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Fra Angelico, el beato que admiraba Rothko

El Museo del Prado reúne 40 obras del artista en una exposición que explora los inicios del Renacimiento y que cuenta también con obras de Donatello y Masaccio

  • Detalle de «El retablo mayor de San Domenico de Fiésole», donde puede apreciarse el naturalismo que Fra Angelico da a los personajes que retrata en esta obra
    Detalle de «El retablo mayor de San Domenico de Fiésole», donde puede apreciarse el naturalismo que Fra Angelico da a los personajes que retrata en esta obra /

    DAVID JAR

Tiempo de lectura 5 min.

27 de mayo de 2019. 23:43h

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Javier Ors 27/5/2019

Fra Angelico venía de ese arte de alturas ojivales que era el gótico, con sus vidrieras para iluminar espiritualidades y vírgenes casi «prebotticellianas» arrancadas ya de sombras románicas; un estilo taraceado de medievalismos y panes de oro que él fue abriendo a la modernidad de su época, a aquella vanguardia de los massacios y donatellos, pero sin renunciar al pregón religioso que lo impregnaba desde hacía siglos. El artista nació en Florencia, aunque despuntó en Fiésole, donde tomó el hábito dominico, que es donde comenzó a rematar obra propia y a asumir las lecciones de su maestro, Lorenzo Monaco, un hombre de apuradas elegancias, pero apegado en exceso al discurso de la tradición anterior.

La ambición de un creador asoma en sus rebeldías y Fra Angelico, que aprendió bajo la lumbre de un hombre ceñido al marco de lo establecido, emprendió pronto su derrota, que era la misma de sus contemporáneos, una cofradía de innovadores que crecieron alentados por las oportunidades que ofrecía ese siglo de mecenazgos varios, de encargos que vigorizaban rivalidades artísticas. «Es cuando surgen los patrocinios, cuando se piensa en la monumentalización de las ciudades y empiezan los encargos públicos. Es un clima creativo de enorme inquietud intelectual y un carácter mucho más burgués. Un clima cultural muy intenso, de gran refinamiento», explica Miguel Falomir, director del Museo del Prado.

Esos jóvenes formaron una de las generaciones del Quattrocento, que hoy contemplamos como un clasicismo y que en aquellos instantes despertó controversias, animó debates y levantó más de un asombro. Ahí estaba Ghiberti, que le dio al baptisterio unas puertas que hoy siguen siendo un reclamo turístico, Brunelleschi levantaba esa segunda Torre de Babel que era la cúpula de Santa María de las Flores y Donatello dotaba de una humanidad impensable a sus obras. Fra Angelico contempló estos avances con una callada admiración y decidió sumarse a la caterva de airosos genios, que impactaron con esa inesperada Capilla Brancacci, con sus pinturas novedosas que hoy se han convertido en reclamos de aquellos que acuden a la Toscana.

Nunca vistas

El Museo del Prado ahonda en estos orígenes en «Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia». Una exposición, una de las más ambiciosas del bicentenario, que reúna 83 obras, 40 de ellas de Fra Angelico, lo que resulta algo excepcional, porque las pinacotecas no dejan tablas y si prestan alguna jamás debe exceder el metro y medio.

Las que se han reunido en la pinacoteca madrileña jamás se habían visto con anterioridad en nuestro país y forman un conjunto perfecto para ilustrar la evolución de este artista, una de cuyas pinturas mayores, «La Anunciación», eje vertebrador de la exhibición, acaba de ser restaurada. Se han traído además composiciones de una nómina de artistas, de esos que cualquier estudiante de arte retiene en la memoria, que logran arropar a Fra Angelico y proporcionarle el contexto que rodeaba a su talento, como Masaccio, Paolo Uccello, Masolino, Filippo Lippi y otros. «La gran aportación de Fra Angelico es la sensibilidad que es capaz de transmitir a los gestos, los colores vivos, que es algo que no se encuentra por lo general en otros pintores que trabajan en los mismos años que él, su capacidad para representar lo irrepresentable. Hay que conocer muy bien sus cuadros. Sin ellos es imposible conocer a Mark Rothko, por ejemplo, que regresaba constantemente a Fra Angelico, a su manera de representar su espiritualidad y que vibraba con el florentino», explica Miguel Falomir.

Admiraciones

El director de la pinacoteca ha destacado la influencia, en ocasiones insospechada, que Fra Angelico ha ejercido en otros artistas, como Gauguin, que jamás disimuló la fascinación que le causaba, o Miguel Ángel, que, con toda su «terribilità», claudicó ante su don y cuando vio «La Anunciación» llegó a decir que «se le tenía que haber aparecido la misma Virgen para representar esa escena con tanta vivacidad». La exposición, que está comisariada por Carl Brandom Stehlke, es una oportunidad para profundizar en la obra de un hombre que quiso amoldar el estilo a su personalidad, desprenderlo de atavismos entorpecedores y conjugar lo antiguo con lo moderno. Puede apreciarse en «La Virgen y el Niño con cuatro ángeles» o «La Crucifixión», con resonancias de Brunelleschi. En ambas tablas no existe el paisaje, sino un fondo dorado que remite a cierto primitivismo, aunque en la segunda, las figuras están impregnadas de un naturalismo que bebe de la escultura de Donatello. Fra Angelico irá abriéndose a nuevos descubrimientos, incluyendo el paisaje, como se aprecia en «Historias de los padres del desierto» y que alcanza su culmen en «La Anunciación», que incorpora todo lo que se conoce en ese momento. El artista deja de lado, como un velo inútil, el dorado y acude al fondo, que ejecuta con una perspectiva nueva, la del espacio, que le da profundidad a la sala y al jardín. Pero, además, como ya había sucedido en otras de sus obras, personaliza los rostros, los dota de identidad, que es una de las novedades que también sobreviene con el Quattrocento. Todo eso sin renunciar un ápice a su religiosidad (la que después le valdrá que sea ensalzada en la Contrarreforma y que se le nombrara como el pintor ideal por su conjunción de devoción y maestría). «No es cierto –desmiente Falomir–lo que afirmaba Vasari de que Fra Angelico, antes de coger los pinceles, oraba. Es un pintor de pintores, alguien que experimentaba, que corregía, como se ha podido comprobar durante la restauración de «La Anunciación».

La exposición es una oportunidad para contemplar una de las pocas presentaciones (un boceto) que se conservan de Fra Angelico y un dibujo que él realizó para un descendimiento y que hoy en día se conserva en Inglaterra. Pero, también, se pueden contemplar las diferentes partes que quedan del «Retablo mayor de San Domenico de Fiésole», de la que sobreviven unas predelas impresionantes, de enorme virtuosismo, o «La Virgen de la Humildad con cinco ángeles». Fra Angelico, que fue beatificado por Juan Pablo II, parece que también ha sido santificado por la historia del arte. Es un creador que, a pesar de la inminente religiosidad que empañan sus trabajos, jamás ha dejado de suscitar curiosidad y en los últimos años se ha revivificado su nombre. Algo que resulta inusual en un mundo atravesado por enormes y rampantes laicismos, calado de un materialismo que no parece conocer límites. El mérito de Fra Angelico, que posee una falsa o equívoca ingenuidad, es haber logrado alcanzar la máxima destreza en la pintura, pero sin permitir que la técnica eclipsara el mensaje.

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