Copa del Rey

Música
último y conflictivo disco de la banda inglesa
Aquella fue la tormenta perfecta de The Police. O cómo destilar la mejor música de cada uno de sus miembros en medio del caos, las tensiones y la violencia. Se llamó «Synchronicity» y a la postre sería el álbum de despedida de la banda británica y probablemente el mejor de los cinco que grabaron. La nueva reedición del disco, con una fastuosa caja de 6 CDs, recuerda tan impresionante legado y unas sesiones de grabación salvajes y despiadadas de tres músicos excepcionales que no se podían ni ver. Literalmente. «Synchronicity» alcanzó el puesto número uno en ventas en ambos lados del Atlántico, vendió más de ocho millones sólo en Estados Unidos, fue nominado a cinco premios Grammy y ganó tres. Al frente estaba ese clásico atemporal que fue «Every breath you take», la canción más radiada de la historia. La fastuosa nueva edición ha llevado tres años de trabajo e incluye el álbum original remasterizado a través de las cintas originales, todas las caras B, 11 bonus tracks disponibles por primera vez, tomas alternativas y un concierto en directo grabado en el Oakland-Alameda Coliseum. El sueño húmedo de cualquier fan de la banda o, en su defecto, una abrasiva forma de acercarse a un auténtico clásico del pop. Lo que ocurre es que una música tan pulcra, excepcional y rica no es capaz de explicar todos los secretos que ocultó su grabación.
Los comienzos de The Police ya permitieron atisbar que no sería un camino fácil. Más en las relaciones personales que en las musicales. En este aspecto, no había duda: uno por uno, cada componente eran números uno en lo suyo. De alguna forma, rememoraban aquella vieja formación de blues que fue Cream (Eric Clapton, Ginger Baker y Jack Bruce), instrumentistas espectaculares pero de difícil convivencia. The Police vendría a ser su versión pop.
El bajista y principal compositor era Sting, quien se enamoró de la impresionante forma de tocar la batería que tenía Stewart Copeland. Por entonces, el guitarrista de origen francés Henry Padovani completaba el trío, pero la exigencia de sus compañeros le obligaron a salir en cuanto vieron al virtuoso que era Andy Summers. Copeland tenía en mente algo así como una banda punk que sabía tocar, pero Sting quería hacer algo todavía más sofisticado, una mezcla de géneros que finalmente se tradujo en un sonido completamente personal. Al fresquísimo disco inicial, «Outlandos d’Amour» de 1978, le sucedieron «Regatta de Blanc», su éxito mundial de 1980 «Zenyatta Mondatta» y el más experimental «Ghost in the Machine». Fue un proceso gradual en el que el éxito y la creatividad irían acompañados de unas crecientes tensiones que explotarían en «Synchronicity».
Cuando entraron en el estudio de grabación, los tres miembros de The Police estaban convencidos de dos cosas: primero, que eran los mejores músicos del mundo; y segundo, que ese sería el último disco que grabarían juntos. Simplemente no se soportaban. Antes, el productor Hugh Padgham había ido a visitar a Sting en Londres para escuchar los demos de las canciones que había escrito, incluido «Every breath you take». Aparte de eso, no hubo otra planificación previa para la grabación del álbum. «Todo lo que sabía era que teníamos un montón de canciones geniales de Sting y que seleccionaríamos algunas canciones de Stewart y Andy cuando estuviéramos en el estudio», recordaría el productor. Lo que no conocía era el grado de deterioro de las relaciones del trío.
Decidieron viajar a los estudios AIR Montserrat, en el Caribe, probablemente el mejor del momento. Era muy tranquilo y discreto. Estaba en una isla que visitaban muy pocos turistas y el lugar transmitía una sensación exótica que beneficiaba la creatividad. Había sido construido por George Martin, el legendario productor de los Beatles, y ofrecía lo mejor de los mejor en términos técnicos. Además, The Police ya lo conocía por haber grabado y mezclado allí «Ghost in the Machine».
