La risa tonta de Peter Bogdanovich

Una escena de la cinta «She's Funny That Way»

Desde hace unos años, la Mostra parece interesada en recuperar la figura de algunos de los «popes» del «New Hollywood», caídos en desgracia por su inadaptación a las duras leyes de la industria del nuevo siglo. Por aquí han pasado William Friedkin («Killer Joe»), Monte Hellman («Road to Nowhere»), Paul Schrader («The Canyons») y, en esta 71ª edición y fuera de concurso, Peter Bogdanovich, con «She's Funny That Way». El caso de Bogdanovich, recién cumplidos los setenta y cinco, es el más llamativo del castigo bíblico que sufrieron algunos cineastas de los setenta con la llegada de la era Reagan. Su obra, la más marcada por la nostalgia del cine clásico de su generación, probablemente nació con fecha de caducidad. Su última película relevante, «Esa cosa llamada amor», se estrenó hace 21 años, y en este periodo de tiempo ha facturado unos cuantos telefilmes, ha intervenido como actor en «Los Soprano» y ha preparado minuciosamente su «comeback», esas resurrecciones creativas que tanto gustan en América.

Comedia sin chispa

Lamentablemente, a «She's Funny That Way», que intenta recuperar el espíritu de la «screwball comedy» que tan buenos resultados le dio, le fallan las sílabas tónicas, los acentos y la puntuación y parece un remedio, arrítmico y sin encanto, de una mala comedia de Woody Allen. «En el rodaje de "Saint Jack", película que presentamos en la Mostra», recordaba un desmejorado Bogdanovich en rueda de prensa, «contratamos a prostitutas reales para las chicas del burdel de Ben Gazzara, y cuando acabamos de filmar, les dimos un dinero extra para que empezaran una nueva vida. De ahí nace mi amor por "El pecado de Cluny Brown"de Lubitsch, la génesis de "She's Funny That Way"». En efecto, un director de teatro de Broadway (Owen Wilson, en el mismo registro que en «Midnight in Paris») se dedica a regalar una buena suma de dinero a las «escort» con las que queda para que abandonen la profesión. Los problemas surgen cuando su última buena acción, aspirante a actriz (Imogen Potts), se presenta a un casting para una obra que Wilson está a punto de estrenar. En la vieja tradición del vodevil de puertas que se abren y cortinas de ducha que se cierran, la película intenta recuperar el dinamismo de los diálogos y la excentricidad de los personajes –entre ellos, una irritante terapeuta histérica (Jennifer Anniston)– de la comedia de Hawks y Sturges, fracasando estrepitosamente. O no, porque la Prensa parecía pasárselo en grande y reía a mandíbula batiente. «No quiero morder la mano que me da de comer», afirmó Bogdanovich, «pero Hollywood va en la dirección equivocada». Lo dice un cinéfilo con autoridad en la materia que se sabe de carrerilla las filmografías de directores marginales del periodo clásico y que publicó un libro de entrevistas con grandes maestros de la época que es una fuente inagotable de anécdotas e ideas brillantes. «Cuando "Titanic"rompió las taquillas, Hollywood decidió que había que hacer cine a lo grande con presupuestos astronómicos», explicó el director de «Luna de papel». «Menos mal que aún existen las películas de Wes Anderson, Quentin Tarantino o Noah Baumbauch».

Es la cuarta vez que, en la sección Orizzonti, Raman Bahrani comparece en la Mostra. Una pena que «99 Homes» sea su peor película. Sigue interesado por los desfavorecidos –los desahuciados, las víctimas de las hipotecas «subprime», la clase media que creyó en la burbuja inmobiliaria y en el derecho inviolable de la propiedad privada–, pero su acercamiento al tema es cualquier cosa menos sutil. ¿Es creíble que un tiburón de los desahucios (M. Shannon) fiche a uno de sus desahuciados (A. Garfield) como ayudante? Ese contrato fáustico inicia el gran dilema moral de la película, que es a la vez el argumento de venta del sueño americano (ganar dinero justifica incluso pisar la congoja que un día fue la tuya), pero los modos del filme son tan toscos que resulta difícil reconocer en él al autor de «Un café en cualquier esquina».