Cesc Gay: «La vida en pareja implica mucha generosidad, y eso cuesta»

Tras el éxito con «Truman», aparca el cine para probar suerte en el teatro con las relaciones de pareja en «Los vecinos de arriba».

Tras el éxito con «Truman», aparca el cine para probar suerte en el teatro con las relaciones de pareja en «Los vecinos de arriba».

Con los ecos del aplauso a su película «Truman» todavía sonando en su cabeza –el filme obtuvo recientemente cinco Premios Goya y una Concha de Plata en el Festival de San Sebastián para sus protagonistas Ricardo Darín y Javier Cámara–, el cineasta Cesc Gay deja temporalmente de lado la cámara para debutar en el teatro con «Los vecinos de arriba», una comedia escrita por él mismo sobre las relaciones de pareja y que tiene como fuente de inspiración el jaleo, perfectamente audible desde el domicilio del director, que armaba una vecina suya cuando practicaba sexo. La obra, que ya se ha estado representando en Barcelona con una estupenda acogida por parte del público, llega mañana a Madrid, al Teatro de La Latina, con una Candela Peña en el elenco que también se mide por primera vez haciendo teatro. Pilar Castro, Xavi Mira y Andrew Tarbet completan el reparto.

–¿Era tanto lo de su vecina?

–Bueno, es que además lo hacía a unas horas un tanto raras. Al principio, mi hija, que tenía cinco años entonces, pensaba que era yo, que le estaba haciendo algo a su madre, y no se atrevía la pobre a entrar en nuestra habitación.

–¿Qué vio que le disparara creativamente?

–Pues se creó una especie de espejo en el que contemplar mi propia vida. Pensé: «Y esta chica que goza tanto... ¿Seré yo capaz de generar algo así en otra persona?...». Porque, claro, cuando ya llevas mucho tiempo viviendo en pareja, las cosas tienen otro tempo. Lo bueno es que yo a ella nunca le he dicho nada. No tiene ni idea de que he escrito una obra de teatro sobre el asunto y que ha reventado en Barcelona (risas).

–Usted lo ha tratado en clave de comedia. ¿Conviene reírse más de nuestra vida en pareja?

–Yo creo que el humor es la gasolina necesaria para que la pareja pueda seguir funcionando y renovándose. Siempre que se pueda mantener ese vínculo, claro, porque hay veces en que a lo mejor no se puede seguir, y tampoco sucede nada. No pasa nada porque las relaciones terminen. Aunque es verdad que la obra lo que dice es: «Vamos a intentarlo; vamos a pelearnos un poco por las cosas». Ahora todo lo cambiamos muy rápido: el coche, el móvil, la ropa... Y yo veo a algunas parejas que conozco que digo: «Pero, ¿para qué os separásteis, si ahora estáis mucho peor? ¿No hubiera sido mejor pelearlo un poquito?». Quizá lo de la separación se haya frivolizado en exceso.

–Bajo esa risa que preside el tono de «Los vecinos de arriba», ¿hay alguna reflexión más seria en la obra?

–Pienso que sí, que reflexiona sobre esa complejidad de la vida en pareja; sobre lo delicadas que son las relaciones entre personas y sobre cómo hay que cuidarlas.

–¿Todavía nos queda aprender mucho sobre ello?

–Bueno, es que no tiene fin, porque todo va cambiando, y tú también vas cambiando. La vida en pareja implica mucha generosidad, y eso cuesta.

–Precisamente ahora, con un sonado éxito en el cine tan reciente, ¿no es un poco arriesgado debutar en el teatro?

–Es que yo no lo había preparado así. Cuando escribí la obra, «Truman» ni siquiera se había rodado. Fueron dos proyectos paralelos que finalmente se solaparon. En cuanto al posible riesgo, lo cierto es que, aunque sea debutante, también es verdad que mi éxito en el cine hace que el interés sobre lo que hago sea mayor.

–Y el hecho de debutar con un texto propio... ¿aumenta el riesgo o lo reduce?

–A mí me ha dado mayor seguridad. Tampoco he hecho películas sobre guiones de otros; igual tengo que asumir que no lo voy a saber hacer nunca. Ojalá me llegara una obra o un texto que me empujara a dirigir, pero lo cierto es que hasta ahora mi manera de trabajar es empezar yo escribiendo.

–Ser dramaturgo suena más grave que ser guionista. ¿Le ha dado respeto eso de pasar a ser considerado «autor teatral»?

–La verdad es que intento no pensar en ese tipo de cosas. En realidad, ha habido desde el principio un gesto bastante irresponsable por mi parte: me apetecía hacer teatro y lo he hecho, y ya está. Si hago el ridículo, pues a lo mejor no lo vuelvo a hacer; pero hay que arriesgarse, ¿no? Soy consciente de que cualquier chaval que haya estudiado tres años en una escuela de teatro sabe más que yo; simplemente he abierto una puerta y me estoy asomando por ella.

–Algunos directores se pasan al teatro hartos de ver cómo sobre sus películas terminan decidiendo ejecutivos que nada saben de cine. ¿Es su caso?

–Es verdad que eso ocurre, pero yo soy un privilegiado. Sobre todo, porque hago películas muy baratas que, como dicen en mi entorno, son de gente que habla en bares y restaurantes (risas). Considero que tengo mucha suerte; tengo amigos en el paro y yo, sin embargo, puedo pagar mis facturas dedicándome a algo que me gusta. Yo también salgo a tomar copas con ellos, y, desgraciadamente, a muchos se las tengo que pagar yo. Sé muy bien cuál es la realidad.

–A usted se le da muy bien ver el lado cómico de los asuntos más serios. ¿De qué cree que nos deberíamos reír más?

–De nosotros mismos. Si empezáramos así cada mañana, todo sería mucho más fácil.