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Bonilla, el cazador de libros

El escritor publica un nuevo volumen en el que repasa a través de multitud de anécdotas su gran pasión, el coleccionismo libresco, que se despertó en los años de instituto

  • «No recuerdo un día en que no haya buscado libros», confiesa Juan Bonilla en su nuevo volumen, una memoria «desordenada y azarosa» de una habilidad que es arte / Efe
    «No recuerdo un día en que no haya buscado libros», confiesa Juan Bonilla en su nuevo volumen, una memoria «desordenada y azarosa» de una habilidad que es arte / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

23 de septiembre de 2018. 02:10h

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Toni Montesinos.  23/9/2018

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En el año 2009, la Universidad de Sevilla publicaba un libro muy particular, «Enfermos del libro. Breviario personal de bibliopatias propias y ajenas», de Miguel Albero, en que este escritor, con su habitual sentido del humor, recorría las diferentes patologías relacionadas con los lectores. De este modo, hablaba de bibliopatías que encarnaban los bibliocleptómanos, los biblioclastas, los bibliófobos o los bibliófilos, con la intención de consignar todas las rarezas y hábitos que ostentan los coleccionistas de libros. Pues bien, aquel ensayo estaba precedido por un prólogo de Juan Bonilla, en que se declaraba otro «enfermo» de nuevos ejemplares obsesivamente que engrosasen su biblioteca. La real y tangible, y otra, la que llamaba invisible, es decir, la que iba tejiendo su mente en busca de otros innumerables títulos que deseaba conseguir.

Ahora, el autor jerezano publica un libro sobre su coleccionismo libresco teniendo la elegancia además de citar a Albero en unas páginas introductorias para referirse a aquel «Enfermos del libro», distinguiéndose de este, un ensayo histórico, del suyo, que acaba de publicar la Fundación José Manuel Lara. Lo ha titulado «La novela del buscador de libros» y, según sus palabras, «es sólo una memoria desordenada, porque la búsqueda de libros es así, desordenada, azarosa: es su principal encanto, saber cuando sales de caza que no sabes con qué te vas a encontrar». Y esa caza, en el caso de Bonilla, es continua, pues él mismo declara que no recuerda un día en que no haya buscado libros.

Este libro es, pues, una crónica personal de cómo el poeta y narrador ha desarrollado durante toda su vida algo que da en llamar vicio, evitando caer en términos ostentosos como «bibliofilia», pues «tan bibliófilo es el chaval que fui con una sola estantería de libros de bolsillo que el hombre que soy con la casa anegada de libros». De hecho, enseguida se encarga de diferenciar al bibliófilo, que «es el que tiene los libros exquisitamente ordenados y gusta de lucirlos», del bibliómano, a quien «los libros lo devoran, los tiene en montones por todas partes, en las estanterías las hileras hace tiempo que faltaron el respeto al orden y hay dos o tres hileras en cada una de ellas, porque se niega a imponerle fronteras al monstruo, llegará el momento en que tenga que sacar los libros al rellano o al porche, y lo hará sin dudarlo». Y entonces pone el ejemplo del escritor Alberto Manguel, que tanto ha hablado del castillo que tuvo repleto de libros, y del editor de Renacimiento, poseedor de una mastodóntica nave de libros, parte de los cuales trajo en barco de Nueva York.

Azorín, perpetuo lector

Sobre este terreno libresco, últimamente se han publicado diversos volúmenes, en particular desde la editorial Fórcola. Fue el caso de «Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París», de Azorín, un conjunto de artículos con reflexiones sobre el amor a los libros, a su hallazgo y disfrute, y la afición perpetua a la lectura. Iba este libro precedido de un prólogo de Andrés Trapiello, otro conocido «enfermo» de búsquedas bibliográficas, hasta el punto de que aparece en el ensayo de Bonilla, incluso retratado en una fotografía en el Rastro madrileño, que tanto frecuenta. Otros títulos, dentro de la misma editorial, han puesto el acento en los «Libros y libreros en la Antigüedad», como el trabajo de Alfonso Reyes, que exploró el día a día de la edición, compra y lectura de los libros en Grecia y Roma, o las singularidades de los primeros libreros y editores. A ello, finalmente habría que añadir «Los enemigos de los libros. Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías», del impresor y bibliómano británico William Blades, con prólogo también de Trapiello, que indagaba en aquellos que destruían libros, o los manipulaban mal o los vendían con avaricia, y cuyo valor era poco menos que sagrado.

Las páginas de Bonilla, por su parte, quieren rememorar cuándo y cómo empezó a rodearse de libros, en su caso en sus años de instituto, como si hubiera sido propietario de libros y escritor antes que lector, al contrario de lo que reza el tópico. Es más, sería posible explicar la vida propia a partir de los libros buscados y encontrados, y en verdad que «La novela del buscador de libros» será una amena y curiosa sucesión de anécdotas sobre cómo una serie de ejemplares llegó a sus manos en distintas partes del mundo: «Podría contaros mi vida describiendo establecimientos, libreros, [...] desvanes, buhardillas y sótanos donde castigué la espalda y los ojos en pos de algún libro que justificara el gasto de tantas horas». Asimismo, Bonilla hará una loa de los catálogos de los libreros de viejo –«la más refinada forma que ha alcanzado la crítica literaria»–, que son capaces de humillar una obra de la manera más definitiva: poniéndole un precio irrisorio.

Una infinidad de escritores y libros van apareciendo como tesoros que justificaron un momento vital memorable, muchas veces relacionado no con un autor clásico y célebre, sino sobre todo con escritores que el tiempo ha olvidado, como Julio Mariscal Montes, u otros de actualidad editorial aún hoy que Bonilla ensalza con entusiasmo, caso de Gonzalo Suárez. «Tenía que conseguirlos, sí», dice en un momento dado tras citar diversos libros, hablando de la primera vez que «el diablo del coleccionista» le convirtió en un enfermo del libro definitivamente. Hasta el día de hoy. Y seguro que mañana.

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