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"Metálica": Hacia la absoluta soledad

  • "Metálica": Hacia la absoluta soledad

Tiempo de lectura 2 min.

24 de mayo de 2019. 03:13h

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Raúl Losánez 24/5/2019

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Autoría y dirección: Íñigo Guardamino. Intérpretes: Pablo Béjar, Marta Guerras, Esther Isla, Carlos Luengo, Sara Moraleda y Rodrigo Sáenz de Heredia. Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa). Hasta el 9 de junio de 2019.

Con un puñado de obras estrenadas principalmente en el circuito «off» de Madrid, el dramaturgo y director Íñigo Guardamino ha logrado entrar este año en la programación del Centro Dramático Nacional para desarrollar y poner en pie, dentro del ciclo «Escritos en la escena», esta interesantísima y gamberra comedia de ciencia ficción llamada Metálica. El argumento de la obra se sitúa en 2044 y gira en torno a las relaciones que mantienen entre sí los miembros de una familia y, al mismo tiempo, a las relaciones que mantiene cada uno con los avanzadísimos robots que intervienen en sus respectivas vidas.

Más allá de algunos divertidos guiños a las jubilaciones, las operaciones y avances estéticos, la destrucción de algunos ecosistemas, etc., lo que de verdad plantea «Metálica» es una reflexión, bastante más profunda de lo que aparenta, acerca de la paulatina transformación de nuestro individualismo en una gélida y deshumanizada soledad.

A través de una trama tan disparatada como eficaz, Guardamino va introduciendo al espectador en el universo íntimo de unos personajes que han ido sacrificando cualquier ideal en aras de una autosatisfacción inmediata, voraz y sencilla; un universo en el que la praxis aristotélica ha sido exterminada por la poiesis, o lo que es lo mismo, donde todo acto, incluso el de estar en simple compañía, obedece a un diseño previo para obtener un resultado determinado.

En definitiva, una galería de seres –todos ellos muy bien interpretados, aunque destaque Esther Isla por su vis cómica– que han llegado demasiado rápido a un tiempo y a un lugar en los que la ética y la filosofía no han logrado todavía delimitar con claridad los conceptos del bien y del mal. Por eso al personaje de Cindi, un robot programado para halagar a sus dueños y satisfacerlos sexualmente, le cuesta ver la diferencia entre un humano y ella, porque a ambos los ve, igualmente, «muertos por dentro».

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