Historia

La guerra fría de Bobby Fischer

«El caso Fischer» llega el 12 de agosto a los cines para rememorar el histórico enfrentamiento entre el ajedrecista estadounidense y Boris Spassky, representante de la soberanía soviética hasta entonces.

La recreación que hace la película «El caso Fischer»
La recreación que hace la película «El caso Fischer»

«El caso Fischer» llega el 12 de agosto a los cines para rememorar el histórico enfrentamiento entre el ajedrecista estadounidense y Boris Spassky, representante de la soberanía soviética hasta entonces.

Todos sabían que la velada de aquel 2 de julio de 1972, la primera de la serie, no iba a contar con la presencia de una de las únicas dos piezas insustituibles: Robert James «Bobby» Fischer (1943). Aun así, la sala del Laugardalshöll de Reikiavik (Islandia) que tenía que albergar la Partida del Siglo –«Match of the Century»– abrió sus puertas bajo la advertencia de «no se va a jugar». Insuficiente para que centenares de personas aguantaran horas de fila para comprobar con sus propios ojos que el gatillazo era cierto. De paso, aprovechaban para hacerse con alguno de los recuerdos de la ocasión, como los sellos conmemorativos y los programas de la cita.

Un día antes, durante la fiesta inaugural, los representantes soviéticos –con Boris Spassky (1937) a la cabeza– escuchaban, inquietos por la ausencia y desde la primera fila, los discursos de los presidentes de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) y de la islandesa, así como los de los diferentes enviados de las embajadas estadounidense y soviética. Aunque nada se sabía del americano, todavía se mantenía la esperanza de que apareciera en el Match. «Señores, nos encontramos en una situación incómoda. Fischer no ha llegado. No sé qué vamos a hacer», pronunciaba Max Euwe, presidente de la FIDE. Durante su intervención, éste mismo reconoció que no era fácil colaborar con el de Chicago (Illinois) –siempre prisionero de su desproporcionado ego–, pero que su labor era «luchar por los derechos de los grandes maestros». Por si acaso, una treintena de fotógrafos y periodistas aguardaban en el aeropuerto a la espera de la ansiada llegada. En su lugar iban a llegar dos telegramas en los que EE UU pedía el aplazamiento por enfermedad de Fischer presentando a un informe que firmaba el Dr. Saidy. Nada irregular, pues cada jugador podía retrasar hasta tres partidas.

Era el último capítulo de un enfrentamiento tan soñado por los amantes del ajedrez como enrevesado desde su inicio. No se había empezado a jugar y Spassky y Fischer ya habían chocado fuera del tablero. ¿Dónde jugar? «Reikiavik, Ámsterdam, Dortmund y París» –en ese orden–, las preferencias del ruso; «Belgrado, Sarajevo, Buenos Aires y Montreal», las de su rival. Decisión salomónica: doce partidas en Reikiavik y otras tantas en Belgrado. «No estoy contento, pero, como se trata de una decisión del presidente de la FIDE, estoy dispuesto a aceptarla», acataba Fischer. Sin embargo, días más tarde nada de lo acordado, le valía y decidió reiniciar las conversaciones. Empezando por el premio final: los 125.000 dólares ya no eran suficientes, y siguiendo por la iluminación de la sala, la colocación de los espectadores, porcentaje de las entradas, la calidad de las piezas, las cámaras de televisión... Un tira y afloja que fue superando cada petición, o pequeñas victorias de Fischer, hasta cerrar su celebración en la capital islandesa.

Directo a la cima

Bobby había nacido para esto. Desde muy joven, su único empeño fue quemar etapas del camino que le llevase a la cima como campeón del mundo. Todo lo que le apartase de esto sobraba. Como el colegio, el cual abandonó bajo el pretexto que le dio a su madre: «Prefiero ser el mejor del mundo en ajedrez que uno más entre muchos en cualquier carrera». Una pérdida de tiempo, y desde luego que no le fue mal en su decisión. A los 15 años y 6 meses obtuvo el título de Gran Maestro, el más joven hasta la fecha. No cabía otra cosa en su cabeza que no fuera la victoria. Su progresión, a golpe de una forma de jugar eléctrica e impredecible, no tenía limites y EE UU comenzaba a encumbrarle como el único hombre capaz de romper la supremacía soviética, que reinaba en el Campeonato del Mundo desde que Mijaíl Botvínnik ganase en 1948 y que había hecho del ajedrez una cuestión de Estado. Monopolio demasiado grande en una época en la que la Guerra Fría había trascendido de las relaciones diplomáticas y lo engullía todo. El juego de las 64 casillas se convertía de esta forma en cuestión de Estado.

