Estéticas del novelista poliédrico

Adolfo Sotelo Vázquez acaba de editar «La forja de un escritor» –que reúne los artículos de juventud de CJC–, trabaja en una biografía sobre él y dirige el simposio que se inaugura este mes en la Universidad Camilo José Cela

Adolfo Sotelo Vázquez acaba de editar «La forja de un escritor» –que reúne los artículos de juventud de CJC–, trabaja en una biografía sobre él y dirige el simposio que se inaugura este mes en la Universidad Camilo José Cela

La vocación literaria de CJC se inicia en 1931, y lo hace como vocación lectora. Un lector ordenado y consciente (los clásicos, los modernos del 98, Ortega y Gasset), que unos pocos años después asistiría con fervor a las clases de literatura de los Siglos de Oro de Fernández Montesinos y de literatura contemporánea de Pedro Salinas en la sin par Facultad de Filosofía y Letras madrileña. Su primer perfil como escritor es el de poeta: «Pisando la dudosa luz del día» (1945) fue escrito en los primeros meses de la guerra civil e inicia una voz, timbrada en los magisterios de Alberti y Neruda, que ha anidado en toda su obra hasta la compilación «Poesía completa» (1996).

El segundo perfil, el indispensable, se configura en 1942 con «La familia de Pascual Duarte». CJC es novelista que, con Unamuno, Baroja y Valle-Inclán en su equipaje, abre los caminos de la novela de posguerra. Pascual, novela líneal y drama rural con acentos lorquianos, es la acción desde la confesión; «Pabellón de reposo» (1943) es la inacción desde la confesión; «Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes» (1944) es el palimpsesto desde la confesión; «La colmena (1951)» –una de las mejores novelas españolas del siglo XX– es la mediocridad de una sociedad y de una ciudad desde la crónica que se proyecta hacia la colmena humana, en busca de las raíces más oscuras, más propias, de la temblorosa colectividad; «Mrs. Caldwell habla con su hijo» (1953) –novela a reivindicar– es un doloroso esfuerzo poético desde la confesión, mientras que la crónica es el modelo narrativo de «La catira» (1955) y de «Tobogán de hambrientos» (1962). Siguiendo la pauta de «coger la vida y estrujarla contra su corazón», CJC continuó edificando su perfil seguro de novelista. La memoria enfurecida alimenta «San Camilo, 1936» (1969); la memoria, esa fuente del dolor, nutre las mónadas de «Oficio de tinieblas, 5» (1973); «elegía memorial» es «Mazurca para dos muertos» (1983); «Cristo versus Arizona» (1988) discurre por una letanía de un solo aliento; y «Madera de boj» (1999) es crónica y letanía que articulan una novela como «reflejo de la vida y la vida no tiene más desenlace que la muerte».

La narrativa breve dibuja su tercer perfil. Cuentos, fábulas, apuntes carpetovetónicos (genial creación que une lo intrahistórico unamuniano con la perspectiva orteguiana) y divertimentos constituyen una amplísima gavilla que va de «El bonito crimen del carabinero» (1947) hasta «Historias familiares» (1999), pasando por «El gallego y su cuadrilla» (1949) o «Toreo de salón» (1963). Se trata del Cela esencial: retratos, caricaturas y estampas fraguadas desde la amargura y la misericordia, que se desbordan en un valleinclanesco tablado de marionetas. Por aquí circula la médula de su escritura.

Pese a la radical unidad de la obra de CJC, la pluralidad de sus manifestaciones autentifica un cuarto perfil: el autor de libros de viaje. Amalgamando la tradición aprendida en los viajeros del 98 con Unamuno a la cabeza, las «notas de andar y ver» de Ortega y los libros de Josep Pla – «Viaje en autobús» (1942), especialmente–, el maestro gallego y escritor vagabundo crea, con originalidad insólita, una serie de libros de viaje, entre los que «Viaje a la Alcarria» (1948) merece ya la vitola de clásico de la prosa contemporánea. Conviene recordar que poco antes de iniciar, en el verano del 57, «El viaje al Pirineo de Lérida», le escribía a Josep María Espinàs, el escritor catalán que le acompañó: «El vagabundaje es un estado del espíritu».

El quinto perfil es el que dibujan la inacabable lista de colaboraciones periodísticas con las que CJC sembró la prensa española desde 1942 hasta el siglo XXI. Su talento de articulista se funde con las querencias viajeras y la habilidad para la fábula breve, como atestiguan las sucesivas recopilaciones que van desde «Mesa revuelta» (1945) a «El color de la mañana» (1996). El lector atento descubrirá en esta «escritura del día» muchas de las invariantes de su pensamiento y una constante glosa del mundo en torno.

Al margen de sus importantes quehaceres en los dominios de la lexicografía y otros saberes ane-xos (otro verdadero perfil) y de sus creaciones teatrales, el último perfil de este gigante de las letras españolas contemporáneas lo constituye su obra memorialista. Obra inacabada que tiene en «La rosa» (1959) y «Memorias, entendimientos y voluntades» (1993) dos eslabones excepcionales, tanto por el mundo recordado como por la intensidad y suficiencia estéticas con que se ha llevado a término. Quedó en proyecto un tercer tomo que se adentraba en la posguerra y que seguramente hubiese llevado el marbete de «Turno de réplica».

Estas son las caras del poliedro Cela: novelista, narrador, articulista, vagabundo, dramaturgo, memorialista, lexicógrafo y, sobre todo, poeta. Su perfil de novelista fue determinante para obtener el Premio Nobel en 1989. En el equipaje llevaba las señas de identidad de un poeta de la lengua española, que sabía que al enfrentarse durante más de 60 años con las cuartillas en blanco daba significado a la reflexión del humanista Luis Vives, a quien citó en alguna ocasión con aquiescencia: «No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras».