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Santiago Auserón: «Hoy se libra una guerra por captar nuestra atención»

El líder de Radio Futura bucea hasta las raíces de la filosofía en «Arte sonora», un libro donde la música es la que da origen al pensamiento y revela otros misterios

El músico y escritor Santiago Auserón, líder de Radio Futura y después, Juan Perro
El músico y escritor Santiago Auserón, líder de Radio Futura y después, Juan PerroMarina García Burgosfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

Hace 25 años que Santiago Auserón (Zaragoza, 1954) se enfrentó a una intuición que derivaba hacia tarea titánica. Después de licenciarse en Filosofía en la Universidad Complutense y de terminar una tesina sobre Antonin Artaud, se encaminó a París para doctorarse. «Pero enseguida me decepcioné mucho del ambiente de los intelectuales en ciernes. No me convenció nada el ambiente y la pose que vi allí. Y además en 1979 regresé por Madrid y cuando vi cómo estaba el ambiente de la pre Movida puedo decir que me distraje y empezamos con Radio Futura», explica en su domicilio a las afueras de Madrid. Pero los capítulos que escribió con la banda no son los que nos ocupan ahora. Al terminar la historia del grupo y nacer Juan Perro, Auserón decide retomar sus estudios filosóficos en torno a la fascinación de la antigua Grecia, materia sobre la que versó la tesis doctoral que leyó con éxito y que, tras sucesivas ampliaciones y relecturas, forma parte del ambicioso volumen «Arte Sonora en las fuentes del pensamiento heleno» (Anagrama) que acaba de publicarse. Un largo viaje para entender que pensamos como pensamos gracias a la música.

¿Recuerda cuál fue la intuición primera de este libro?

Absolutamente. Lo que viene a proponer el libro es que la idea del logos, de la razón como la hemos heredado en Occidente, está trucada por los modos de registro de la tradición. Por eso, propone una vuelta a los orígenes de la filosofía para entender cómo el papel de las prácticas musicales en la antigüedad griega condicionó su nacimiento.

No se sabe mucho de la música en la antigua Grecia.

Su papel no ha sido reconocido hasta mediados del siglo XX. Hasta entonces se pensaba en una tradición centrada en las artes plásticas, la poesía y la filosofía. Casi se hablaba más de la cerámica que de la música griega.

Pero los poemas homéricos se transmitían cantados.

Se cree que así era antes de convertirse en monumento público, que pasan a ser son solo recitados. Pero casi todos los helenistas coinciden en la musicalidad del verso homérico y se da por hecho también que todos los grandes nombres de la tradición poética griega, desde Arquíloco a Anacreonte, todos, hasta los trágicos, Esquilo, Sófocles y Eurípides, eran músicos y componían la música de sus propios cantos.

Es el paso del mito al logos.

En primer lugar, la estructura de los versos homéricos, por ejemplo, refuerzan lo relevante, lo que merece ser recordado de tal héroe o suceso. Tiene un valor selectivo. Y, por otra parte, duplica la realidad y genera un mundo de fantasía. Mientras las generaciones desaparecen, se transmite de una a la siguiente sin perder energía porque ha habido muchos cantores trabajando en eso. La consecuencia filosófica es que hay una configuración de un sujeto trascendental, un alma colectiva si lo quieres decir, en la que el oyente participa. Y hay una visión del universo contenida en los poemas de Homero, una ciencia del ser.

¿Qué papel juega la música?

El mito originario fue cantado. La danza servía para estructurar y transmitir el legado, y ahí la música funciona como una especie de alambique que destila del lenguaje corriente las expresiones más durables, más útiles para preservar la memoria de lo que interesa. Y tienen ese origen bailado y cantado porque la tribu siente la presencia de las fuerzas naturales. Y también hay mitos muy importantes de contenido musical, como Apolo y las Musas, por supuesto.

¿Por qué son importantes?