El sendero de Fischer siguió su curso y en el 71 se crearon los mimbres para que el torneo no permitiese alianzas entre competidores de la URSS que frenaban la progresión de sus rivales. El nuevo sistema de eliminatorias directas favorecía a Bobby y no lo iba a dejar escapar. 6-0, 6-0 y 6,5-2,5 fueron los marcadores endosados a Taimanov (URSS), Larsen (Dinamarca) y Petrosian (URSS) para poder retar al hombre que le obsesionaba: Boris Spassky. Nunca antes Fischer había podido con él, pero el americano estaba convencido de que era mucho mejor jugador y que su rival no tenía nada que hacer.

Nadie en la organización confiaba al 100% que la que habían nombrado la Partida del Siglo fuera a celebrarse, pero ya estaba todo preparado para albergar un evento que había reunido una expectación sin igual. Pasada la gala de presentación del día 1, la incertidumbre fue mayor. Con la ausencia de Fischer del primer día de competición, y su repentina enfermedad aún más. El árbitro del encuentro, Lothar Schmid, no daba más posibilidades que un cara o cruz para que la cita se llevara a cabo. Pero el 3 de julio cambió la suerte del Match: el banquero inglés Jimmy Slater telefoneó de Londres a Reikiavik para ofrecer a los jugadores el 30% de los ingresos, redoblando la bolsa inicial de 125.000 dólares del fondo de los premios.

Así, hasta que no tuvo constancia de que todo estaba a su antojo, Fischer ni se movió de Nueva York. El 4 de julio dio el paso definitivo y se presentó en el aeropuerto de Reikiavik con un pequeño televisor en la mano, corrió hasta ponerse a salvo en el coche y dijo: «Vámonos a casa y no al hotel. Allí están esperando los periodistas y quiero que me protejan de ellos». Ese mismo día se celebraría el sorteo del color de las piezas, pero Fischer, fiel a sus salidas de tono, no se presentó. Euwe dijo: «No entiendo nada». Las dudas sobre el Match volvían a sobrevolar la isla.

Un pequeño bache que no se solucionó hasta quince minutos antes el día 11, cuando el americano se presentó en el escenario. Ahora sí, todo el mundo miraba a la Partida del Siglo. Televisiones, radios y Prensa escrita se volcaban con la retransmisión que sería histórica. Primer duelo para Spassky. Segundo: mismo resultado tras la incomparecencia de Fischer, que de nuevo entraba en su guerra de las peticiones. La tercera marcó el punto de inflexión del Match, con todo a gusto del americano y la moral del soviético desconcertada –a pesar del 2-0–, el duelo fue para Fischer después de una defensa Benoni: 2-1. Tras cinco enfrentamientos, el marcador mostraba un empate 2,5. Para deshacerlo llegó la sexta, «la mejor de todas» para un Spassky que se vio superado.

Adiós telefónico

El enfrentamiento siguió sus cauces hasta el decimotercer asalto. Con 5-7 en el global, Fischer volvió a dar un golpe sobre el tablero con su juego y dejó congelado a su contrincante que se quedó inmóvil en la sala. Ya con tres puntos entre los participantes la partida se fue en tablas hasta el vigésimo primer lance, el último: 8,5-12,5. La defensa siciliana, nunca antes jugada por el de Chicago, sorprendió una vez más al ruso, que, tras la interrupción en el Match, se negó a retomar por teléfono.

Fischer era campeón. Había alcanzado su sueño de niño. No necesitaba nada más. Nunca volvió a jugar un torneo oficial.