¡Atrapen a Banksy!

Un espontáneo posa delante de una de las obras que Bansky ha hecho en Nueva York
Un espontáneo posa delante de una de las obras que Bansky ha hecho en Nueva York

Parece que Banksy hubiese escuchado a aquellos creadores neoyorquinos que se lamentan, quejosos, de que en la ciudad hace ya mucho tiempo que no ocurre nada. Desde que puso un pie en Nueva York el 1 de octubre, el británico se ha propuesto «pintarrajear», como asegura el alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, los barrios de la ciudad. Sus propuestas artísticas se pueden seguir diariamente a través de la web banksyny.com. Él no avisa. Simplemente actúa y cuelga el resultado de su proyecto, «Mejor fuera que dentro». Ha llenado un camión con animales de peluche en el exclusivo distrito Meatpacking de Manhattan, hogar hoy de actores, modelos y diseñadores. Plantó también un puesto de venta en Central Park con grafitis a 60 dólares. Después de cuatro horas una mujer le compró dos por 120 dólares. Más tarde, un hombre, que necesitaba algo para decorar las paredes de su nueva casa, adquirió cuatro. Banksy no hizo caja: apenas unos 420. Su penúltima intervención es un niño que limpia los zapatos a una escultura gigante del payaso de McDonald's con la cara triste. La gimkana por la ciudad sorprende a propios y extraños: cada mañana sus seguidores se despiertan ávidos de sorpresas. El otro día, sin ir más lejos, la dueña de un edificio escribió en «New York Magazine» que no sabía qué hacer después de que su propiedad fuese pintada por Banksy (a la izquierda). Coleccionista de arte, de momento ha contratado a varios guardias de seguridad para que le cuiden la obra y no la destruyan otros grafiteros. Ahora se ha revalorizado.

Cuestión de envidia

Banksy ha unido al alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, y al resto de artistas de la calle, que destrozan las obras inmediatamente después de que él las pinte, en su contra. Mientras, el edil, un hombre de negocios que dirige Nueva York como si fuese una de sus corporaciones, ha puesto a la Policía a buscar al artista. «Se lo dejo al departamento de Asuntos Culturales (decidir si el grafiti es arte). Pero destroza la propiedad privada y es un signo de decadencia y pérdida de control. El arte es arte, y nadie lo apoya más que yo. Sólo creo que hay lugares para él. Y si uno llega a la propiedad de alguien o a la pública y la pintarrajea no entra en mi definición de arte», afirmó Bloomberg. Hace días el artista se puso en contacto con el periódico gratuito «Village Voice», donde concedió una entrevista. Al principio, en el rotativo no daban crédito. «No tengo motivo para hacer esto, ninguno oculto, aunque se pueda pensar que forma parte de una campaña de promoción de mi obra, pero no hay ni galería ni editorial ni distribuidora detrás», declaró Banksy a la redactora del periódico Keegan Hamilton.

Sobre sus piezas, destruidas por otros grafiteros (la que representaba a las torres gemelas ha sido borrada y en su lugar ha quedado una mancha), y las teorías conspiratorias que apuntan a que él podría ser el responsable de los destrozos, explica que «no destrozo mis pinturas. No. Pensaba que me odiaban porque utilizo estarcidos, pero simplemente me aborrecen», explica al tiempo que reconoce haber elegido Nueva York porque es un reclamo para los artistas del graffiti. Según él, «igual que un viejo faro». Aún, así reconoce que debería haber optado por otra urbe. ¿Pekín o Moscú? «Nooooo, la pizza no es tan buena allí». ¿Con qué nos sorprenderá mañana?.

En Europa, las cosas se ven de distinta manera. En 2008 hubo un momento de inflexión. Ese año, la Tate Modern de Londres, uno de los museos de arte contemporáneo más importantes, amaneció con seis grafitis de más de 50 metros de altura cubriendo su fachada. Las pintadas, la mayoría de las veces contestatarias, dejaban de ser gamberradas para convertirse en algo más. El grafiti puede ser arte y vandalismo. Algunas veces se cruzan las dos vías, pero no tiene por qué», dice a LA RAZÓN Cedar Lewisohn. El escritor fue el comisario de aquella exposición junto al Támesis que tanto dio de qué hablar y asegura que algunos grafiteros son los primeros que no están interesados en que se los considere artistas. «La muestra "Street Art"en todo caso se organizó para rendir tributo al movimiento e intentar dar a conocer a estos creadores que no tienen muchas ocasiones para mostrar sus obras», recalca. Lewisohn coincide en que la capital británica y Nueva York son los grandes paraísos, pero advierte de que la mayoría de las ciudades tienen un arte callejero local único o de la escena del grafiti, dos movimientos que diferencia. «Mientras que los artistas del Street Art suele contar con formación, los grafiteros son autodidactas. Pero las obras de ambos ya se pueden ver en todo el mundo. La gente que está interesada seguro que las descubre». El experto explica que el grafiti y el arte urbano han ido evolucionando durante los últimos cuarenta años: «Cuando vemos las turbulencias y las crisis que sacuden el mundo hoy, las paredes de las ciudades pueden dar una visión más clara del pensamiento del pueblo que las quer ofrecen los medios de comunicación. Sumado a esto, si pensamos en ciudades en las que no existen graffitis en la calle, esta ausencia también simboliza otra forma de política muy diferente», apunta.

El ladrón de bancos sin rostro

Nadie sabe su verdadera identidad, ni tan siquiera descifrar su nombre real. Se cree que se hace llamar «Robin Banks» para burlarse de la Prensa, ya que la traducción es «Ladrón de bancos». En 2007, «The Times» publicaba la foto del artista después de que un hombre normal y corriente de a pie se topara con él en Londres. Lo que miles de objetivos de medio mundo habían buscado durante años lo conseguía un simple teléfono móvil con cámara. Aparecía pintando una gran flor amarilla que, junto con un hombre sentado en un cubo de pintura del mismo color, completaban su último mural realizado en la pared de una casa de East London Borough of Tower Hamlets.

Curiosamente, cuando su nombre ha alcanzado fama mundial, han sido los vecinos quienes han denunciado la desaparición de sus murales en el barrio para ser subastados. Ocurrió este verano con «Slave labour», que mostraba a un niño de un país en vías de desarrollo cosiendo banderas británicas. De la noche a la mañana desapareció de Wood Green. En junio se vendió a un coleccionista privado por 750.000 libras. Otra de sus creaciones es la que muestra a dos policías ingleses besándose. Titulada «Avon and Somerset Constabulary», se vendió por 200.000 dólares. «Di Faced Tenners», que inmortalizaba a la princesa Diana de Gales en billetes de 10 libras esterlinas, se adquirió por 50.000 dólares. El artista (en la imagen, con el rostro tapado) ridiculiza en su web a las personas que gastan fortunas en sus creaciones, pero eso sólo consigue darle aún más prestigio.