Cine

La terapia de choque de Woody Allen

A punto de cumplir 80 años, el director regresa con un cóctel en clave de comedia sobre el pensamiento y sus consecuencias, con Joaquin Phoenix en el papel de un profesor dispuesto a tomar las riendas de su vida

Joaquin Phoenix, que interpreta al profesor Abel Lucas, junto a Parker Posey
Joaquin Phoenix, que interpreta al profesor Abel Lucas, junto a Parker Posey

A punto de cumplir 80 años, el director regresa con un cóctel en clave de comedia sobre el pensamiento y sus consecuencias, con Joaquin Phoenix en el papel de un profesor dispuesto a tomar las riendas de su vida

Robert Burton dio al mundo en 1621 un libro babélico e inabarcable que le ocupó media vida: «Anatomía de la melancolía». Y al inicio del mismo, para que nadie le buscara las tres piernas al gato, declaró sin ambages su intención: «Yo escribo sobre la melancolía para permanecer ocupado y así evitar la melancolía». El medio es la cura. Algo que Woody Allen lleva a rajatabla. En no pocas ocasiones (la más reciente en el pasado Festival de Cannes), el neurótico más influyente del cine moderno ha mantenido que «hago cine para distraerme, es una fantástica distracción y mi único modo para sobrevivir». Es también su coartada contra todos aquellos que lo acusan de rebajar el nivel de su filmografía a fuerza de presentar un título nuevo cada año (y ya va por el 45). Para Allen, todo se reduce a hacer girar la rueda y volver, si hace falta, una y otra vez a Dostoievsky, Kierkegaard y al imperativo moral categórico. Al cabo, todo es polvo: «Vete a explicarle a alguien por qué vale la pena vivir. No hay una respuesta positiva a la cruda realidad. Lo único claro es que la vida tiene su propia agenda y que tarde o temprano estaremos en una mala posición. Incluso todo lo que Shakespeare y Miguel Ángel hicieron va a desaparecer un día». Palabra de Allen.

«Irrational Man» es, en este sentido, terapia de choque para el neoyorquino y para sus numerosísimos seguidores, aquellos que vienen acuñando de un tiempo a esta parte una frase que ya es casi un lugar común («Voy a ver la nueva de Woody Allen»), sabiendo que durante unos cien minutos cada año entran en la casa de un conocido. Y los muebles siguen en orden. Presentada estos días en el Festival de San Sebastián antes de su estreno, hoy, en toda España, la película, ambientada en Newport (Rhode Island) entronca con dos de sus últimos trabajos «londinenses» («Match Point» y «El sueño de Cassandra») y con la madre de todas ellas: «Delitos y faltas» (1989). La ambigüedad moral, la dificultad para elegir un modelo de actuación y las consecuencias que generan cada uno de nuestros actos y decisiones vuelven a aparecer en una cinta que narra la llegada a una universidad acomodada de un profesor de Filosofía interpretado por Joaquin Phoenix. Aquejado de mil males «clásicos» en el cine de Allen (depresión, ansiedad, alcoholismo, escepticismo...), el maestro despierta el interés y hasta la veneración de una alumna a la que da vida Emma Stone. Pero, a pesar de la pasión que mueve en ella la idea romántica del perdedor atormentado y genial que representa el profesor Abe Lucas, el romance entre ambos no se desencadena hasta que éste toma una decisión crucial: matar a un juez que no conoce de nada en beneficio de otra persona de la que sólo sabe de oídas. Tras «tomar las riendas de su vida» con esta decisión «irracional», inicia una historia de amor con su alumna y ve desaparecer de golpe y porrazo todos sus males existenciales.

A pesar de la temática y el denso bagaje filosófico que esconde la cinta, Allen rueda en realidad una comedia negra, a ratos paródica y hasta autoparódica. «La filosofía es pura masturbación verbal», asegura el profesor Abe Lucas, que diserta ante el alumnado sobre Kant, escribe un libro sobre «Heidegger y el nazismo» y hace anotaciones de Hannah Harendt en un tomo de «Crimen y castigo». ¿Les suena? Éste es el mundo de Allen, sin aditivos: el que podemos encontrar en su forma más disparatada en trabajos tan tempraneros como «La última noche de Boris Grushenko» (1975) o en su versión más pesada en el ya citado «tándem londinense». Desde que Allan Stewart Köningsberg (Brooklyn, 1935) se pusiera detrás de las cámaras, su cine viene basculando sobre una serie de preguntas e incógnitas –ideas fijas, diríamos o «hobby horses», por citar a otro obsesivo como lo fue el autor del «Tristam Shandy»– sobre la condición humana. Y, a menudo, la respuesta es una carcajada. «Es halagador ver a la gente reír con tu trabajo y, en mi caso, es agradable mantenerme ocupado y no encarar la realidad».

