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Marie Colvin, la corresponsal de los invisibles

La figura de Marie Colvin es digna de película. Peleó hasta la muerte por sus creencias, por defender a los débiles a través del periodismo. Se enamoró varias veces y llevó una vida también llena aventuras, excesos y traumas. Esta es la historia de una corresponsal de guerra, de una heroína real. Y efectivamente sus avatares llegaron a los cines. Este mayo se estrenó en España, “A Private War” (La Corresponsal).

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Marie Colvin nunca fue una periodista de redacción. De hecho, la abandonó en 1986, 30 años antes de su asesinato. Es decir, que pasó más de la mitad de su vida en la línea de fuego. Nacida el 12 de enero de 1956 en Oyster Bay, Nueva York, estudió Periodismo en la Universidad de Yale e inició su carrera en la agencia de prensa United Press International, en la que llegó a ser jefa de su delegación en París, en 1984. Poco después, en 1986, se vinculó a “The Sunday Times” como corresponsal en Oriente Medio.

Durante casi tres décadas cubrió los conflictos de Sierra Leona, Timor Oriental, Kosovo, Zimbabwe, Chechenia y la reciente Primavera Árabe en Túnez, Egipto y Libia, donde llegó a entrevistar a Gaddafi, quien, se dice, se enamoró de ella. De las aguas turbulentas en las que navegaba bajo el lema de “informar sobre los horrores de la guerra con exactitud y sin prejuicios”, surgió la primera gran herida a su integridad física: la pérdida del ojo izquierdo en Sri Lanka, a causa de una granada, en 2001. El parche negro tipo pirata que llevaba desde entonces, la hacía una mujer aún más sugerente, no solo para sus colegas, sino para la intelectualidad y los personajes de los que siempre estuvo rodeada.

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Christina Lamb, otra corresponsal de “The Sunday Times”, escribió a propósito de la muerte de Colvin: “Por supuesto, cubrir guerras es un negocio arriesgado. Cuando comencé como corresponsal en 1987, viajando con los muyahidines, nuestra preocupación era la de no pisar accidentalmente una mina antipersona o quedar atrapados en un bombardeo. Pero nunca imaginamos que podríamos ser asesinados de manera deliberada por aquellos cuyas atrocidades estábamos documentando. Bajo las convenciones de Ginebra, los periodistas que cubren conflictos tienen los mismos derechos que los civiles, y matarlos es un crimen de guerra”. Marie asumía tu tarea con profundas convicciones pero también como una adicción: ir y volver una vez y otra a los sitios de conflicto. Allí donde las mayores atrocidades se gestan, una labor incomprendida por muchos y que además tiene sus consecuencias. Colvin sufría constantes ataques de pánico, insomnio, pesadillas, ansiedad...”El miedo viene luego, cuando se acaba todo”, decía.

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Su vida personal no fue menos azarosa. Tres matrimonios fracasados (dos de ellos con el mismo hombre), y varias relaciones más que no fraguaron y se estrellaron irremisiblemente contra el peso de la cotidianidad. “Quizás no sirva para llevar una vida normal”, afirmó Colvin, quien tampoco tuvo hijos, aunque lo intentó. Nada más volver a Londres, Marie se arreglaba el pelo, las uñas y daba fiestas memorables en su apartamento de Hammersmith, sobre la orilla norte del Támesis, bien regadas en alcohol. Era una dama con clase que vestía una armadura con forma de chaleco antibalas.

Colvin ganó dos veces el Premio de la Prensa Británica a la Mejor Corresponsal, el galardón a la Valentía en el Periodismo, de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios, y el de Mejor Periodista del Año de la Foreign Press Association. En su último informe denunció, visiblemente molesta y acongojada, que había sido testigo de la muerte de un bebé a causa de los bombardeos de las tropas de Bashar Al Asad en Homs, y pidió encarecidamente la intervención de otras naciones del mundo: “En Siria nadie entiende cómo la comunidad internacional permite que esto ocurra”.

Poco después moría el 22 de febrero del 2012 tras el lanzamiento de un cohete contra el edificio que albergaba el centro de trabajo de varios periodistas occidentales en el barrio opositor homsí de Baba Amro. El corresponsal Javier Espinosa, quien estaba allí y se salvó por poco, nos comenta: “Fue un ejemplo de dedicación al periodismo, incluso a consta de sacrificar su vida personal”.

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“Era una figura extraordinaria en la vida del ‘‘Sunday Times’’, empujada por una pasión por cubrir las guerras con la creencia de que lo que ella hacía importaba a la gente. Pero, por encima de todo, como hemos visto en sus crónicas de la semana pasada, sus pensamientos estaban con las víctimas de la violencia”, proclamó en su momento su director en “The Sunday Times”, John Witherow. Los compañeros la aclamaban: “Era la primera en llegar y la última en irse”. Y es que no todas las historias tienen un final feliz, pero en cualquier caso la suya fue gloriosa.