La moderna Salomé

Sus impresionantes ojos cautivaron a Charles Laughton, que la convenció para ser actriz
Sus impresionantes ojos cautivaron a Charles Laughton, que la convenció para ser actriz

Toda la sensualidad de Maureen O’Hara provenía de esa melena pelirroja que era ya en sí una leyenda, una cinematografía entera. La descubrió Charles Laughton, aunque ella parecía provenir más de Klimt y Egon Schiele, que supieron anticipar al mundo ese modelo de mujer pasional y con carácter que después aireó Hollywood a través de esa mitología de actrices indómitas como Katharine Hepburn, Rita Hayworth o Susan Hayward. En aquel cine de galanes ellas interpretaron el papel de unas nuevas «salomés» independientes y modernas que no temían mostrar su sexualidad, el descaro de su erotismo. Y lo hicieron en una época conservadora, en que los maridos trabajaban, las mujeres cuidaban a los niños y los héroes llevaban una petaca escondida en el bolsillo y gastaban camisetas de algodón para no pasar frío.

Lo de O’Hara resultó una conquista silenciosa en un mundo de mujeres con curvas y melena rubia. Varias generaciones de espectadores han crecido con la imaginación prendida por el sueño inalcanzable de sus ojos verdes y su pelo rojo, igual que otros avanzaron hacia la madurez gracias a los guantes de Gilda y la mirada felina de Ava Gardner. Su papel como zíngara, encarnando a Esmeralda en una versión de «Nuestra Señora de París», de Víctor Hugo, anticipaba su rol de chica dura y escasamente manejable que fueron cimentando sus éxitos posteriores. Algo que le daba al candor de su rostro una pátina ruda, como de chica guapa, pero de pueblo. Un detalle que explotó John Ford en un filme de inolvidable calado como es «El hombre tranquilo». Ahí coincidió con John Wayne, el centauro del desierto de los grandes western de aquellas décadas. Con él mantuvo uno de los magnetismos cinematográficos más célebres de la historia del séptimo arte y testimonio de esa imantación espontánea es otro título con mayúsculas como «Río grande». Aunque según cuenta una manida leyenda –los murmullos en Hollywood lo único que logran es acrecentar aún más el esplendor de su pasado–, la amistad entre ambos surgió cuando ella, resignada, tuvo que acompañar hasta su casa al hombre que mató a Liberty Valance porque había tomado más whisky de la cuenta en una fiesta de irlandeses. O’Hara compartió pantalla con otros grandes nombres como Errol Flynn y Tyrone Power. Pero, como la mayoría de las actrices de su época, su verdadera película fue su biografía: fue, según cuentan sus semblanzas, la primera mujer en EE UU en dirigir una compañía aérea y la primera irlandesa a la que se concedió la nacionalidad norteamericana. Pero eso, por supuesto, es historia, no cine.