Joana Pastrana sigue mandando al vencer por KO a Siriporn Taweesuk

Retiene el título de campeona del mundo del peso mínimo de la IBF. Muy superior desde el primer momento, derribó en el séptimo asalto a la tailandesa

Retiene el título de campeona del mundo del peso mínimo de la IBF. Muy superior desde el primer momento, derribó en el séptimo asalto a la tailandesa.

El grito permitió liberar a la bestia que tenía contenida Joana Pastrana, acabar con la tensión de semanas de preparación. Concentrada en el objetivo, sólo pensaba en que llegara el momento en que su rival se rindiera. No quería llegar al décimo asalto. Quería liberar a los jueces de la decisión de elegir a la campeona del mundo del peso mínimo. Por si acaso, iba sumando en cada asalto, aunque ya desde el primero pudo ver que era muy superior a su rival, la tailandesa Siriporn Taweesuk. Joana era la campeona, la que defendía el título del peso mínimo de la IBF, pero no necesitaba defensa. Prefería atacar el cinturón.

La campeona acostumbra a superar a sus rivales por técnica, no tiene un porcentaje demasiado elevado de victorias antes del límite, pero cuando comprobó que a su rival le temblaban las piernas aceleró el ritmo. Taweesuk llegaba avalada por su leyenda, la de la campeona que ganó su primer mundial en prisión, donde cumplía condena de diez años por tráfico de drogas, pero resultó ser un muñeco en manos de Joana, que hubiera querido acabar allí mismo la primera vez que su rival cayó tendida en el cuadrilátero del Polideportivo José Caballero de Alcobendas.

Tuvo que esperar al séptimo para que la tailandesa se desplomara definitivamente. La aspirante quería continuar, pero en su esquina tiraron la toalla antes de que pudiera levantarse. La evidente superioridad de la española hacía innecesario alargar el sufrimiento. Desde la primera caída hasta la definitiva, el combate sólo fue una espera hasta que llegara el momento definitivo. Taweesuk intentaba prolongar la agonía agarrándose a Pastrana, intentando que no hubiera pelea. Se protegía flexionando demasiado las rodillas hasta encogerse, pero el árbitro le llamó la atención. Joana pegaba abajo y arriba, sin que su rival pudiera hacer nada por evitarlo. Acostumbrada a pelear con boxeadoras más pequeñas que ella, a manejar la distancia con comodidad porque sus brazos llegan más lejos, tuvo que entrenar para acostumbrarse a pelear con una rival de su tamaño. El trabajo de preparación funcionó porque en la distancia corta fue tan superior como acostumbra.

«El hombro», le gritaban desde la grada. Taweesuk se había quejado del derecho, que le trataban sus auxiliares entre asalto y asalto. Apurando a veces después del grito de «segundos fuera» para alargar la protección o el descanso. Pero Joana no necesitaba fijarse en los puntos débiles de su rival. Porque débiles eran todos ante la fiereza desatada de la española, que veía cada vez más cerca la posibilidad de unificar el título, su siguiente sueño. De momento se conforma con ser la primera española que consigue dos títulos de campeona del mundo.

Cuando acabó la pelea, lo primero que hizo Pastrana fue preguntar a la aspirante cómo estaba, qué tal su hombro. Pero no era eso lo más preocupante para ella. Lo peor es que el Mundial, como antes, seguía siendo para Joana.