Cultura

Crítica de teatro

“¡Que salga Aristófanes!”: Sátira sin brillo contra la corrección política ★★★☆☆

Els Joglars celebra los 60 años de la compañía con un moderno don Quijote

Ramon Fontserè se mete en la piel de un catedrático de universidad
Ramon Fontserè se mete en la piel de un catedrático de universidad Pablo Lorente

Autor: Els Joglars. Director: Ramon Fontserè. Intérpretes: Ramon Fontserè, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xevi Vilà, Alberto Castrillo-Ferrer y Angelo Crotti. Teatros del Canal (Sala Roja), Madrid. Hasta el domingo.

Después de que Albert Boadella dejara la compañía, los míticos Joglars necesitaron varios montajes para volver a encontrar un ritmo, un tono y, en definitiva, un estilo que fueran adecuados a los nuevos tiempos y a la nueva andadura que querían emprender en ellos. Fue con su anterior trabajo, la formidable Señor Ruiseñor, cuando el público pudo por fin verlos otra vez afianzados sobre las tablas. Todo parecía indicar que, una vez alcanzado ese óptimo nivel, sería más o menos fácil para ellos mantenerlo en su siguiente propuesta; sobre todo, si tenemos en cuenta que en ella iba a estar, básicamente, el mismo equipo creativo, al que se había incorporado Alberto Castrillo-Ferrrer como director escénico. Sin embargo, no se sabe muy bien por qué, en ¡Que salga Aristófanes! resurgen algunos titubeos escénicos que parecían definitivamente conjurados.

Denunciado y apartado de su trabajo por la corriente buenista de la sociedad, y castigado por su disidencia y su libertad intelectuales, un catedrático de filología clásica es recluido en un sanatorio mental. Allí intenta, de manera casi heroica, reivindicar el arte puro, la expresión sin ataduras y la cultura con mayúsculas, ante la atenta vigilancia de los responsables del centro, que tratan de reconvenirlo en cada una de sus iniciativas.

La historia de este moderno don Quijote, cuya locura le lleva en este caso a creer que es el mismísimo Aristófanes, da pie a Joglars para desplegar, una vez más, su acera y satírica mirada al mundo que nos rodea, ridiculizando sin ambages esa corrección política, cada vez más preocupante, que hoy parece dominar en todos los ámbitos y, muy especialmente, en el de la creación y la expresión artísticas.

Hay una inteligente y audaz visión sobre cómo se está acorralando el pensamiento crítico y cómo se está cercenando el debate racional –que no tiene por qué ser ideológico- acerca de algunos temas relevantes en nuestro modo de comportarnos en sociedad: qué es y no es acoso, qué es y qué no es machismo, con qué se puede y con qué no se puede bromear, etc. Y hay, desde luego, algunos momentos memorables, como la escena en la que los personajes se dedican a “detectar ofensas”, como si fueran minas, y a hacerlas estallar.

Sin embargo, es tan llamativa la falta de ritmo en el desarrollo escénico del argumento y la falta de intensidad a la hora de poner carne y alma a la historia que la sátira queda mucho más deslucida de lo que cabría esperar. Faltan la chispa y el nervio que felizmente había encontrado la compañía en Señor Ruiseñor; aquí todo vuelve a estar demasiado laxo. Incluso desde el punto de vista técnico. En este sentido, sorprende, por ejemplo, que el protagonista, en una determinada escena próxima al desenlace, reclame a Schubert para defenderse de la sinrazón que lo acosa y, cuando por fin la música del compositor austriaco suena en el teatro, lo hace en un tibio plano medio incapaz de arrasar con el lenguaje visual y atrapar como debiera la atención del espectador.

Lo mejor

La compañía sigue siendo, desde el punto de vista intelectual, un refugio para el pensamiento crítico y libre.

Lo peor

Falta chispa para trasladar al escenario la mordacidad que podían ofrecer algunas escenas.