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Manual para ser un buen actor

Ciro Zorzoli regresa a La Abadía con «Premios y castigos», una producción de T de Teatre que ahonda en las relaciones humanas y en la interpretación

Fue uno de esos amores a primera vista. T de Teatre había bajado a Madrid en la primavera de 2010 para ver en La Abadía «Estado de ira».

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Fue uno de esos amores a primera vista. T de Teatre había bajado a Madrid en la primavera de 2010 para ver en La Abadía «Estado de ira». Allí dirigía un dramaturgo argentino que les podía encajar por «ciertas características que había en el modo de actuar de dentro de la pieza», explican. Y el puente aéreo cumplió las expectativas. Desde ese momento certificaron que un encuentro con el señor Zorzoli era una de sus prioridades; «y de ahí surgió la posibilidad de juntarnos y desarrollar este trabajo a partir de algunos materiales que venía preparando en Buenos Aires», cuenta el objetivo. Las miras de sus ideas ya las tenía puestas sobre el trabajo del actor, la representación y las conductas humanas, y la intención fue «confrontarlo con la experiencia que ellos tenían». Unos nuevos materiales de los que surgió «Premios y castigos».

Cuando la gente llega a la función, se topa con una noche en la que una compañía de actores abre al público una sesión de «entrenamiento», argentiniza Zorzoli. Porque «este mundo me es cercano y es el que he escogido, pero se ponen en juego las pasiones humanas de cualquier familia, empresa, amigos... Donde hay un grupo de personas reunidas alrededor de una tareas, siempre están presentes los arrebatos».

w ser el mejor

En ese encuentro con los espectadores se plantean diferentes ejercicios que cada uno de los intérpretes deberá abordar para tratar de demostrar sus mejores habilidades. «Presentamos unos ejercicios en los que debemos encontrar la perfección en los movimientos», cuenta la actriz de T de Teatre Marta Pérez. En esas lindes se mueve una obra que apenas cuenta con trama más allá. Ésta tiene que ver con las dificultades que empiezan a surgir al momento de tratar de buscar el diez en la actuación, siempre escurridiza. Comienzan a suscitarse ciertas disputas internas que van tensando las cuerdas entre compañeros. Lo importante es lucir bien frente al público y demostrar que las competencias entre uno y otro caen de tu lado. Ver quien hace mejor las cosas, y, a partir de ahí, trasladar al mundo del teatro la metáfora de las conductas humanas, las relaciones personales y la dificultad de poder ponerse en la piel del otro. «Muchas veces, uno, sin darse cuenta –expone el director–, mira al mundo que lo rodea desde preconceptos. Es difícil comprender la realidad de los demás desde ojos ajenos. Siempre se hace con los propios, pero la realidad es múltiple. Este juego que proponemos en la pieza es poner sobre la mesa la pregunta de si es posible observar la realidad desde la perspectiva del contrario y no desde el prejuicio de fuera. Sobre todo cuando se trata de un extraño».

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No dan respuestas, sólo abren interrogantes. Zorzoli, dice, no pretende competir con la «representación del dolor que hacen la televisión o internet en directo de la vida real». Entonces, ¿qué lugar deben ocupar los escenarios en esta sociedad de la inmediatez? «El espacio de la metáfora y la poesía, no sé si el de la literalidad nos corresponde».

Todo a través de un humor «que permite separarte de ciertas cosas». Gracia que surge del desconcierto y de la risa involuntaria. De situaciones patéticas sobre el escenario como cuando uno entra en la –mala– suerte de la constante equivocación y el que le mira no puede parar de reír pese a que el otro esté sufriendo. Muy circense, como cuando el payaso recibe las «cachetadas». «Tiene humor, sí, pero también un halo de misterio que la convierte en extraña por no saber por dónde van a salir», aclara Pérez.

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Cuenta Zorzoli que uno de los secretos del montaje fue trabajar sobre textos de Florencio Sánchez, un autor de Río de la Plata poco conocido aquí, y gracias al cual el intento de entrar en una textualidad lejana le ayudó a generar «una situación de tensión entre los actores». Una zona en la que ficción y realidad se mezclan para generar lazos «necesarios para la trama, como si las peleas entre intérpretes se conjugasen con el hilo argumental que intentan representar. «Si te lo pudiera explicar con palabras no sería necesario hacerlo en teatro –bromea el argentino–. Pasa en la televisión cuando se ve a una persona enfocada y no se sabe si, por el solo hecho de ser filmado, está sufriendo de verdad o representando su propio sufrimiento al sentirse observada».

Límite difuso

Un límite entre la verdad y la mentira muy difuso. «Lo interesante es el juego. Es un mundo donde se ven los hilos –habla Pérez–. Se enuncia lo que se va a ver y todo el mundo sabe que estás probando algo pero la magia del teatro te hace ver momentos de pura realidad y verdad. De golpe, te has metido en la escena. Hacemos este juego de entrar y salir de una parcela a otra». Dos conceptos antónimos que recuerdan al nombre de la obra, «Premios y castigos», el cual evoca a un mundo de polos. Donde el éxito es bien y el fracaso es mal. Una clasificación escasa para el arte, según Zorzoli: «No son categorías buenas. Aquí todo ello es muy relativo. Sin embargo, en la sociedad en la que los éxitos se premian y los fracasos se castigan, el margen para la equivocación comienza a achicarse. No sé si al arte le hace bien».

Director de ida y vuelta

Ciro Zorzoli no sólo conquistó a la compañía catalana de T de Teatre con su montaje de 2010, sino que lo hizo con la crítica que entonces le valoró. Él achaca su éxito a su método de trabajo: «Por mi formación actoral, intento crear un espacio de ida y vuelta. Proponer una cosa en los ensayos y que sean los intérpretes los que me hagan una devolución de eso mismo pero con su punto de vista. Ponerlos en el centro de la puesta en escena y de la creación. En este caso, ‘‘Premios y castigos’’ es una pieza que tiene la anécdota de ser un ensayo abierto al público».

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Dónde: Teatro de la Abadía. Madrid. Cuándo: del 3 al 20 de noviembre. Cuánto: desde 19 euros.