«Blanca siempre tenía frío»

Los Compañeros de internado de Blanca Fernández Ochoa recuerdan cómo era su vida allí, la de una niña friolera que iba con «capas y capas de ropa». Llegó al Juan March a los 11 años y salió esquiadora

Había que levantarse pronto, después ir a clase hasta las 12, a veces, recuerdan algunos, ya con las ropas de esquiar, para más tarde pasar dos horas lanzándose montaña abajo. Cuando terminaba el entrenamiento, se comía y se volvía a clase por la tarde. Había hora y media de estudio para cerrar el día y a dormir. Así de lunes a viernes y los fines de semana tocaba o competición o el domingo, día, o más bien mañana, libre. Ahí, en el Valle de Arán, a finales de los 70, en un internado donde se mandaba a las jóvenes promesas del esquí español. Allí, allí fue donde empezó todo para Blanca Fernández Ochoa: «A esquiar y competir aprendí en el Valle de Arán. Mis padres no tenían dinero, eran de origen muy humilde y, con tanto hijo, nos mandaron a cada uno a un internado. Zamora, El Paular, Madrid... Y a los tres pequeños, al Juan March. La Federación pensó, al ver a Paco, que podía haber algo más por ahí. Yo fui la primera. A mi madre le pusieron tan buenas condiciones que pensó: ''Es una buena oportunidad, tendrá estudios, pero también deporte''», contaba Blanca Fernández Ochoa en una entrevista en «AS».

Tenía once años, era una niña que llegaba a un lugar desconocido, lejano y sin ningún contacto con la familia. «Era muy duro al principio», cuenta uno de sus compañeros. «Esos años... los comparo con los tiempos de ahora, con los cuidados que hay con los niños. Eran los años 70, imagínate. Pero creo nos hicimos fuertes». Era el internado Juan March, donde los internos, como Blanca, los llamados a ser las estrellas del esquí español convivían con los niños de la zona que iban y venían a clase todos los días desde los pueblos cercanos. «Al cruzar la carretera estaba la estación de La Tuca y allí íbamos a esquiar. Eran exigentes, porque había que conseguir resultados», cuenta otro de los compañeros.

El director, recuerdan algunos, era el Hermano Jordi. El colegio era de La Salle, con el alto profesor Federico en Literatura o el maese o el profesor Bonillo. Los internados se pasaban allí todo el año, con los domingos libres para bajar al pueblo, ir a misa, comprar algún refresco, los más pequeños aburrirse, y volver de nuevo a la rutina. Algunos recuerdan que era ese día cuando escribían las cartas a los padres, en tiempos sin móviles, donde las distancias eran de verdad. Era el único contacto con lo que se dejaba atrás. Alguna llamada y las cartas. Era lo más parecido que tenía España a un centro de Alto Rendimiento para los que tenían que ser deportistas de élite, sin duda, la mejor opción para alguien que había nacido con la nieve como destino. «Tenía once años, no sabía ni vestirme. Las internas mayores, que ni siquiera eran esquiadoras, aquello era colegio esquí-estudio para los seleccionados, pero había internos de toda España, se hacían pasar por mi madre. Se ponían un trapo en la boca, en una cabina, y me llamaban como si fueran ella. Me veían tan mal, llorando tanto. “Venga Blanquita, venga mi amor, que nos vamos a ver pronto...”», seguía contando Blanca en la entrevista.

«Me acuerdo de sus carpetas», dice otro de sus compañeros, «las que llevaba Blanca con cada asignatura marcada y me acuerdo perfectamente de su letra, de la suya y de una amiga, muy pulida, muy femenina». Los que esquiaban llevaban un régimen algo más estricto, con más clases de Educación Física cuando no había nieve. «Estábamos entrenando físico y tocaban series de abdominales. Los hacíamos por parejas, uno sujetaba los pies y contaba y el otro los hacía. Acabé mi serie de 50 y cambiamos de posición. Blanca se tumbó con las manos entrelazadas en la nuca. Los hizo con fortaleza mientras yo contaba en voz alta, pero cuando llegó al 50, no se detuvo y continuó hasta el 60».

–Ya está –le dije pidiendo cambio. Pero ella me dijo:

–«Es que tendríamos que contar... a partir de cuándo duele», ha desvelado uno de sus compañeros en Facebook.

Las chicas, que eran menos, al principio dormían en un hotel y después compraron unos apartamentos cercanos para que se instalasen. Pero la vida era en común: las clases mixtas, los estudios, los entrenamientos, las comidas en el comedor con las bandejas, las competiciones y la vida que pasaba. De la niñez a la adolescencia, solo saliendo los domingos, lejos del hogar y descubriendo la madurez a la fuerza, en la nieve. Si Blanca era fuerte, allí se hizo aún más. Después llegaron sus hermanos y todo mejoró. No cambió una cosa: «Siempre iba con capas y capas de ropa, como una cebolla. Ella siempre tenía frío».