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La América precolombina no era un «paraíso hippie»

El libro «1491» desmonta los tópicos que presentan al continente como paraíso pacífico antes de la llegada del hombre blanco, cruel y explotador: los imperios indígenas ya explotaban, asesinaban y destruían el medio ambiente

Facsímil del Códice Tro-Cortesiano, o Códice de Madrid.
Facsímil del Códice Tro-Cortesiano, o Códice de Madrid. Museo de América

El mito de la América como paraíso hasta la llegada del «hombre blanco», poblada por hippies que vivían pacíficamente de coger fruta de los árboles y de cazar, arraigó con mucha fuerza en la segunda mitad del siglo XX con la Nueva Izquierda. Ese mito del paraíso pacífico y del «buen salvaje» tenía una finalidad política, la de denunciar la maldad del capitalismo occidental, contaminante y despiadado, frente al supuesto colectivismo indigenista maridado con la Naturaleza. Era la época del tercermundismo y la descolonización africana, de los movimientos revolucionarios en torno al Che y el maoísmo.

En Hispanoamérica tuvo mucho éxito y todavía es muy corriente escuchar el mito del buen salvaje, que diría el venezolano Carlos Rangel, alimentado por dictadores izquierdistas e indigenistas, o políticos desesperados que quieren esconder sus miserias. Se creó así un estereotipo politizado, atado a mitos y al victimismo que, al tiempo, despreciaba la verdadera cultura de los pueblos indígenas. El resultado es que mucha gente repite la historia de los pobres indios, felices y contentos, en paz y armonía natural, hasta la llegada de los codiciosos, contaminantes y crueles europeos.

Tres falsos mitos

El libro del estadounidense Charles C. Mann, «1491. Una historia de las Américas antes de Colón», es un intento notable de acercar las más recientes investigaciones sobre la América pre-europea con la evidente intención de deshacer mitos. Mann piensa en el público norteamericano, pero vale para el europeo. El objetivo declarado es humanizar a los pueblos precolombinos en sus culturas y formas de vida. El propósito del autor es desacreditar tres ideas comunes sobre las Américas antes de Colón: que los continentes estaban escasamente poblados, que el desarrollo social y técnico era limitado, y que los indígenas no dejaron impacto en el medio ambiente.

Empezando por el final, he de advertir que a los ecologistas radicales no les va a gustar el libro porque, Mann asegura que los indígenas se dedicaron a explotar y cambiar el paisaje en beneficio propio, alterando incluso la huella de carbono. Un buen ejemplo es la Amazonía, donde las populosas tribus cambiaron la vegetación y transformaron la naturaleza a su antojo y necesidad.

Tampoco el libro va a ser del agrado de los que sostienen el paraíso humano indígena hasta la llegada del malvado occidental. Mann no se corta a la hora de contar cómo los olmecas deformaban los cráneos de sus hijos recién nacidos, o cuando alude a los ingentes y absurdos sacrificios humanos de los aztecas. No se respetaban los derechos humanos, y eso es indiscutible. Ahora bien, el autor cae en exageraciones, como afirmar que la filosofía azteca (también conocida como «mexica») estaba a la altura de la filosofía griega o de la china, pero que la llegada de los españoles impidió su desarrollo.

Otra exageración de Mann es cuando afirma que la gran escuela de la libertad política, la primera, anterior a la europea, fue la Liga de los Iroqueses. Es curioso, pero Friedrich Engels, a partir de los estudios de Lewis H. Morgan, tomó a los iroqueses –tribu norteamericana– como ejemplo de comunismo primitivo porque no tenían clases sociales, propiedad privada ni Estado, sino que se basaban en el matriarcado y la armonía con la naturaleza. Además, la felicidad, decía el socialista, no estaba en el progreso material y tecnológico, sino en la conservación de la tradiciones y de la comunidad. ¿Quién lo estropeó? El hombre blanco, capitalista y patriarcal, claro.

