Los trazos más españoles de Francis Bacon

El Museo Guggenheim de Bilbao inaugura «Bacon, de Picasso a Velázquez», una muestra sobre el artista y las influencias que recibió de la pintura francesa y española.

«Estudios del cuerpo humano» (1970), tríptico de Bacon

El Museo Guggenheim de Bilbao inaugura «Bacon, de Picasso a Velázquez», una muestra sobre el artista y las influencias que recibió de la pintura francesa y española.

Francis Bacon, el hombre que quería pintar las bocas como si fueran paisajes de Monet y representaba la anatomía humana con el dramatismo de una obra de Esquilo y la visceralidad de una herida abierta, nació tres veces: el 28 de octubre de 1909, cuando vino al mundo en Irlanda; en la primavera de 1927, cuando visitó París y, con 17 años, descubrió en la galería de Paul Rosenberg la obra de Picasso, una pintura que le empujó a tomar la decisión de convertirse definitivamente en artista, y en la década de los cuarenta, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, en un arrebato inesperado, destruyó la mayoría de sus lienzos y concibió un universo de imágenes inédito y radical que removería la tranquilidad de las exhaustas y beneplácitas conciencias europeas.

Bacon, el creador que afirmaba no sentía nada cuando pintaba, «porque no hay nada que sentir», y que arrastraba los traumas de una controvertida convivencia familiar, con unos padres de naturaleza estricta y autoritaria, muy alejados de su carácter, fue siempre un autodidacta insatisfecho, un indagador de caminos imposibles, un explorador de sus propios límites y posibilidades. Inició su carrera desde el completo desconocimiento, con un nulo dominio de las técnicas pictóricas y el único asesoramiento y apoyo del artista Roy de Maistre, amigo de él. Más tarde, cuando su nombre se pronunciaba en los círculos culturales con el respeto y la veneración que suelen despertar los maestros consagrados, afirmaría que si se aspiraba a hacer algo distinto en el arte, no se puede estar sometido nunca a la disciplina, los cánones y los conocimientos que se imponen en las aulas de las escuelas académicas. De biografía controvertida y polémica, salpicada de noches eternas, copas que nunca permanecían vacías y amores convulsos, apasionados y trágicos como esos destinos que se atisban en el horizonte pero resultan inevitables, Bacon irrumpió en el arte con la determinación de las almas salvajes, con la voluntad sin uncir ni domesticar por los dictados de los estereotipos. Él alumbró una taquigrafía nueva de la realidad, una pintura dispuesta a apresar en sus pinceladas toda la violencia de la vida, el nacimiento y la muerte. Jamás le importó lo que se prolongasen las madrugadas, Bacon era de los que buscaba la inspiración trabajando y cada día, a las seis de la mañana, entraba en su estudio con ánimo de encontrarla.

Amados y odiados

Ahí deglutía a los clásicos y los contemporáneos. Rechazaba a Rothko, al que consideraba el pintor que ha hecho los «cuadros más monótonos. Si quieres aburrirte, vete a ver sus cuadros marrones», y desconfiaba de Jackson Pollock, aunque conociera hasta el subsótano de su obra. Él partió de la herencia pictórica francesa y creció con la influencia de las escuelas españolas. Comenzó por Picasso y acabó en Velázquez, un camino inverso, extraño, lleno de meandros, que repasa ahora el Museo Guggenheim de Bilbao, en una retrospectiva que enfrenta a este genio con los pintores que influyeron en él. La muestra ha reunido 50 lienzos, 34 de ellos jamás expuestos con anterioridad en España. Un recorrido que principia en un paseo por lo que todavía queda de sus primeros trabajos y que él no rompió. Un conjunto de piezas que conservan las huellas de sus primeras devociones privadas, como son Joan Miró, Picasso, Juan Gris, Van Gogh o Tolouse-Lautrec, y cuyo rastro puede verse en «Furia», «Composición (figura)», «Según Picasso, “la danza”» o «Estudio para un retrato de Van Gogh». A partir de ahí evolucionó hacia los colores oscuros que caracterizan, precisamente, sus retratos sobre papas, una respuesta contemporánea al retrato de Inocencio X, de Velázquez, artista al que le unía una especial devoción. «Creo –dijo Bacon al referirse a la obra citada– que es uno de los mejores retatos que se han hecho, y me obsesionaba. Compro libro tras libro con esa ilustración del Papa de Velázquez porque sencillamente me acosa, y porque despierta en mí toda clase de sentimientos y también, podría decir, de áreas de la imaginación». Bacon exploró las oportunidades que ofrecía esta composición y, aunque según afirma la leyenda, jamás vio el cuadro original –cuando acudió a Roma y tuvo la posibilidad de contemplarlo por primera vez en persona, no quiso entrar en la galería que lo conservaba y que todavía lo tiene–, esta pintura supuso una fuente constante de motivaciones a pesar de conocerla sólo a través de las reproducciones de los libros.

Los papas de Bacon, no obstante, son muy diferentes, aparecen gritando, en el interior de un recuadro –«yo reduzco la escala del lienzo pintando en esos rectángulos que concentran la imagen. Simplemente para verla mejor», afirmó él–, y son una metáfora de la soledad que rodea el poder. Bacon evolucionaría hacia una paleta más colorida, como demuestra «Tres estudios para una crucifixión», un tríptico brutal, revolucionario, donde aparece una anatomía abierta, mostrando un esqueleto de costillas. Francis Bacon quedó impresionado por esa revelación que supuso la carne abierta de los animales. Le gustaba su color» y la consideraba «bella» y la empleó en un cuadro con un título religioso, lo que, junto a la serie anterior, parece una contradicción. Aunque no lo considera así Martin Harrison, comisario de esta muestra: «A Bacon le gustaban las personas devotas, independientemente de lo que ellas fueran o lo que creyeran. A él le gustaba la intensidad en cualquiera de sus expresiones. Todos tenemos creencias, pero, para él, lo unico que se puede ser es agnóstico. Bacon era ateo y defendía con mucha pasión e intensidad esta convicción. Era un ateo violento de la misma manera que existen religiosos convencidos. Son las dos caras de la misma moneda. En Zurbarán está ese fervor religioso que él admiraba».

Francis Bacon expresó las luchas y los sentimientos en esas anatomías que ocupan gran parte de sus obras –en toda su carrera apenas existen 14 paisajes–. Son figuras aisladas, ensimismadas, en cuadros, en trítpticos o en conjuntos de tres pinturas inseparables, pero que mantienen su autonomía. Un desfile de cuerpos que son una concentración de la realidad, de las furias y culpabilidades que asedian a los hombres y que, en ocasiones, son capítulos de su convulsa biografía, donde aparecen sus amantes, como Peter Lacy, su gran amor, que fallecería en África, o George Dyer, que se suicidó en la habitación del hotel que compartían los dos antes de la inauguración de la retrospectiva que el Gran Palais dedicaba a Bacon. «¿Qué hace que un artista se levante a las seis de la mañana a pintar? La soledad y el deseo de expresar algo que se siente al ver el mundo. Más que la angustia, Bacon, que tuvo una vida difícil, expresaba su sufrimiento, como la relación con los padres. Su vida arranca con Peter Lacy. El resto de los hombres, sólo fueron amigos. Con Lacy hay drama y tragedia. Varias de sus obras, como ese cuadro con dos figuras que mantienen una relación sexual, tratan de esta relación. Uno es Bacon siendo violado por Lacy, que era lo que quería. Él no retrató campos, sino esta pasión», explica Harrison.

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