«Spotlight» como medida salomónica

La magnífica «Carol» no se llevó ni un Oscar. ¿Por qué esa inquina?

La Academia se puso salomónica en una edición marcada por la reivindicación racial y ecológica. Cómo no, fue un actor de color, Morgan Freeman, el que presentó el Oscar a la mejor película, «Spotlight», que se convierte, junto a «El gran espectáculo del mundo» y «Crash», dudosos precedentes, en el único filme que gana el premio gordo sin llevarse ninguno más en las categorías de director y actores, desbancando así a la favorita, «El renacido». Cómo no, Leonardo DiCaprio tuvo el tiempo suficiente para recordarnos que el cambio climático acabará con la humanidad. Chris Rock lanzó pullas a favor de la causa #OscarsSoWhite desde su privilegiada posición como maestro de ceremonias. Cómo no, González Iñárritu le recordó a Donald Trump que los mexicanos pueden ser algo más que espaldas mojadas. Aprovechar la visibilidad mediática de la tribuna de los Oscar es de recibo. Hay que nadar y guardar la ropa: el espectáculo debe continuar, pero siempre con el mensaje dentro de la botella. Desde aquí, una sola pregunta: ¿por qué esa inquina contra «Carol», que se no se llevó ni un Oscar de sus seis nominaciones?

«Spotlight», que la noche anterior había ganado el Independent Spirit Awards, es una película de actores, y ya sabemos el gran peso específico que tienen en el censo académico. Además, junto a «La gran apuesta», era la única película de las nominadas que tocaba un tema socialmente relevante –a saber, la caja negra de la pederastia, encerrada a cal y canto por la Iglesia, y abierta por una pandilla de periodistas intrépidos del «Boston Globe»–, y premiarla significaba un gesto, digamos, político. Si Chris Rock se preguntaba en su monólogo inicial si Hollywood era racista, los académicos le respondían que, a pesar de las apariencias, están comprometidos con la realidad. Y aunque «Spotlight», que reivindica un tipo de Periodismo que parece del pleistoceno en esta era de furiosos tuits, es mucho mejor que «Crash», su Oscar responde a una estrategia opuesta en intenciones pero parecida en resultados: aquel año se acabó denunciando las diferencias raciales y de clase y la violencia policial en una ciudad como Los Ángeles para castigar a la causa gay que representaba «Brokeback Mountain». Si el Oscar a la mejor película para «Spotlight» ha sido una de las sorpresas de la noche, qué decir del Oscar a Mark Rylance como mejor actor secundario por «El puente de los espías». Se oyó un vago murmullo de desaprobación en la platea, que ya estaba dispuesta a levantarse para aplaudir al dinosaurio Stallone. En el último momento, los académicos deben de haber pensado que premiar a Rambo, al Juez Dredd y a Cobra, el brazo tonto de la ley, era una broma pesada, teniendo en cuenta que el currículum teatral de Rylance es, digamos, un poquito más serio. El Oscar a Rylance también ilustra una tendencia significativa de esta edición: tres de los cuatro intérpretes ganadores lo han obtenido por su primera nominación. El citado Rylance, Alicia Vikander por «La chica danesa» y Brie Larson por «La habitación» simbolizan también una toma de postura por parte de la Academia: a los que piensan que los votantes no son más que un clan de viejas glorias, he aquí la apuesta por los novatos, aunque, como en el caso de Rylance, tengan el salón de su casa tapizado con premios Tony y Laurence Olivier y reciten a Shakespeare con la naturalidad de quien cuenta un chiste.

Por lo demás, se hizo justicia con «Del revés» (aunque «Anomalisa» también podría haber ganado dignamente); con «Hijo de Saúl», la excelente película de Lászlo Némes, como mejor filme extranjero; con la batería de Oscar técnicos para «Mad Max. Furia en la carretera» (dejando en cueros a la muy inferior «Star Wars. El despertar de la fuerza»); y, por supuesto, con Ennio Morricone y su espléndida banda sonora para «Los odiosos ocho», que provocó una de las ovaciones más unánimes de la noche. El casi nonagenario compositor italiano, al que Tarantino tuvo que suplicar su colaboración en la película, subió al escenario y habló a través de un traductor, a pesar de que ha trabajado con directores anglosajones (De Palma, Roland Joffé, Warren Beatty y Mike Nichols, entre otros) desde hace décadas. Genio y figura hasta la sepultura.