Variados brillos orquestales

Sakari Oramo
Sakari Oramo

Obras de Staern, Prokofiev y Mahler. Piano: Nikolai Lugansky. R. O. Filarmónica de Estocolmo. Director: Sakari Oramo. Auditorio Nacional, Madrid. 3-V-2018.

Lugansky (Moscú, 1972) es lo que los aficionados llaman, en sentido coloquial, un manitas; de esos pianistas virtuosos que las dan todas. Aunque, como buen discípulo de Tatiana Nikolaieva, llevaba en sus genes pianísticos la semilla del analista. Podríamos pedirle un mayor calor, una expresión más cordial; pero en él tampoco podemos negar que late en todo momento una vibración que en este caso sirvió para sostener una estupenda interpretación del «Concierto nº 3» de Sergei Prokofiev a la que contribuyó de manera vigorosa Oramo, que no tuvo la esbeltez ni la finura deseadas para acompañar el limpio y ligero discurso pianístico que, no obstante, siempre fue audible gracias a la pulsación del instrumentista, que exhibió impecables manos cruzadas y supo ensoñarse en la ensoñada variación con la trompa del segundo movimiento. Regaló la hermosa canción de Chaikovski «Lullaby» en la transcripción de Rachmaninov. Aplaudimos asimismo el cuidado, la forma de labrar compás a compás, la introducción de la «Sinfonía nº 1» de Mahler, que Oramo hizo más «Langsam. Schleppend» (despacio, lento) de lo que indica la partitura, aunque en cuestión de «tempi» todo es muy relativo. Pero no puede negarse la habilidad de la batuta para edificar el largo «crescendo» que conduce al estallido de la madre naturaleza. Bien y secamente acentuado el «Scherzo», con el debido aire pueblerino. Con detalles tímbricos y adecuadas gradaciones, también moroso, el fúnebre e irónico tercer movimiento y convenientemente explosivo y agitado el «Finale», en donde el director supo recogerse líricamente en el primer intermedio, de acuerdo con la versión elegida, que elimina esas elongaciones en el segundo. Hubo quizá un exceso de contrastes en perjuicio de la línea expositiva y un reforzamiento no siempre necesario de lo virulento.

La Filarmónica de Estocolmo es una orquesta poderosa, bien ensamblada, de buena afinación y equilibrio entre grupos. Buen instrumento, que dio excelente respuesta en la obra del sueco, Staern, «Jubilate» (2009), estreno en nuestro país, que se abre con un ruidoso y masivo acorde disonante y emplea una muy crecida percusión en un discurso lleno de efectos que incluyen episódicos aires de danza, con bongós, parciales recogimientos y violentas cabalgadas. Oramo mostró seguridad, batuta móvil y expresiva, gesto convincente y criterios musicales aceptables.