El ídolo que acabó en muñeco roto

En estos años de regresión pop, las canciones de Camilo Sesto habían vuelto a las pistas de baile, sobre todo con los arreglos que Guille Millyway, de La casa azul, hizo de la más emblemática de sus composiciones, “Vivir así es morir de amor”. Con esa “melancolía” estirada al final de la frase que enardecía los karaokes. Entró de repente en un circuito “índie” cuando todo parecía perdido. Camilo fue un ídolo que engordó el fenómeno “fans” en los años setenta cuando ya empezaban a llenarse las carpetas de las adolescentes con fotos icónicas, y un compositor de altura sideral que cató un éxito a su medida. La interpretación en “Jesucristo Superstar” acabó de encumbrar una voz poderosa. Nadie negaría que fue uno de los grandes de la llamada “canción melódica” que luego se convirtió en parodia para más tarde travestirse de modernidad. Produjo, entre otros, el primer disco de Miguel Bosé y despachó diez millones de copias de su disco “Amaneciendo”. Ninguna broma.

El paso del tiempo es inexorable y para cuando quiso ser un remedo del retrato de Dorian Gray ya el espejo se lo había tragado. Su última imagen subrayó un triste patetismo elaborado a base de operaciones estéticas imposibles que casaban con una personalidad escurridiza, tímida hasta la enfermedad, como el Yves Saint-Laurent de una pasarela musical, que le llevó a encastillarse en su casa. A partir de ahí fue ya carne de la Prensa del corazón interesada por su trasplante de hígado, sus recuerdos empapados en alcohol o un robo en su casa. Una pequeña corte le protegió del mundo real, tanto que la madre de su hijo Camilo, Lourdes Ornelas, abrió un culebrón de reproches hacia un personaje que mantenía en secreto su vida privada. Todo aquello eclipsó el regreso a los escenarios, que ya quedó en quimera. En la presentación de su último trabajo, “Camilo sinfónico” se le vio con dificultad para hablar y caminar. Ya no pudo disimular su decadencia, más atroz por la grandeza pretérita. Era noviembre del año pasado. Diez meses después, terminaría su ciclo. Y así, cuando el artista resucita, el hombre acaba muriendo.