¡Raphael, qué phenómeno!

Raphael durante el concierto
Raphael durante el concierto

El cantante de Linares arrolla en Madrid con su formato sinfónico en un abarrotado Barclaycard Center.

Cuando se cerraba esta edición, llevaba casi tres horas sobre el escenario provocando delirios y agotando superlativos. Era casi medianoche y seguía poniendo ojitos y tirando besos como un torero. A cambio, el público, bastante intergeneracional por cierto, todavía le gritaba «tío bueno» y coreaba los estribillos tras una maratoniana velada en el Barclaycard Center de Madrid. «Qué gusto da cantar en casa», proclamó Raphael, que presentaba su última versión de sí mismo, «Sinphónico», sus temas de siempre acompañados, anoche, por la Orquesta Sinfónica de Málaga.

Nada menos que 39 temas interpretó de un tirón (hay que insistir en que no hizo descanso alguno), de negro riguroso, y no pudo quedarse estático, ni cuando se sirvió de una silla de oficina para descansar. Raphael se deslizaba sobre las ruedas sin sacarse al público del bolsillo. «Mi gran noche», «Digan lo que digan» y «Sí pero no» formaron parte del primer bloque antes de quedarse a solas con el piano («Volveré a nacer») y después con una guitarra («Gracias a la vida»). El escenario dejó de tener secretos para Raphael hace mucho tiempo. Él es un género en sí mismo así que, como canta en «Ahora», él ya no compite, simplemente gana. «Desde que tengo 14 años, cantando canciones como éstas», coló de morcilla en la letra de «Volveré a nacer», como si estuviera explicando por qué hace tiempo que está por encima del bien y del mal.

Lejos de apagarse, la presencia de Raphael se ha intensificado en los últimos tiempos. El de Linares ha recorrido la distancia que hay entre el Festival de Torrevieja y el Sonorama, y la que separa «Cine de Barrio» de la filmografía de Álex de la Iglesia. De la misma manera, anoche Raphael se venía arriba con cada tema. De dónde saca la energía es un verdadero misterio. Cada vez se gustaba más y para cuando cantaba «Hablemos de amor», «Estuve enamorado» y «Qué tal te va sin mi», Raphael ya jugaba con el público marcando el fraseo de los dramas que canta pero sin apenas dirigirse a los 10.000 del Palacio de los Deportes con un «¿qué tal?».

Hubo momento navideño antes del «Tamborilero» (el Ropopompom cayó, claro, en el último tercio del concierto) con «Te deseo muy felices fiestas», seguida de «Amor mío», «Maravilloso corazón» (con el público en pie y los brazos en el aire mientras Raphael blandía en el aire la batuta que acababa de arrebatar a Rubén Díez, director de la orquesta), «Payaso», y después «Cuando llora mi guitarra». Hizo Raphael otra invitación explícita con «Ven a mi casa esta Navidad» antes de la traca final. Le quedaba por envidar el resto porque no hay show raphaeliano que se explique sin «Escándalo» –¡en la que rapeó parte de la letra!–, «Ámame», «Qué sabe nadie», «Frente al espejo», «Como yo te amo» (dedicada a Madrid) y «Yo soy aquel».

Raphael te la cuela hasta cuando sobreactúa, que en su caso ya es decir, porque está acostumbrado a exagerar sin complejos, como esas veces que se encierra veintitantas noches seguidas en el mismo teatro de Madrid. Aunque después de lo de anoche, que fue phenomenal, es difícil saber qué le queda por hacer. Algo se le ocurrirá, seguro. Pueden apostar.