Darién, la selva de los mosquitos

La Ruta Quetzal BBVA se adentra en la jungla panameña, el único lugar del continente donde se corta la carretera panamericana

Foto: Erik Montalbán

Casi ningún panameño va nunca al Darién, y después de pasar dos días allí, uno entiende el porqué. Muy pocos son los que viven en esta jungla al sur de Panamá, junto a la frontera colombiana, y quienes a lo largo de la historia intentaron establecerse aquí pagaron las consecuencias. Cuando en 1698 los escoceses intentaron colonizar estas tierras, a pesar de que eran propiedad de la corona española, la aventura acabó en desastre: en menos de dos años, las inclemencias del trópico, la falta de provisiones y la lucha contra los españoles acabaron con la mayor parte de los 2.500 escoceses que trataron de convertir este lugar en Nueva Caledonia, provocando además la bancarrota de Escocia, que había invertido la mitad de su dinero en esta ambiciosa empresa.

Tres siglos después, poco ha cambiado el Darién, como han podido comprobar los 227 expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA, masacrados y «comidos» por la nube de mosquitos que habitan en esta inhóspita selva, amén de arañas, ciempiés y otros insectos. Basta observar las marcas en la piel de los «ruteros» para darse cuenta de la predilección de estas criaturas por la sangre humana. Ni siquiera los más veteranos de la ruta recuerdan un ensañamiento igual de los mosquitos. Y eso, tras 28 ediciones en las que han pasado por las selvas de Brasil, Perú, México, Colombia o Venezuela, es mucho decir. «Sí me pican, pero no se me hincha como a los "gringos"porque soy de aquí», explica Marcos, un niño indígena de la tribu de los Wounaan, que aunque va casi desnudo, no parece haber sufrido el castigo de los mosquitos.

Llegar hasta aquí no es tarea nada fácil. No hay carretera y el «camino» es un lodazal en el que las botas se hunden hasta la rodilla. No es pues de extrañar que el Darién sea el único punto del continente en el que se corta la carretera panamericana. Tal es su dureza que el ejército estadounidense usaba esta jungla como campo de entrenamiento en los años 80. Las cerca de nueve horas que los expedicionarios emplearon para cubrir los 11 kilómetros que separan la pequeña aldea de Playona de Sinaí fueron un infierno sólo recompensado por la inmensa belleza de esta selva, plagada de ceibas gigantes y heliconias. Tanto en Playona –donde habita la etnia Emberá–, como en Sinaí –tierra de los Wounaan–, apenas han visto nunca a un extranjero hasta la llegada de la Ruta Quetzal BBVA. No tienen agua potable y obtienen cuanto necesitan del entorno. Sus cuerpos están cubiertos con dibujos hechos con «jugo de jagua», una fruta local. Con todo, y a pesar de sus tremendas carencias, muchas chozas cuentan con antena de televisión –la única luz se consigue mediante generadores–, por lo que uno no puede evitar pensar que sus danzas, sus cuerpos tatuados y sus ropas tradicionales responden a una especie de «teatrillo» orquestado para impresionarnos. Los únicos foráneos que han visto fueron unos canadienses que «venían predicando la palabra del señor», cuenta otro niño.

La ubicación de ambos asentamientos no es casual. El río Chucunaque –el más largo de Panamá– y el Membrillo –afluente del primero–, son fuente de vida para sus pobladores, aunque también de enfermedades. Aquí tuvo lugar uno de los momentos más impresionantes del paso de la Ruta Quetzal BBVA por el Darién: dos centenares de «ruteros» se dieron un reparador baño en las aguas del Membrillo, librándose así del barro que los cubría de pies a cabeza tras la marcha. Estos cursos fluviales son también las autopistas de la selva. Las nueve horas de caminata de ida se reducen a sólo tres horas de vuelta por el río a bordo de una canoa a motor. Desde la embarcación, el paisaje deja con lo boca abierta, si bien la relajación puede desaparecer en cualquier momento: los troncos caídos al río sacuden la barca y durante unos segundos uno se pregunta si logrará estabilizarse o si volcará. Aquí viven «lagartos» –cocodrilos– y una cosa es nadar en el orilla y otra muy distinta caer sin control en medio del Chucunaque. No es raro que esos troncos nos corten el paso por el río, convirtiendo la motosierra en útil indispensable si uno quiere navegar por estas aguas. Los monos aulladores se desgañitan al paso de la canoa y los sonidos de la selva nos recuerdan que estamos muy lejos de casa.