Cultura

“Silencio”: Al traste con la solemnidad ★★★☆☆

“La situación es teatral”; con esta acertada sentencia comenzaba Juan Mayorga su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 2019

Blanca Portillo se convierte en el "alter ego" de Juan Mayorga sobre el escenario
Blanca Portillo se convierte en el "alter ego" de Juan Mayorga sobre el escenario FOTO: Javier Mantrana del Valle

Autor y director: Juan Mayorga. Intérprete: Blanca Portillo. Teatro Español, Madrid. Hasta el 11 de febrero.

“La situación es teatral”; con esta acertada sentencia comenzaba Juan Mayorga su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 2019. Y detallaba a continuación algunas características y elementos de vestuario, atrezo, disposición del espacio, etc. que hacían que aquella ceremonia –igual que todas– tuviese, en efecto, una dimensión inexorablemente teatral. Un discurso agudo, ingenioso, irónico… brillante, en suma, que tocaba, además, un tema quizá insólito: la importancia del silencio en el lenguaje humano y, mucho más concretamente, en el arte escénico, así como sus distintos usos y significados.

“La situación es tan teatral –continuaba el dramaturgo– que, al anticiparla con su fantasía y temiendo estropearla, quien escribió estas palabras pudo sentirse tentado, mientras las preparaba en soledad, de pedir, como acostumbra, a un intérprete que las pronunciase en su nombre”. Pues bien, parece que no exageraba. Debió de estar tentado y ahora ha querido resarcirse de no haber llevado a cabo entonces lo que hubiera sido una gamberrada maravillosa. Porque, en definitiva, eso ese este Silencio, cuyo título es idéntico al del discurso y cuyo contenido es, en esencia, el mismo; simplemente ha dejado de estar recitado por el autor y ha pasado a ser interpretado por una actriz, con el objetivo de explorar y potenciar, precisamente, toda esa teatralidad que subyacía en la exposición original y a la que alude el propio texto.

Y nadie más apropiado para reinterpretar aquella ceremonia en clave ya estrictamente teatral, desde luego, que Blanca Portillo. Pocos actores habrá capaces de manejar y jugar sobre un escenario con las palabras del dramaturgo, y con el contexto en el que fueron pronunciadas, como lo ha hecho ella. Dirigida por el propio Mayorga, que en esta versión teatral ha incrementado más aún su ironía para reírse de sí mismo como solo saben hacer las personas inteligentes, la actriz convierte el acto de ingreso del académico electo en una socarrona farsa en la que, no obstante, se mantiene intacta la poderosa carga intelectual que poseía el discurso.

De manera que la “argumentación” original –armada, por cierto, con gran belleza literaria– pasa ahora a ser pura “representación”; una representación desbocada en cuanto que no se limita a transformar en acción las palabras, sino que atañe también a todo el marco en el que se desarrolla esa acción, es decir, al momento y al lugar en el que aquellas palabras fueron expresadas, al rol que jugaba en esa ceremonia el nuevo académico e, incluso, a la propia relación que se establece entre este y la actriz que está protagonizando ahora la obra. Es decir, que hay metateatralidad y autoficción para dar y tomar. Eso sí, la autoficción, afortunadamente, no tiene nada que ver en esta ocasión con el acostumbrado y exasperante ejercicio onanista de algunos autores que aspiran a ser trascendente sin apartar la vista de su ombligo. Aquí ocurre todo lo contrario: la experiencia particular del autor se utiliza con el único propósito de ofrecer al espectador una visión más distanciada, rica, profunda y, tal vez por ello, más divertida no ya de su experiencia, sino de lo que significa en un contexto más amplio, del lugar justo que debe ocupar en el entramado social y humano, que es lo importante. Y, dentro de ese plano tan general, el público podrá ver a Portillo, además, luciéndose como actriz a la hora de ilustrar las reflexiones que hace Mayorga sobre los silencios, recreando para ello algunas escenas de conocidas obras que el dramaturgo cita, tales como Antígona, La vida es sueño, La casa de Bernarda Alba, Woyzek, El jardín de los cerezos

El espectáculo está ideado con talento, con oficio y, lo que resulta hoy bastante infrecuente, con humildad. Su única pega estriba en la propia naturaleza de su contenido, pues la base no deja de ser un texto de erudición –por muy claro que sea– sobre un asunto muy específico que, me temo, solo interesará a los que nos dedicamos de un modo u otro a esto del teatro o la literatura. Cierto es que el envoltorio está expresamente concebido para que a todo el mundo le apetezca llevarse el caramelo a la boca, pero dudo que, una vez digerido, pueda resultar igual de sabroso a cualquiera.

Lo mejor

La mirada paródica del autor sobre sí mismo y sobre un acontecimiento que, precisamente, suele despertar muchas vanidades.

Lo peor

El texto no deja de ser un análisis intelectualizado sobre algo tan concreto que quizá escape al interés del público en general.