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La (necesaria) invisibilidad de los traductores

España enseña músculo literario en el Salón del Libro de Casablanca, donde se rendirá tributo a Juan Goytisolo

  • Juan Goytisolo
    Juan Goytisolo /

    Efe

Casablanca.

Tiempo de lectura 4 min.

12 de febrero de 2019. 09:00h

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Julián Herrero.  Casablanca. 12/2/2019

«Y, posiblemente, con ello descubra algún día qué hacía yo en ese dichoso taxi». Pero un servidor ni viaja en taxi –sino en el VTC local– ni desconoce los motivos por los que ocupa el vehículo: rumbo al Salón Internacional de la Edición y del Libro (SIEL), muy cerca de la gran mezquita de la capital económica de Marruecos: «La segunda más grande», presume el chófer ante el minarete.

Entonces, al llegar al pabellón de España –levantado con los esfuerzos del Ministerio de Cultura, Acción Cultural Española e Instituto Cervantes–, uno se encuentra con esas mismas palabras del inicio, las que Antonio Lozano dejó grabadas en «Un largo sueño en Tánger» (Almuzara, 2015). Líneas que ayer, un día después de su muerte, continuaban retumbando a 340 kilómetros al suroeste, en Casablanca. Porque para eso fue un escritor-puente entre África y España –tomando la vía canaria, donde falleció–. Junto al texto de Lozano, otros compatriotas construyen los muros de la caseta del país «invitado de honor» de la feria: Andrés Ibáñez, Sara Mesa, Lope, Borja Ortiz de Gondra, Julián Casanova, Agustín Fernández Mallo, Cervantes, Calderón, Conejero... Entre todos dan empaque a las paredes de un lugar en el que se pretende obviar la distancia que provoca estar a uno u otro lado del Estrecho o, al menos, tender puentes como los que forjó el autor de «El caso Sankara» (2006).

En el mismo pabellón, situado justo en el centro del SIEL, las paredes que no se visten con libros se empapelan con imágenes de los 60. Las que sacó la Kodak de Vicente Aranda durante su viaje con Juan Goytisolo por Almería, por los «Campos de Níjar». «Fotos que podrían pertenecer a cualquier paisaje que se encuentre 300 kilómetros más al sur», presentaba Olvido García Valdés –directora general del Libro–, en Casablanca. Es la similitud que utiliza la instalación española para acercar a ambos países: «Pueblos comunes», continuaba antes de dar paso a las primeras ponentes de la tarde, Margarida Castells y María Luz Comendador: «Embajadoras del alma y traductoras como forma de amor e interés máximo por una cultura que no es la nuestra».

Dos nombres que nacieron entre lenguas. La primera, en Cataluña; la segunda, en Extremadura: «Pero me marcó mucho el día que, siendo una niña, mi familia me llevó a Portugal. Pensé que no nos iban a entender», ríe Comendador de lo que terminó siendo su «vocación». Una profesión que «se hace por satisfacción personal, porque lo que se paga por la traducción no compensa en absoluto». Juntas dialogaron sobre «el viaje» al que les han llevado las lenguas. En este caso, el árabe, el cual llega a ser un «gran problema porque es una lengua y, a la vez, muchos dialectos. Cada escritor lo hace en el de su región».

Sin embargo, las dos intérpretes coinciden en «la importancia de traducir a tu lengua materna». «Tanto como conocer al máximo la otra lengua, la original, para llegar hasta el fondo», apunta Comendador: «Porque traducir es hacer una lectura muy particular y profunda». Tomar decisiones, ser «los responsables de dar forma a lo que el lector recibe. Por ello tiene algo de vocación literaria», explica Castells de una visión concreta y personal que no entiende de diccionarios. «Uno de dialectos aporta muy poco. Hay que informarse con todo lo que se pueda, y si es necesario recurrir a hablantes de la lengua. Puede que ninguna documentación valga», para Comendador: «Incluso, a veces, es cuestión de suerte que alguien te ayude. La respuesta puede estar en cualquier lado».

Auxilio que, a veces, ni siquiera se encuentra en el propio autor. «Esto es un trabajo solitario e independiente. Está bien acudir a ellos si así se requiere, pero no es necesario», explican aquellas que, como sus compañeros de profesión, se olvidan en el quehacer diario de un mundo contradictorio, cuenta Comendador: «Si queremos conseguir nuestro objetivo tenemos que ser invisibles e inaudibles».

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