- Obras mayores

El 1 de diciembre cumplirá 80 años. Ya pasaron los tiempos de la experimentación, cuando su obra basculaba entre Bergman y Fellini, rebotando de uno a otro, junto a mucha bibliografía y mucho cine europeo. De aquel toma y daca surgieron obras como «Interiores» o «Recuerdos», respectivamente. Y de la mezcolanza de todo ello más las calles y las gentes de su Manhattan en un tiempo concreto de vitalidad y mucho «postureo» (ya saben, Sontag, McLuhan...) extrajo puro oro, sus obras mayores: «Manhattan», «Annie Hall», «Hannah y sus hermanas»... En la última década, su cine se ha, digamos, «estandarizado» en un modo concreto de producción. Sus obras se alejan de las cifras de infarto de Hollywood. Su crédito es su firma. Y trabajar con él es un sueño para muchas «stars», dispuestas a rebajar su caché hasta donde sea necesario a cambio de figurar en wikipedia junto a él.

Joaquin Phoenix es el penúltimo en sumarse a su nutrido corpus de actores. Lo hace junto a Emma Stone, que repite tras protagonizar el trabajo previo de Allen, «Magia a la luz de la luna». En aquella cinta, ambientada en Francia, compartía historia con el distinguido Colin Firth. Para el papel del atormentado Abe Lucas, el director ha pensado en un intérprete cuya excentricidad personal es palmaria. Dice Allen que «cuando tienes la posibilidad de trabajar con alguien como Joaquin, automáticamente consigues un personaje problemático, confuso. Su lenguaje corporal es muy expresivo, tiene su ritmo al andar, al hablar». El actor, nacido en Puerto Rico en 1974, se presenta en pantalla pasado de kilos, hecho un desastre, en sintonía con un personaje que ha perdido la fe en el activismo –antológicas son las referencias a la Guerra de Irak o el huracán «Katrina»– y en la filosofía. Por contraste, Emma Stone luce brillante como alumna modélica: saca notas magníficas, toca el piano y tiene un novio de vida ordenada. Su única debilidad: una imaginación romántica y desatada que la arrojará en brazos del profesor Abe Lucas.

- Relaciones desiguales

Tampoco es ésta, cabe recordar, la primera ocasión en que Allen explota las relaciones desiguales entre un adulto (casi siempre varón) y una joven. Mariel Hemingway, en «Manhattan», es la pseudo «lolita» por excelencia del cine del neoyorquino. El extraño giro que la vida de Allen experimentó tras las acusaciones de abusar de su hija Dylan Farrow, bomba que explotó en febrero de 2014, parece agua pasada o, al menos, no parece que la polémica apartara al director de su dedicación obsesiva al cine, hasta el punto de que el también actor, guionista, cómico, productor, escritor y premio Príncipe de Asturias –entre otras muchas cosas– sigue adelante con su agenda de infarto y estrenará el año que viene una serie, la primera de su carrera, para Amazon. «La jubilación es para los que se pasan la vida trabajando en algo que odian», ha dicho Allen en más de una ocasión. Y su público se lo agradece.

Emma Stone, la no musa de Allen

No hace caso esta mujer menuda de 26 años cuando le preguntan si se ha convertido en la nueva musa de Woody Allen al haber protagonizado «Magia a la luz de la luna», la anterior cinta del director, y la que ahora llega a las salas de cine: «No lo creo. Me adecuaba al papel, nada más. Fueron, además, dos rodajes muy seguidos. No me parece que él trabaje con esa idea en la cabeza», asegura. Emma Stone (en la imagen) está inmersa en el rodaje de «La La Land», en la que comparte cartel por tercera vez con Ryan Gosling, un actor con quien, dicen en Hollywood, que funciona la química en la pantalla, algo que no hace ninguna gracia a la también actriz Eva Mendes, pareja de éste, y que tuerce el gesto cuando él se refiere a la intérprete pelirroja como «mi esposa de trabajo». Por cierto, es una incondicional del aceite de coco, que confiesa que utiliza como desmaquillante para evitar reacciones alérgicas porque le «hidrata la piel después de pasar muchas horas con maquillaje en el rostro».

El detalle

Nueva película sin Bruce willis

De la nueva película de Woody Allen, como suele suceder, poco o nada se sabe, ni título, ni argumento, aunque se conoce quiénes serán sus protagonistas: Blake Lively, Kristen Stewart y Jesse Eisenberg. Bruce Willis fue visto y no visto en el set de rodaje. Por lo visto sus desacuerdos con el cineasta le apearon del cartel en apenas 48 horas.