Mundo cruel

El deterioro medioambiental que los indígenas cometieron se debió también a la densidad de población merced a grandes concentraciones humanas y desarrollos urbanos, con sus problemas y beneficios, como en cualquier civilización. Tenochtitlán, por ejemplo, fue una gran ciudad a nivel europeo, con agua corriente y calles limpias. Nada indica que hubieran perdurado por sí mismas, porque otras civilizaciones desaparecieron, como en Persia. Esas culturas eran imperios, como los mayas, aztecas e incas, y explotaban a sus vecinos. Todo imperio es dominador, y la dominación significa violencia sobre el otro, al que se pide hombres, impuestos y sumisión. Por tanto, como dice Mann, no había armonía, no era una postal hippie, sino un mundo cruel como cualquier otro.

Esos imperios y civilizaciones desarrollaron técnicas manufactureras y agrícolas, como la modificación genética del maíz que desarrollaron los mexicas para aumentar la producción. Tuvieron una agricultura intensiva que agotó la tierra, instalaron granjas y fertilizaron el campo. Además, usaron el fuego para controlar el paisaje, asunto que hoy saca de quicio a los ecologistas. Arrancaron árboles para comer y plantaron frutales y pastizales. Mann incide en un consenso académico actual: los indios no eran solo cazadores-recolectores, sino que transformaron el entorno para su explotación. No existía un parnaso, insiste, sino realidad humana.

El problema fueron las enfermedades que involuntariamente llevaron los europeos, sobre todo españoles e ingleses, y para las que los indígenas no estaban preparados. La tripulación del tercer viaje de Colón llevó enfermedades que corrieron como la pólvora. Si ha sucedido con el covid-19, rodeados de tecnología y avance médico, es posible imaginarse lo que fue entonces. Aquellas dolencias llevadas a América sin querer desencadenaron una de las mayores catástrofes en la historia de la Humanidad. Los sistemas inmunológicos de los americanos no estaban preparados para hacer frente a los virus y las bacterias. Fue un desastre y las cifras están en cuestión. Mann apunta a que en los siguientes cien años entre el 90 y el 95 % de los indios murieron a causa de enfermedades europeas, lo que era la quinta parte de la población mundial. Y como hay debate, hay política, como por ejemplo las extravagancias de López Obrador, presidente de México.

Los primeros colonos y conquistadores llegaron cuando la pandemia estaba en pleno auge, lo que, según recoge Mann, habría facilitado la victoria de los españoles. Llegaron a sociedades donde había muerto hasta la mitad de la población, lo que derrumbó su orden social y político. Esta circunstancia, unida a la alianza con algunos pueblos indígenas para derrotar a los imperios opresores, habrían sido las claves del éxito. A Mann se le olvida la pericia de los españoles, dando a entender que fue oportunismo, pero es que el autor muestra varios prejuicios en la obra. Sin la alianza con los indios, afirma Mann, y las pandemias, el resultado de la conquista podría haber sido otro. Esto es historia contrafactual; es decir, especulación sin base documental, y solo apoyada en la opinión o el prejuicio. Mann hace un recorrido por las teorías y los debates, los hallazgos y los mitos, que resulta muy ameno y didáctico. No gustará a los politizados ni a los fanáticos, pero ya se sabe que la opinión es más poderosa que el conocimiento.

Cuidado con la apropiación cultural

Está de moda denunciar la «apropiación cultural» de la «cultura indígena» por los blancos. Disfrazarse de «indio» supone el ostracismo cultural en EEUU o Canadá. Solo los indígenas pueden usar su cultura. Pero es muy probable que sus descendientes no conozcan bien la historia de esas tribus. No hay acuerdo en el mundo académico sobre cuándo llegaron sus ancestros a las Américas ni de dónde vinieron, o cuántos fueron o cómo vivían porque continuamente hay descubrimientos que desmienten lo que se creía una verdad. Así que es posible que los denunciantes de «apropiación cultural» estén cometiendo el mismo «delito cultural» que lamentan.