La ciudad en la que nació la tragedia

Alfredo Sanzol, Andrés Lima y Miguel del Arco suman fuerzas en un nuevo proyecto cooperativo que ponen en pie en La Abadía con «Edipo», «Medea» y «Antígona»

Teatro de la Ciudad es la nueva aventura escénica de Miguel del Arco, Alfredo Sanzol y Andrés Lima, tres de los directores más interesantes y aplaudidos de las últimas dos décadas en España. Juntos, y acompañados por sus productores, Aitor Tejada, Gonzalo Salazar-Simpson y Joseba Gil, respectivamente, además de una pléyade de actores que se les han sumado, concibieron este proyecto cooperativo en abril de 2014. Gestado en talleres abiertos a lo largo de este año, por fin ve la luz como una realidad en el Teatro de la Abadía y en forma de tríptico de tragedias griegas que se podrán ver en días alternos cada semana hasta el 21 de junio. Y no tres cualquiera: Miguel del Arco dirige «Antígona» (desde el 21 de abril); Andrés Lima, «Medea» (desde el 23 de abril); y Alfredo Sanzol, «Edipo» (desde el 24 de abril).

La primera estará protagonizada por Manuela Paso (Antígona) y Carmen Machi (Creonte), acompañadas de varios «fijos» en las obras de Del Arco: Cristóbal Suárez, Raúl Prieto, José Luis Martínez, y nuevas incorporaciones, como Ángela Cremonte, Santi Martín y Silvia Álvarez. Lima, que da vida él mismo al rey Jasón, tendrá enfrente a Aitana Sánchez-Gijón como Medea –la reina que, al ser desplazada de su lecho, hace lo impensable–, y con ellos estarán Joana Gomila y Laura Galán. En el «Edipo» de Sanzol pasa algo parecido: Juan Antonio Lumbreras será el rey que se arranca los ojos ante la desgracia de la verdad que descubre sobre su matrimonio, y, como él, el reparto abunda en intérpretes habituales del director de «Sí, pero no lo soy» o «En la Luna»: Paco Déniz (Creonte), Natalia Hernández (que interpreta a un siervo y al Corifeo), Eva Trancón (Yocasta) y Elena González (Tiresias).

Toda esta larga presentación permite asegurar, con poco margen para la exageración, que estamos ante uno de los acontecimientos teatrales del año. Curiosamente, el «dream team» responsable lo explica con modestia, como algo surgido casi de la necesidad. «La unión es la que produce las ideas. Es la razón de estar juntos», cuenta Sanzol. «Nacemos, queremos nacer, con la voluntad de crear un espacio físico, pero también humano. Puede ser el teatro de esta ciudad o el de cualquiera», añade Lima, «un espacio donde mostrar nuestros trabajos, pero que éstos hayan pasado antes por la investigación, la confrontación y el juego teatral». Esa investigación, convertida en un ping-pong de ideas, se ha ido plasmando en una serie de talleres llevados a cabo durante meses y abiertos a quien haya querido participar, compañeros de profesión, periodistas... Ellos mismos han asistido a los de sus colegas de proyecto. Empezó, cuenta Del Arco, el pasado junio con el taller titulado «mito y razón», y les han ido apoyando y aportando ideas algunos «novatos» como Nuria Espert, Mario Gas, Juan Mayorga y Carlos García-Gual. Después llegó un nuevo taller sobre dramaturgia, y más tarde otros seis más, dos por título.

Mestizaje, contagio y fraternidad

Entre esos apoyos contaron con uno especial: el de José Luis Gómez. Fue clave, obviamente, porque aquello significó tener un teatro donde estrenar. «Llevábamos ya más de un año y pico vagando por el desierto cultural... y José Luis nos llamó», afirma Lima. El director de La Abadía reivindica el proyecto como «un golpe de corazón», y recuerda que fue al salir de «La función por hacer» –el emblemático montaje de Miguel del Arco, que tuvo un reestreno en el teatro que dirige– cuando le propuso a éste hacer algo allí. La esencia de la iniciativa la resume el veterano actor y director onubense: «El teatro del siglo XX se ha movido a golpe de personas, de artistas, que, insatisfechos con la situación que les rodeaba, daban pasos prácticos, no sólo teóricos». Se refiere a cómo están las artes escénicas en los últimos años. Recortes en ayudas, IVA cultural y circuitos adelgazados que obligan a ensayos precarios y fugaces, sin tiempo para mascar y degustar las ideas, para la reflexión. Gómez saca pecho de cómo se hacían las cosas en La Abadía al comienzo, con ensayos de cuatro y cinco meses. Y Lima sentencia: «En Occidente, la cultura ahora mismo es un lujo, y no debería ser así».