Sin embargo, las discusiones comenzaron ya nada más llegar. Primero, por lo más obvio e imaginable: Sting quería centrar el contenido del disco –con bastante lógica– en sus propias composiciones. Y luego llegaron cosas más absurdas, desde reprochar uno al otro cómo tocaban tal o cual nota hasta cómo lo que comían afectaba a la forma de desarrollar ideas. A partir de ahí, las excusas se harían interminables. Copeland argumentó que su batería no se escuchaba bien y decidió que lo mejor era trasladar el instrumento al comedor, que tenía paredes de madera. A cambio, no se podía grabar por la noche porque desde allí el ruido de las ranas se comía cualquier grabación. Mientras, a Summers le gustó cómo sonaba su guitarra desde el baño. Así que cada uno comenzó a tocar donde mejor le sonaba con la ventaja añadida –quizá la principal– de que no se tenían que ver unos a otros. Debido a la humedad, Copeland tuvo que pegar sus baquetas a sus manos con cinta aislante porque se le escapaban al tocar. Pero lo dio por bueno.
Lo increíble es cómo el grupo llegó a plasmar en álbum lo que muchos han considerado como uno de los mejores sonidos de banda grabados en los años 80. Si bien cada uno tocaba sin verse, su espectacular destreza con cada uno de sus instrumentos conseguía amasar un sonido espectacular como grupo. Todas las pistas de acompañamiento se grabaron con los tres miembros de la banda tocando juntos. «Esa es una de las razones por las que el álbum tiene tanta energía: no hay nada mejor que la sinergia de grandes músicos tocando juntos. Sí, por supuesto, los arreglos y las voces se grabaron más tarde, pero las pistas de acompañamiento iniciales se grabaron todas juntas», confirmaría Hugh Padgham.
El productor perdió años de vida intentando mantener junta a la banda durante el proceso de grabación, pues casi cada día aparecían amenazas de fuga de cada uno de los miembros. Discutían a gritos, se insultaban, incluso se pegaban y se tiraban instrumentos unos a otros. Pero cuando se ponían a tocar aquello era asombroso. Como si la furia lograra extraer lo mejor de cada uno. Y como músicos de vocación que eran, al final de cada grabación se juntaban todos para escuchar los resultados de la sesión, generalmente excelentes. Entre tensiones y reproches fueron capaces de completar en poco tiempo tomas perfectas de lo que serían éxitos como «Synchronicity II», «Every breath you take», «King of pain» o «Wrapped around your finger». Y otras joyas no tan instantáneas, como fueron «O my God», «Mother» o «Murder by numbers», cohesionaron un disco fabuloso de principio a fin.
«Creo que el álbum resiste la prueba del tiempo, ya que la banda estaba realmente en su apogeo y en su mayor parte las canciones eran geniales. Aunque fue un álbum difícil de grabar, creo que las tensiones y la ira dentro de la banda hicieron que las canciones cobraran vida», resumiría Hugh Peldham. Algo parecido diría Andy Summers: «Creo que cualquier banda que valga la pena tiene que tener tensión creativa. La música no se puede hacer desde un estado blando. Hay que hacerlo con tensión». Fin de la historia, fin de The Police.
¿Qué ha motivado que la banda decidiera implicarse en el trabajo de recopilación del material para la nueva caja de «Synchronicity»? Pues algo tan curioso como que vieron el documental de los Beatles de la grabación de «Get Back». Todos se sintieron identificados de inmediato con el impulso a la creatividad que daba la tensión en el estudio. «Hasta ese momento, teníamos esta política, que era la única versión que vería la luz. El producto terminado. Luego vimos a Los Beatles en calzoncillos. Y me di cuenta de que en realidad aumenta el interés en la canción ver en calzoncillos cómo se desarrolla», explicaría Copeland en «Mojo». Para demostrarlo, la edición de lujo del lanzamiento contiene 55 pistas inéditas, compuestas por tomas alternativas, instrumentales, demos y grabaciones en vivo. «Éramos los tres pedazos de mierda en esa habitación. No somos personas amables. Andy y Sting son seres humanos maravillosos hasta que llegan a la sala de grabación. Luego se convierten en jodidos anormales. Pero el único peor idiota probablemente fui yo», resumiría.
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