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Kechiche: doce minutos de cunnilingus para nada

El polémico director de «La vida de Adèle» estrena «Mektoub, mi amor: Intermezzo», la segunda entrega de una intensa trilogía.

  • Abdellatif Kechiche ha traído a Cannes «Mektoub mi amor»
    Abdellatif Kechiche ha traído a Cannes «Mektoub mi amor»
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Tiempo de lectura 4 min.

24 de mayo de 2019. 09:04h

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Sergi Sánchez Cannes. 24/5/2019

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A Abdellatif Kechiche (Túnez, 1960) ambición no le falta. Cuando estrenó la primera parte de la trilogía de «Mektoub, mi amor» en la Mostra de Venecia del 2016, hablaba de que, por fin, había encontrado el material narrativo adecuado para hacer su versión de «La comedia humana» de Balzac. En esta segunda entrega, que se presentó ayer en Cannes sin créditos y recién salida del horno (sus anunciadas cuatro horas de metraje se han quedado en tres y media), retoma a sus personajes donde los dejó, en el final del verano de 1994, en Sète, en la playa y la discoteca, entregados a un hedonismo sediento y acogedor.

Suponemos que el espíritu de Balzac, realista hasta la médula, se coagula en este «intermezzo» en la captura que la cámara hace de la verdad del momento, a partir de un trabajo con la duración que no sabemos si calificar de radical o gratuito. «Mektoub, mi amor: Intermezzo» ha perdido la mirada central del que era su protagonista, Amin, que ha dejado la facultad de medicina para probar como fotógrafo y guionista.

Un observador pasivo

Trasunto del propio Kechiche y depósito de las laudatorias palabras del elenco femenino que gravita a su alrededor, Amin es aquí un observador pasivo de la comedia humana que se despliega en la escena de discoteca más larga jamás filmada (cerca de tres horas), sin hacer nada que sugiera que sus enigmas valen la pena ser descubiertos. Descartado un punto de vista que calibre los biorritmos de la película, solo queda el exceso de los cuerpos deseantes en la pista de baile.

Es obvio que Kechiche es un cineasta del cuerpo, pero no a la manera de Claire Denis o Philippe Grandrieux. Su obsesión por el trasero femenino, por ejemplo, demuestra que tal vez los que le tacharon de misógino en «La vida de Adèle» llevaban algo de razón. Es difícil saber cuál es el objetivo de Kechiche cuando decide dedicar doce minutos a una escena de cunnilingus y, por el contrario, se muestra de lo más pudoroso a la hora de esconder el miembro viril del protagonista en la secuencia final. No es, por tanto, un cineasta del cuerpo sino de la explotación del cuerpo, de su transformación en fetiche bajo una mirada extraordinariamente patriarcal.

Si Tinto Brass levantara la cabeza, pediría un hueco en la sección oficial. Es innegable que ese cuerpo femenino poseído por el baile transmite una vibración especial a una escena que se prolonga más allá de un principio y un fin que solo existen en función de los estándares de metraje. Tal y como está montada dura tres horas, pero podría durar seis, y el resultado sería idéntico. Es decir, nunca se tiene la sensación de que la escena necesite desarrollarse en tiempo real, ni siquiera que ese tiempo real sea orgánico. Hay algo de material en bruto en ella, que por un lado le da un aspecto inacabado, defectuoso, repetitivo, y por otro, hace intuir esa verdad impresionista a la que aspira Kechiche. No se sabe, eso sí, para contar qué.

El franco-tunecino logró en 2013 la Palma de Oro por «La vida de Adèle», y aunque la cinta logró éxito de público y crítica, no estuvo exenta de polémica por sus imágenes explícitas de sexo lésbico entre dos jóvenes. La propia autora de la novela gráfica en la que el filme está basado, Julie Maroh, expresó su absoluta disconformidad acerca del tratamiento del erotismo en el filme: «Las escenas de sexo son ridículas», afirmó. Por otra parte, desde sectores feministas le llovieron críticas por la «mirada masculina» del lesbianismo.

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