Cuenta Sanzol sobre las sinergias surgidas de esta experiencia que «ves que estás alrededor del resto, pero cada uno necesitamos nuestros tiempos y nuestra manera de trabajar y sabes que tienes otros ojos mirando eso. Ha sido una influencia muy buena. No una intervención fuerte, pero sí más sutil, de energías y conversaciones. Hemos hablado, nos hemos dicho cosas, nos hemos llamado, pero no hemos intervenido en el ensayo del otro». Y Del Arco lo corrobora: «He aprendido más en los otros dos talleres que en el mío, en el que estaba un poco atribulado pensando que aquello lo tenía que dirigir yo». Y añade el director de obras como «Veraneantes» y «Misántropo»: «Ha sido emocionante ver cómo surgen las cosas, cómo la idea de uno se transforma en la de otro y ya no se sabe de dónde surge cada una». Varias ideas, resume Lima, han impregnado todo el proceso: «El mestizaje, el contagio, la fraternidad». Ocurre además que el espacio escénico será, con cambios, básicamente el mismo para los tres títulos, «y eso te obliga a estar en un permanente diálogo», reconoce Del Arco. Y es que, como dice Lima, «‘‘Medea’’, ‘‘Antígona’’ y ‘‘Edipo’’ forman un corpus teatral. Nosotros nos estamos transmitiendo ideas, pero también los escenógrafos comparten trabajo, los iluminadores, los actores... Es un tótum revolútum para demostrar que la cooperación puede dar frutos».

En esos ensayos, han contado no sólo con sus intérpretes definitivos, sino con otros actores y actrices que se han pasado a aportar y aprender, gente como Irene Escolar o Miriam Montilla. «Han desfilado muchos actores, autores y directores y hemos formado los equipos con los que están ahora», explica Sanzol. Participaron en los talleres, por ejemplo, Javier Lara y Pablo Vázquez, aunque finalmente no estén en el reparto. Andrés Lima asegura que, a pocos días del estreno, está «contentísimo. Miguel y Alfredo también. Todo lo que debería pasar está pasando». Y explica cómo, al sentarse a trabajar en la mesa de luces, «me daba cuenta de la influencia que han tenido los talleres. De repente, pensaba: esto que estoy haciendo lo sugirió Alfredo». Y añade: «Está siendo muy rico y bonito. Sin embargo, cuanto más colaboración hay, más diferentes están saliendo los espectáculos». Tres piezas con una búsqueda de factores comunes que han acabado teniendo personalidades distintas. Son, prosigue Lima, «tres tragedias de libro. Pero es verdad que la oscuridad de ‘‘Medea’’ es tremenda». La suya, en concreto, es la de Séneca. La ceguera del ser humano que lo lleva a la destrucción está más en «Edipo», claro. Pero los motivos que llevan a una esposa y madre a quitarle la vida a su hijos impregnan el escenario de algo negrísimo.

Tierra volcánica

Lima explica así su propuesta escénica: «Un espacio que evoca una tierra volcánica, tierra de nadie, algo perdido en cualquier lado del cosmos. Hay algo muy terrestre, pero a la vez perdido en el tiempo. La noticia la vemos todos los días en el periódico. Y eso tiene una metáfora tremenda sobre la propia humanidad». Curiosamente, dice, «los ensayos están siendo muy relajados». Su Medea tiene el rostro de Aitana Sánchez-Gijón. «Es maravilloso. Estoy fascinado con Aitana. Es muy bella y muy brutal. Lleva un mes de ensayo en trance, dejándose la piel en el escenario», cuenta el director, que ve en ella la «sofisticación de la tragedia: es un género que nos habla de las cosas más funestas y los gestos más bellos». De nuevo, como es habitual en su teatro, la música jugará un papel importante, aquí firmada por mezclas de Jaume Manresa. Y, frente al público, la protagonista. «Yo lo planteo casi como un juicio universal, vomitando todo su dolor, enfrentándose al poder de Creonte», cuenta el director.

¿Y el futuro? ¿Habrá una continuación para el proyecto, quizá con otra trilogía más adelante? «Eso espero –responde Lima–. La apuesta artística está hecha. la económica también. Esperamos ser sostenibles. necesitamos el respaldo del público. La Abadía obviamente lo tiene, pero es importante convencerlo».

Y, para ello, habrá sorpresa, titulada «Entusiasmo». Un cuarto espectáculo que se representará a continuación de los demás en el mismo teatro cada noche desde el 30 de abril. «Va a ser una fiesta: el bar después de las tragedias», explica Sanzol. La entrada será gratuita, y, «habrá una barra donde se podrá comer algo y beber, y al mismo tiempo vamos a hacer actuaciones y vendrán amigos. Va a ser sobre todo un lugar de reunión después de la tragedias. Un sitio en el que hacer ‘‘sketches’’, pequeños conciertos y encuentros con el público». Un fin de fiesta prometedor para un proyecto de estas dimensiones.