Coppola,el director de los perdedores

El realizador, que ayer ganó el Premio Princesa de Asturias de las Artes, ha abordado la traición, la fidelidad y la amistad en una filmografía plagada de ángeles perdidos.

Su padre «odiaba a todo el que triunfaba» y Francis Ford Coppola decidió convertirse entonces en todo lo que ese maestro fracasado abominaba: un hombre de éxito. Lo hizo en el cine, en pantalla grande, para que el mundo contemplara sin recelo su desobediencia filial. Resolvió, además, alcanzar la vacua gloria de Hollywood a través de una gavilla de perdedores que representaban el reverso ignorado del sueño americano. El cineasta nació en el Detroit de los años treinta, que en ese momento era la Atenas del motor a combustión. De aquel imperio de cadenas de montaje y de industrias humeantes –cuyo rastro asoma en «Tucker»–, escapó un chaval decidido a convertirse en un creador, que, en su familia, era casi como mencionar el bíblico pecado original. Alcanzó su propósito adaptando a la estética de los nuevos tiempos unos géneros cinematográficos anclados en la obsolescencia y los tópicos. «El Padrino», un filme que rezuma el refinado aire que destila todo lo artesanal, sumía en el olvido a un puñado de trabajos, que apenas sobreviven hoy en la memoria de unos pocos, y le abría las puertas de la fama. Coppola ha acuñado su inmortalidad con el retrato de unos personajes que son la imagen moderna de los viejos ángeles caídos; unos seres extraviados que emergen de conurbaciones urbanas hundidas en la depresión o de la confusa inmigración europea que invadió Estados Unidos con oleadas de desarraigados y refugiados dispuestos a convertir su hambre en onzas de oro.

El realizador encontró en esa prole de desdichados la materia prima para una cinematografía violenta y novedosa, que traía un aire nuevo al séptimo arte –encarna a una generación de directores dispuestos a liquidar viejas herencias en la meca del cine– y abordaba, desde unos márgenes insólitos, antiguas preocupaciones de la conciencia, como la traición, la fidelidad, la amistad, el amor, la imposibilidad de eludir el destino. Los protagonistas de sus filmes son tipos honestos que viven en el trascoro de la sociedad; gente con mala fama que desea redimirse y convertirse en ciudadanos honrados en unos lugares donde la decencia desprende el inconfundible olor de los cadáveres putrefactos.

Con «El Padrino», redimía a un Marlon Brando –un mito que había pernoctado en las sentinas del desprestigio y la soledad– y contaba el dramático sino de Michael Corleone (encarnado por Al Pacino) y su pelea por fundar una familia alejada de los negocios de la mafia y su legión de matones con traje de rayas. Es la tragedia de la bondad cuando se encuentra bajo la égida inapelable del diablo. Igual que en el teatro griego, la desmesura, la «hibris», impedirá que alcance ese sueño y, cada intento por rehabilitarse desencadenará una suma de desgracias que alcanzará de manera irremediable a las personas que más ama. Resulta curioso que Coppola, se encontrara leyendo «El Quijote» cuando ayer se le anunció el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El ingenioso hidalgo de la Mancha representa el ideal de cambiar un mundo empecinado en despeñarse, con una terca reincidencia, por los mismos errores y egoísmos.

En «Outsiders» (con un elenco de actores desconocidos que unos años más tarde triunfaron, como Tom Cruise, Patrick Swayze, Diane Lane, Ralph Maccio, Matt Dillon), Coppola refunda el mito de la rebeldía juvenil de los cincuenta y se aleja del marco que estableció «Rebeldes sin causa», con un James Dean poseído de incomprensión y dolor. Esta cinta mostraba, con una cercana realidad, el ruido de navajas que se mueve en las calles y contaba la imposible redención de una pandilla, formada de amigos y hermanos, que habita los arcenes más depauperados de la ciudad. Regresa a esta obsesión con «La ley de la calle», con un reparto encabezado por un Mickey Rourke en estado de gracia (su interpretación lo catapultó a lo más alto de su carrera y su cara llegó a adornar muchas carpetas de colegialas). El actor se metía en la piel de un mito de barrio, de un «loser» con motocicleta. Americanas y chaquetas servían para contar algo elemental pero tantas veces olvidado: que existen caminos sin salida. Rourke y su hermano (Matt Dillon) son otros dos pecadores sin un capellán a su lado que les absuelva (en «Drácula» encontramos lo mismo: un rey condenado a penar en el purgatorio de la maldad por un arrebato de ira). Coppola no ha dejado un estrato sin tocar en sus películas: la mafia, la delincuencia, la injusticia social y la hipocresía del sueño en América. Jeff Bridges daba vida a Preston Tucker, un hombre con ideales, que adelantó innovaciones que habrían evitado accidentes y hubieran convertido los coches en medios más seguros. Pero el director enseñaba sin pudor la hipocresía de los intereses económicos a través del fracaso de este hombre, igual que en «El poder de la Justicia», con Matt Damon, Claire Danes y Mickey Rourke, denunciaba la farsa de los seguros médicos y de unos procesos judiciales que dependen más de la oratoria del abogado que de aplicar las leyes con ecuanimidad.

Pero si existe algo que marca el cine de Coppola, sin duda, es la desmesura, su capacidad para enfrentarse a proyectos imposibles y sacarlos adelante contra todo pronóstico, como «Apocalypse Now», adaptación de «El corazón de las tinieblas» de Joseph Conrad, con un Marlon Brando legendario. El director desmitificaba la guerra de Vietnam y ahondaba en los oscuros fantasmas que pueblan el alma humana. Un general ejemplar que acaba de convertirse en rey de unos bárbaros en mitad de una jungla que saca los instintos más arraigados y atávicos de la raza humana; los mismos que Coppola ha reflejado en sus filmes: poder, dinero, violencia, fracaso, injusticia.