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Los sueños locos de McCay

Reino de Cordelia recupera las «Malditas pesadillas indigestas» del creador del pequeño Nemo y uno de los artistas claves del siglo XX

  • Las peripecias de Sammy y sus inconteni-bles estor-nudos son una maravilla de la ilustración
    Las peripecias de Sammy y sus inconteni-bles estor-nudos son una maravilla de la ilustración
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

03 de enero de 2016. 15:05h

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Barcelona. 3/1/2016

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Las pesadillas son una especie de ajetreo psíquico que nos sacude de arriba abajo. Nace de una pequeña desazón que se transforma en problema. Entonces crece y crece en su propia lógica interna hasta que al final se resuelve dicho problema hasta sus últimas consecuencias. El resultado final es el colapso, porque el hombre no está hecho para resolver, para acabar, sino para seguir y seguir y seguir siempre. Este desfase obliga al cuerpo a despertar y recuperar la lógica consciente. La primera y pequeña desazón continúa, pero al menos no se ha resuelto nada, todo continúa igual, y el alibio es maravilloso.

El ilustrador y maestro fundador del cómic, Winsor McCay, lo supo ver mejor que nadie, incluso que Freud y sus sabuesos psicoanalistas, siempre husmeando por la psique como si allí no hubiese más que deshechos y cacas de perro. No hay nada más aburrido que alguien explicando un sueño, ya que la lógica es propia y por tanto no tiene ningún interés o significado para los demás. Sólo un genio de increíbles proporciones podría narrar un sueño y no despertar bostezos. Winsor McCay era esa clase de genio, uno de los artistas más grandes del siglo XX, y quien no lo crea, que vea su obra maestra, «Little Nemo in Sumberland».

La editorial Reino de Cordelia, que hace un par de años ya recuperó otra maravilla de McCay, «Little Sammy Sneeze», ahora presenta por primera vez en castellano las tiras cómicas completas de «Malditas pesadillas indigestas», viñetas iniciadas en el «New York Telegram» en septiembre de 1904 y que hicieron popular las maravillas del surrealismo tres lustros antes que nadie se atreviese a darle ese nombre tan cuco y absurdo.

Las tiras siguen siempre el mismo patrón. Comienzan con una situación cotidiana, un hombre en un bar, un matrimonio paseando en el parque, un señor en el barbero o cualquier acción en principio irrelevante. En la segunda viñeta ya empieza la alteración de la normalidad. Algo extraño sucede y va creciendo y creciendo hasta una resolución final tan alocada como imposible de evitar. Sin embargo, en ese clímax final, en ese estallido último, en ese gran paroxismo, llega la calma, la vuleta a la cotidianidad, con un hombre o una mujer en la cama inquieto pero alibiado a la vez porque reconoce que todo ha sido un sueño provocado por haber comido demasiadas galletas antes de ir a dormir.

Si un artista se mide por la capacidad de su imaginación de atrapar al espectador dentro de ese mundo y no dejarle ir a ninguna otra parte, McCay es un artista pluscuamperfecto u otra palabra larguísima que parezca brillante y esencial. A pesar de que aquí se recuperan las tiras originales en blanco y negro, el estallido de color es igual, ya que las acciones que representan, la inteligencia en la escalonación de las viñetas y el vigor en el trazado del dibujo, hace que uno sea lo contrario a los daltónicos, veo colores por todas partes.

McCay debería estar a la altura de Picasso, pero no lo está porque Picasso era un borde y lo quería todo para él solo. «Las dos personas más importantes para la animación han sido McCay y Walt Disney», decía Chuck Jones, y es una afirmación que merece garantías. Fellini leía sus viñetas y le influyeron más que Picasso, de eso no hay duda. Robert Crumb lo llama un genio, pero quien no lo haga es que se confunde, genio, no geranio. No hay mejor regalo de reyes que un libro de McCay. Ni siquiera un dibujo original, a la porra el arte, vivan las viñetas.

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