribió: «El cid, camisa azul, por el cielo cabalga». ¡Eso era de mi época! Hay una apropiación indebida del Cid por parte del franquismo.

–¿Y la consecuencia de esa apropiación ha sido...?

–Que la izquierda al llegar al poder rechaza al Cid. En vez de quitarle la camisa azul, lo rechaza. Ahora palabras como «tercios» o «Cid» se han vuelto sospechosas. Esta apropiación de la dictadura de los símbolos épicos de la historia de España ha sido nociva, porque existe una parte de la izquierda, no toda ella, que esto quede claro, que en vez de depurar esos signos, de airearlos y de ponerlos a funcionar de nuevo, por su torpeza y su incapacidad de limpiarlos, los ha rechazado y los ha echado al cubo de la basu-ra. Ahora El Cid y Don Pelayo suenan a franquismo, a algo raro, casposo, de derechas. Por eso quería entrar a contar un Cid con la ambigüedad y el realismo que le pertenecen. Fronterizar el Cid. Y hacerlo independientemente de estas ideologías que se le han colocado. El Cid no quiere reconquistar na-da. Es mentira. Lucha para conquistar. Con el rey de Zaragoza amplia el reino de Zaragoza, como amplió Castilla cuando estaba con los castellanos. Lucha por el poder y el botín. Eso de la España de los moros y la religión viene después.

–Ahora existen muchos personajes olvidados, como Viriato, Guzmán el Bueno, Fernán González...

–Lo resumo en una frase: la falta de escrúpulos del franquismo y la torpeza de cierta izquierda, pero insisto, no toda ella, ha hecho que nos avergoncemos de nuestros personajes épicos en vez de disfrutarlos y de usarlos como referencia y conocimiento. O, incluso, recordarlos con orgullo, el humano, no el patrio. Yo no hablo de la patria, sino de que esas personas eran nuestros abuelos. Pero han hecho que nos apartemos de ellos. Algo que no sucede en ningún país del mundo.

–¿Su libro ayudará a limpiar la figura del Cid?

–Yo no soy un redentor. Soy un novelista. Cuento historias. No escribo para cambiar el mundo. Si mi libro sirve para algo, me alegro. Pero yo no quiero hacer el mundo mejor con mis novelas. No quiero reivindicar nada. Yo tengo un trabajo. Me pagan por escribir historias, lo hago eficazmente y se venden bien. Me gusta escribir narraciones. Pero si como consecuencia, un lector ve algo más, me alegro. Pero no es mi objetivo. Yo solo escribo para hacer mejor mi mundo.

–Lo comentaba porque donde no llega la historia, sí lo hace la literatura.

–El historiador tiene un problema: describe hechos e ideas. Pero no tiene alma. No puede penetrar jamás, porque su rigor científico y profesional lo obliga a mantenerse lejos de lo que es la parte humana e íntima del personaje. El novelista de talla, Walter Scott, Galdós y otros, completan la historia porque la humanizan, la hacen vivir en personajes de carne y hueso, la acercan a los lectores y la hace comprensible. Gracias a ellos estás dentro. El novelista te empotra en el momento histórico. Por eso, a veces, hay historiadores, aunque no todos, por supuesto, que odian al novelista. El escritor llega donde el historiador no puede llegar. Y eso cabrea a algunos historiadores, pero, insisto, no a todos. El novelista consigue una difusión para el hecho histórico que no consigue el historiador, porque él no está preparado para esa penetración masiva. Eso da origen a algunos rencores.

–Da una visión muy positiva del mundo árabe.

–En la novela se hace una diferencia entre moros de Al Andalus, como los que hay en el reino de Zaragoza, que ya están europeizados más o menos, con una cultura europea y de la península, con los almorávides, que son bárbaros del norte de África, que son fanáticos, yihadistas de la época. Son gente del desierto, con una cultura inexistente. Entre los musulmanes existían diferencias. Eso queda reflejado. Ellos los llamaban para la guerra, pero les temían. En España, los musulmanes se habían acomodado, pero necesitaban soldados. Y acudieron a tribus bereberes . Cuando ganaron, dijeron, pues ahora no nos vamos. Eso es lo que pasó. Es una pena que el proceso de guerra entre cristianos y musulmanes, yo no uso la palabra «reconquista», no se estudie mejor en los colegios, porque es muy interesante y educativo. Pero eso se ha dejado de lado, como tantas otras cosas...

–Una de los aspectos más llamativos es cómo el Cid es capaz de acaudillar tropas.

–Este libro también es un manual de liderazgo, además de novela histórica o de aventuras. en él existen claves de cómo manejar hombres, disuadirlos y ganarse su lealtad. A un ejecutivo de Toshiba le sería muy útil. Hay un montón de lecciones sobre este aspecto. He leído textos de Napoleón, teorías asiáticas sobre combatientes. He elaborado una teoría sobre el mando. Y esta obra desarrolla eso de una manera narrativa y literaria: cómo ejercer el mando y ganarte la lealtad de la gente.

Últimas noticias

Red de Blogs

Otro blogs