Son los que nos permiten remontarnos al comienzo de lo memoriable. Las musas son las hijas de la memoria y más allá de ellas solo están los dioses inmortales, adonde los hombres no pueden acceder salvo que las invoquen. Los poemas homéricos empiezan siempre: «Canta, oh musa»... Y el paso al logos filosófico se realiza a partir de la música, porque ésta explica el origen divino del mundo. La palabra era el poder para transmitir la historia, los hechos del pasado o establecer las normas de un discurso verdadero. Es un viaje alucinante porque nos constituye por dentro.

O sea, que la música desvela el primer misterio.

Tengo la convicción de que la música forma parte no solo del origen de la lógica y el pensamiento Occidental, sino del pensamiento mismo. Es decir, que las capacidades del cerebro para representar cosas a través de símbolos está construidas por las habilidades técnicas de las manos y los pies, por las capacidades de los sentidos. En el córtex cerebral no todo es lingüístico o simbólico. Por eso creo que la música es constitutiva del pensamiento con los mismos títulos honoríficos que el lenguaje y además nos deja palpar lo invisible.

¿Sigue teniendo ese poder?

Siempre, mientras exista el ser humano. Aunque la música sufra procesos de manipulación o de degradación. Ciertas músicas llegan a contemplarse como huellas venerables del pasado: la clásica, la contemporánea, el jazz, el blues, el son, el bolero y el rock están pasando al museo de los géneros periclitados. Nos hemos ganado el derecho a ser como el blues, ya no tenemos la urgencia de la actualidad. Eso nos ha quitado del mercado que se lo come el reguetón, pero nos concede esa especie de visión del pasado y el porvenir.

Hay un mensaje perverso en que convivan en Spotify Mozart y cómicos mentirosos.

Claro que lo hay. El ser humano es muy rico en ingenio pero se pervierte con gran facilidad por codicia o afán de poder. La humanidad está en guerra permanente incluso en la paz aparente de la civilización occidental del bienestar. Hay nuevas formas de guerra porque se disputan territorios como el mercado. Y si en la revolución industrial era la energía de trabajo, ahora está en disputa la energía mental del espectador. El tiempo, la atención y la disposición para el consumo y el voto, para reaccionar como audiencias desde un punto de vista estadístico. Lo que está en juego es nuestra energía espiritual. Cualquier desvío que produzcamos de eso, ya sea con este libraco o con una canción interesante, es positivo.

¿Qué riesgo corremos?

Nos urge desviarnos de esa tendencia para sobrevivir. Porque ya la máquina del dinero y del poder no la controla nadie. Funciona por sus propias inercias. Nos hemos dotado de aparatos de un alcance brutal y la consecuencia que tiene es que se nos han insertado en el cerebro instrucciones y formas de control de las que si no somos conscientes y tomamos decisiones en el ámbito ciudadano, nos dejamos ir. Y nos arriesgamos a que se produzca una degradación de las posibilidades cognitivas del cerebro humano. A ver qué hacemos en las escuelas.

¿Cabe la resistencia?

Creo que la música es un arma. Y el cuidado del lenguaje, que nos constituye como humanos, y las relaciones sociales. El aumento de la violencia en lo cotidiano es un índice de que las cosas van mal. La tendencia va en esa dirección porque se ha multiplicado el poder de las máquinas y la electrónica, pero todavía tenemos el lenguaje, las artes, los libros y la propia insatisfacción del espectador medio. La música es un síntoma muy curioso. Creo que hubo una burbuja en la música pop antes que la burbuja inmobiliaria. Hubo una especulación desde el momento en que la música grabada se digitalizó. Volvieron a vender todo el catálogo que tenían en propiedad. Y lo venden dos veces y una tercera en la camiseta del Barça. No sé cómo hay tanta caradura en el mundo. El mercado solo quiere lo que controla digitalmente, regido por algoritmos, que es una degradación y un empobrecimiento que conlleva sus peligros.