Notre Dame volverá a ser Notre Dame

El proyecto de ley de restauración aprobado por el senado francés incluye una cláusula en la que se exige que Notre Dame regrese al «último estado visual conocido» antes del incendio

Andamios sobre Notre Dame tras el incendio que arrasó la cubierta, la aguja y parte del templo
Andamios sobre Notre Dame tras el incendio que arrasó la cubierta, la aguja y parte del templo

El proyecto de ley de restauración aprobado por el senado francés incluye una cláusula en la que se exige que Notre Dame regrese al «último estado visual conocido» antes del incendio

Amén de para descubrir que todos llevamos un arquitecto dentro, el incendio de Notre Dame ha servido para constatar que Europa no solo va camino de convertirse en un gran parque temático, sino que la mentalidad propia del parque temático ha calado en una sociedad que no sabe por qué ni para qué se levantaron sus catedrales. El mismo día en que caía solemnemente la aguja del templo parisino ya había quien abogaba torticeramente en Twitter por dejar Notre Dame tal cual y destinar los fondos de reconstrucción a paliar el hambre en África, o por desacralizarla y construir lo que fuese: un centro comercial, un museo sobre las aberraciones de la Iglesia...

Los mensajes edulcorados sobre el jorobado de Disney y el aparataje de selfies turísticos frente a la catedral demuestran, por otra parte, la vaciedad absoluta de sentido, no ya católico (para qué intentar explicarlo) sino histórico y europeísta, santo y seña de nuestros valores. Nadie sabe realmente hoy en día para qué sirve ni por qué se erigió Notre Dame. Y eso explica la alegría con que el Ejecutivo de Macron abrió un concurso internacional de ideas para la reconstrucción, que rápidamente se convirtió en un «tour de force» de la estupidez hodierna: una gran piscina en la vieja techumbre, paseos arbolados, cubiertas de cristal, agujas imposibles...

Alguien debió de precisar al principio de todo este «brain storming» mundial que Notre Dame no es un «mall» ni un punto de encuentro, ni siquiera un mero monumento de explotación turística, sino una catedral. Y que lo que lleva más de siete siglos en el mismo lugar merece un respeto en una doble dirección: hacia el pasado y hacia el futuro. Por suerte, el senado francés ha puesto cordura. Al tiempo en que aprueba el proyecto de ley de restauración, incluye una cláusula en la que se exigía que Notre Dame regrese al «último estado visual conocido» antes del incendio. Es decir, que Notre Dame vuelva a ser Notre Dame, sin aventuras arquitectónicas ni siquiera en la controvertida aguja de Viollet del siglo XIX.

El senado, de mayoría de derechas, se ha despachado a gusto además con la precipitación del proyecto de ley de Macron. Pero también los socialistas, comunistas y centristas han alzado la voz contra el personalismo del presidente en este asunto, hasta el punto de hablar del templo parisino como un «Notre Dame del Eliseo» para mayor gloria de Macron. Demasiado hijo de su tiempo, a «monsieur le president» no le entra en la cabeza que lo único que cabe hacer con la historia es preservarla tal cual para las futuras generaciones. Para que nuestros nietos, al pasar por Notre Dame (sin piscina ni acristalados hipermodernos) puedan preguntarse por aquellos parisinos del siglo XII que pusieron la primera piedra. Y, de paso, el porqué de que lo hicieran.