Literatura

Kafka: el escritor enamorado

Nórdica publica las 500 cartas que el autor checo envió a Felice Bauer. Fue su primera gran pasión

Franz Kafka y Felice Bauer, en 1917
Franz Kafka y Felice Bauer, en 1917

Franz Kafka decía que «escribir cartas es comunicarse con fantasmas, no sólo con el fantasma del receptor, sino con el propio, que emerge de entre las líneas que se están escribiendo». Por eso, especialmente en lo referente a su relación con las mujeres, agregaba que «los besos escritos nunca llegan a destino, sino que se los beben estos fantasmas en el camino». Algo de esta teoría se percibe en «Cartas a Felice», un volumen que Nórdica Ediciones publicará en los próximos días y que reúne la totalidad de las cartas que el autor de «El proceso» envió a una de las mujeres más importantes en su breve biografía, Felice Bauer. Es un Kafka enamorado y atormentado que entre el 20 de septiembre de 1912 y el 16 de octubre de 1917 redactó las más de quinientas misivas que forman parte de este volumen.

La edición, preparada por el desaparecido traductor Pablo Sorozábal, recupera a un Kafka tan complejo como en sus textos de ficción. El escritor emerge en primera persona en cada una de sus misivas, como cuando le afirma a Felice que «no puedo creer que exista un cuento de hadas en el que se haya luchado por una mujer más y con mayor desesperación de lo que en mi interior se ha luchado por ti, desde el principio y siempre de nuevo y tal vez para siempre». Felice y Franz se conocieron el 13 de agosto de 1912 de la mano de Max Brod, personaje clave en la divulgación de la producción literaria del universo kafkiano. La cosa no empezó muy bien porque, como apuntaría el escritor en su diario, en un primer momento cree que era «una criada», además de parecerle «huesuda e insignificante». Ella vivía en Berlín y él en Praga, por lo que el epistolario se conviertió en el vehículo con el que mantener la relación. La primera carta, escrita en papel de la Compañía de Seguros contra Accidentes de Trabajo de Praga, ya es representativa de cómo era el enamorado autor: «Señorita: Ante el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por coger la suya, con la cual confirmó usted la promesa de estar dispuesta a acompañarle el próximo año en un viaje a Palestina». Con ese punto de partida, se inicia una serie de misivas y postales en la que no oculta sus demonios internos. «Menuda nochecita de insomnio, en la que sólo hacia el final, en las dos últimas horas, da uno la vuelta y se duerme forzada y premeditadamente, un dormir en el que los sueños no son, ni de lejos, sueños, y el dormir, todavía con más razón, no dormir», le cuenta a Felice.

Vendidas en 1955

El escritor checo la cortejó con la esperanza de casarse con ella, pidiéndole en dos ocasiones matrimonio aunque sin suerte alguna. La totalidad de la corres- pondencia no se dio a conocer públi- camente hasta pasados unos años de la muerte de Felice, y se convirtió en uno de los pilares para adentrarse en la compleja personalidad del autor. En 1955, cinco años antes de su fallecimiento, Felice vendió todas las cartas de Kafka al editor judío alemán Salman Schocken. ¿Y el escritor? Kafka tuvo otras mujeres como Milena Jesenská y Dora Diamant, pero nunca acabó de culminar estas historias.

El matrimonio que no pudo ser

El autor de «La metamorfosis» se abre a su amada y permite que su vocación literaria también se filtre en las misivas. Es una manera de pasear por el laboratorio kafkiano, por la mente de un escritor que todavía no se ha convertido en uno de los mitos literarios del siglo XX: «Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados. Pero el no escribir me hacía estar por los suelos, para ser barrido». Sin embargo, de todo esto, lo que queda es la relación entre Franz y Felice, y gracias a este volumen podemos seguir los pasos de la pareja, con Kafka como corresponsal para su novia. «Mi amor, ¿hace falta que diga cuán miserable soy? ¿No debería callármelo más bien, con el fin de no perjudicarme ante tus ojos? ¿Pero es que no constituye para mí un deber el decirlo, puesto que nos hallamos tan estrechamente unidos como es posible, teniendo en cuenta que espacio y tiempo son nuestros enemigos? Es preciso, pues, que lo diga», escribe el novelista.

La pareja intentó casarse en dos ocasiones, anunciando incluso el compromiso en la prensa de la época. Pero aquello no prosperó y en 1919 Felice lo hizo con Moritz Marasse, el socio de un banco en Berlín, del que tuvo dos hijos. En 1931 se instalaron en Suiza, país en el que vivieron durante cinco años antes de huir del nazismo hasta Estados Unidos. Allí abrieron una tienda que vendía los productos que ella elaboraba con su hermana.