Monja Alférez, un guerrero con la venia de su majestad

Catalina de Erauso vivió toda su vida como hombre. Peleó y asombró a la Europa del siglo XVII con sus correrías. El mismísimo Papa la autorizó a seguir vistiendo de forma masculina. Su retrato se expone en el Museo de América coincidiendo con el World Pride

Catalina de Erauso vivió toda su vida como hombre. Peleó y asombró a la Europa del siglo XVII con sus correrías. El mismísimo Papa la autorizó a seguir vistiendo de forma masculina. Su retrato se expone en el Museo de América coincidiendo con el World Pride.

La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima». Solo en trance de ser ajusticiada, Catalina de Erauso confesó: sí, ella, vestida de jubón, sable en mano y pendenciera, era una mujer. Pero, ¡qué mujer!

Entre la fauna de nuestros Siglos de Oro, pocos personajes tan peculiares como la Monja Alférez. Inclasificable. ¿Fue una mujer caracterizada de hombre o fue un hombre enclaustrado en cuerpo de mujer? La pregunta es, quizá, demasiado moderna. Y Catalina de Erauso, tan tremenda, tan vasca, la hubiera solventado con alguna frase gruesa. Para Andrés Gutiérrez Usillos, comisario de la exposición «Trans. Diversidad de identidades y roles de género», que se exhibe en el Museo de América de Madrid hasta el 24 de septiembre, y que muestra el único retrato conocido de este personaje: «Es un hombre “trans”, una persona que nace con género asignado femenino en razón a sus genitales, pero cuya identidad de género es masculina, y ella siempre lo reclamó como tal».

Su historia parecería imaginada por un activista LGTB de hoy en día sino fuera porque ella misma la escribió en la década de 1620 y numerosos documentos de la época dan fe de su existencia. La susodicha refiere que nació en San Sebastián en 1585 y pasó su infancia, de los 4 a los 15 años, en un convento. Su destino, como el de tantas mujeres de la época, estaba prefigurado por la tiranía del heteropatriarcado (por usar otro concepto moderno en boga), pero Catalina no estaba preparada para el molde que se le asignó. Y, como tantas veces a lo largo de su vida, la violencia fue su modo de rebelarse: «Estando en el año de noviciado, ya cerca del fin, me ocurrió una reyerta con una monja profesa (...) Era ella robusta y yo muchacha; me maltrató de mano y yo lo sentí». La joven tomó las de Villadiego una víspera de San Juan y empezó a tejer su leyenda: «Híceme, de una basquiña de paño azul con que me hallaba, unos calzones, y de un faldellín verde de perpetuán que traía debajo, una ropilla y polainas; el hábito me lo dejé por allí, por no saber qué hacer con él. Corteme el pelo, que tiré, y a la tercera noche, deseando alejarme, partí no sé por dónde, calando caminos y pasando lugares». Catalina, robando «unos cuartos», llega a Valladolid convertida ya en Francisco Loyola, el primero de los numerosos heterónimos que usó. Se emplea como paje de un potentado secretario del rey, pero ni siquiera la vida regalada de la corte casaba con esta mujer que no para de meterse en refriegas hasta dar con sus huesos en la cárcel. Así que da el salto a América.

Una vida de duelos

Basta leer los títulos de los capítulos correspondientes a los años en el Nuevo Mundo para saber con qué tipo de mujer nos las vemos: «De Salta pasa a Trujillo. Mata a un hombre», «Pasa a la ciudad de La Paz, y mata a uno», «Mata en el Cuzco al Nuevo Cid, quedando herida». De Tucumán a Potosí, de Potosí a los Chuncos, Catalina es comerciante, vagabunda y soldado. Combatió a los mapuches en Chile y buscó Eldorado. Ganó el grado de alférez y se metió en mil líos, varios de ellos de faldas: en una ocasión tuvo que poner pies en polvorosa tras ser encontrada por su jefe «andándole entre las piernas» a su cuñada. Durante años, Catalina logra esconder su identidad. «Estos casos eran más frecuentes de lo que pensamos –explica Gutiérrez Usillos–. Mujeres transexuales que se dedicaban al mundo militar por la movilidad que ofrecía el ejército y la facilidad de entrar en él. Hay un estudio que ha documentado casos de 190 personas enjuiciadas entre los siglos XVII y XIX por esta transgresión. Emigraban para desarrollar su rol en otra parte y a menudo no se descubría que eran mujeres hasta ver los genitales del cadáver». Es probable que no hubieramos sabido jamás de la epopeya de la Monja Alférez de no ser porque tuvo que mostrar los suyos. Todo empezó con una riña en Perú: «Quiso mi desgracia que me entrara unas veces en una casa de juego», donde topó con el corregidor de la villa, con quien acabó enzarzándose en una pelea. Al final medió el obispo y, a cambio de protegerla frente a los delitos de sangre, Catalina realizó su confesió. «Señor, es así, y si quiere salir de dudas Vuestra Señoría Ilustrísima por experiencia de matronas, yo me allano». Las expertas determinaron que era una mujer y, para más señas, «virgen intacta, como el día en que nací». Aquello impresionó al obispo, que se convenció de estar ante «una de las personas notables de este mundo».

Ahí empieza la celebridad de la Monja Alférez. El rumor se propaga por América y Catalina viaja hasta España para encontrarse con Felipe IV. El Rey le asignó una paga por sus servicios, le permitió seguir vistiendo de hombre y mantuvo su graduación de alférez. Y de Madrid al Vaticano. «Besé el pie a la Santidad de Urbano VIII, y referile en breve y lo mejor que supe mi vida y correrías, mi sexo y virginidad. 1626 es la fecha más probable para la publicación de sus memorias y, también, del retrato, de Juan Van der Hammen, que exhibe el Museo de América . Catalina de Erauso (o Antonio de Guzmán en este punto) ha logrado hacer valer su condición sexual. «Lo curioso es que se institucionalizó su transexualidad, ese reconocimiento oficial es inusual», señala Gutiérrez Usillos.