Ramón de Carranza, jefe de espías

Aunque no logró triunfar frente a los todopoderosos servicios secretos de EE UU, este gallego fue uno de los más osados e imaginativos espías de nuestra historia.

El hundimiento del Maine Ramón de Carranza
El hundimiento del Maine Ramón de Carranza

Aunque no logró triunfar frente a los todopoderosos servicios secretos de EE UU, este gallego fue uno de los más osados e imaginativos espías de nuestra historia.

La noche del 15 de febrero de 1898, el acorazado Maine saltaba por los aires en el puerto de La Habana. Ante el conflicto que se avecinaba con Estados Unidos, el Gobierno español activó su red de espionaje en suelo americano. Estalló así una guerra oculta, protagonizada por agentes encubiertos, sobre la que se desplegó un interesado manto de silencio. Una contienda en la sombra donde intervinieron mucho más los cerebros que las armas, y en la cual no faltaron actos de heroísmo ni desastres estrepitosos.

En esa lucha intestina y soterrada destacó la figura del agregado naval de la Embajada española, el teniente de navío Ramón de Carranza y Fernández de la Reguera, al frente de todo aquel operativo de alto secreto. Nacido en El Ferrol 35 años atrás, Carranza había servido en el cañonero Contramaestre, por cuya meritoria actuación se le otorgó la Cruz Laureada de San Fernando, antes de su nombramiento oficial en Washington. Carranza llegaría a ser alcalde de Cádiz, dando nombre al conocido estadio del equipo de fútbol gaditano, que hoy el actual regidor de la ciudad quiere cambiar escudado en la Ley de Memoria Histórica.

Carranza era un hombre valeroso, como lo demostró al retar en duelo a los dos oficiales norteamericanos que acusaron a España de la voladura del Maine. Poco después de ese incidente, se declaró la guerra abierta y los diplomáticos españoles fueron expulsados de la capital norteamericana, trasladándose a la ciudad canadiense de Montreal, una localidad segura por estar situada en un país neutral, muy cerca de la frontera con EE UU. Desde Montreal, precisamente, Carranza recababa y evaluaba las averiguaciones de sus agentes; luego, las reenviaba a Madrid cifradas en clave mediante el telégrafo. Casi todos los informes aludían al estado de las defensas costeras americanas, a fin de facilitar un ataque por sorpresa de la Armada española. Los miembros de la red de espionaje española procedían de las profesiones más diversas: ingenieros, abogados, periodistas, fotógrafos, profesores... Ciudadanos españoles y de otras nacionalidades cuyos ojos y oídos vigilaban acechantes los muelles y arsenales de todo el país. Pero también permanecían atentos desde los lugares más insospechados, como modestas pensiones de San Francisco, explotaciones ganaderas del Medio Oeste e incluso rascacielos de oficinas en el corazón de Manhattan.

Anillo con una contraseña

Carranza puso en marcha un ambicioso plan para infiltrar agentes con formación militar en el mismísimo Ejército americano. Su propósito consistía en que, tras arribar a la isla de Cuba, aquellos mismos hombres pudieran desertar con valiosa información sobre los planes secretos del enemigo. Para evitar que estos espías fuesen confundidos, se les proporcionó a todos ellos un anillo con la contraseña Confianza Agustina grabada en la parte interior.

Tras los éxitos iniciales, los americanos empezaron a preocuparse con razón. Su servicio secreto destacó entonces a varios agentes en Canadá para vigilar de cerca cada movimiento de Carranza. Todo parecía perdido para Carranza cuando los agentes americanos interceptaron una carta suya a las autoridades españolas poniendo sus redes al descubierto. La catástrofe se consumó al final. Los espías españoles cayeron uno tras otro, igual que fichas de dominó. El propio Carranza fue invitado a abandonar Canadá por las autoridades británicas que gobernaban el país en aquellos años y que no deseaban verse envueltas en acciones hostiles contra sus vecinos americanos.

Pero el marino gallego no se resignó a su suerte. Era un hombre de acción, dispuesto como tal a correr cualquier riesgo. Así que, en lugar de acatar la orden de expulsión, decidió atravesar Canadá por su cuenta camuflado con un disfraz mientras maquinaba uno de los planes más osados en toda la historia del espionaje internacional. Atravesó a pie interminables praderas, logrando salir airoso de las emboscadas de los agentes enemigos y de la policía británica. Una vez alcanzado su destino, la ciudad de Vancouver, situada en la costa norte del Pacífico, se unió a otros dos españoles para preparar el último y espectacular golpe de mano. Adquirió un navío de novecientas toneladas de carga y dos viejos cañones para armarlo. Compró también rifles y una treintena de sables, simulando pertenecer a una compañía teatral que pretendía emplearlos de modo pacífico sobre un escenario. A bordo del barco corsario, Carranza se proponía nada menos que cortar todo el tráfico mercante entre Alaska y la Costa Oeste de Estados Unidos. Pero la tripulación que esperaba jamás llegó y tuvo finalmente que desistir. ¿Qué habría sucedido si su misión hubiese tenido éxito? Eso ya es una ucronía...