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Histórica Garbiñe Muguruza: primera española que gana el Masters

Se impuso en el partido por el título de las WTA Finals a la estonia Anett Kontaveit por 6-3 y 7-5. Ya es número tres del mundo

Garbiñe Muguruza nació en 1993, el 8 de octubre. El 21 del mes siguiente de ese año, Arantxa Sánchez Vicario disputó la final del Masters, las ahora conocidas como WTA Finals, que perdió contra la gran Steffi Graf. Era la única española que había sido capaz de llegar al partido definitivo de ese torneo. Tanto tiempo ha tenido que pasar para que alguien pudiera repetir, y ha sido Garbiñe, la que apenas era un bebé y estaba en pañales esa primera vez. La jugadora nacida en Caracas, de padre vasco y madre venezolana, criada tenísticamente en Barcelona, no dejó escapar la oportunidad. Se impuso a la mujer más en forma del circuito en los últimos meses, la estonia Anett Kontaveit (6-3 y 7-5), para proclamarse gran Maestra y llevarse el título más importante que existe después de los Grand Slams, el que enfrenta a las ocho mejores de la temporada. Y la mejor de las mejores fue ella. Une este éxito al Roland Garros y al Wimbledon que ya conquistó tiempo atrás. Se aúpa al número tres del mundo. Un final de año perfecto para Muguruza y un futuro esperanzador el que tiene ahora por delante, porque si logra mantener este nivel es una tenista casi imparable.

Pasó unas campañas Garbiñe con demasiados altibajos. En 2015 jugó la final de Wimbledon contra Serena Williams, y cayó. Al curso siguiente disputó la de Roland Garros contra la estadounidense, quizá la jugadora más dominadora de la historia, y consiguió derrotarla. Ya se hablaba de ella como la sucesora. En 2017, conquistó Wimbledon ante Venus, la hermana de Serena. Pero después no encontraba la estabilidad: un paso adelante y dos atrás, derrotas en primeras rondas, alguna lesión... Podía dar la sensación de que parte de ese potencial se estaba perdiendo, con permiso de lo que ya había conseguido, que era mucho, muchísimo. Ya lleva un tiempo más regular, con Conchita Martínez sentada en el banquillo, y el colofón logrado en Guadalajara, México, no hace más que reafirmar su madurez. El torneo es una muestra de lo que ha logrado ser: sufridora en el comienzo, con unos partidos más flojos pero logrando la clasificación de menos a más, y brillante en las rondas finales.

Muguruza tenía como último obstáculo para el título de Maestra a la estonia Kontaveit, una jugadora que desde finales de agosto había vencido de forma consecutiva en Cleveland, Ostrava, Moscú y Cluj, todos en pista dura. La española cortó su gran racha en la fase de grupos de estas WTA Finals, pero era un duelo en el que su rival no se jugaba nada porque ya estaba clasificada. La final era una película diferente, y Garbiñe empezó mostrando sus armas: a por el partido con valentía y tirando duro. Tuvo ya en el primer juego una opción de ruptura que desaprovechó, pero sentía que iba por el buen camino. Kontaveit es una buena sacadora y una jugadora agresiva también, la cuestión era no dejar que lo fuera. Y eso se consigue con pelotas profundas, que tenga que correr, que note el agobio. Y no jugar a los angulitos con ella porque es muy hábil: tirar duro y más bien centrado hasta tener buena posición era la táctica a seguir. Lo que notó Kontaveit al principio eran los nervios, pero es que la tensión era evidente. Combinaba saques directos con doble faltas, gesticulaba, mientras la española trataba de activarse dando saltitos entre punto y punto. Tenía Garbiñe en la mirada la determinación de ir a por el partido, de no dejarse perturbar por los fallos que era inevitable que cometiera al intentar jugar sus golpes tan cerca de las líneas.

La ruptura la consiguió rápido Garbiñe, en el tercer juego, pero después regaló el siguiente con muchos errores en la red para el 2-2. No le molestó. Estaba siendo mejor y voló hasta llevarse ese primer parcial con bastante claridad.

Las curvas estaban por llegar. Primero con un tropezón que hizo que Muguruza estuviera pensando un rato en su tobillo. Se le pasó. Después, porque tenía a la presa ya contra las cuerdas, pero no la lograba rematar. Por momentos, la pupila de Conchita Martínez lo bordaba: pim a un lado pam al otro sin contemplaciones, pero Kontaveit se resistía a hincar la rodilla. Salvó una pelota de break jugándose un segundo saque a la desesperada. Iba al límite, pero aguantaba. Su resistencia hizo que Garbiñe se precipitara un poco. Se le marcharon un par de pelotas fuera y cedió la ruptura. Parecía increíble que estuviera por debajo en ese segundo set, pero así era. Lo que en otro momento de su carrera podría habérsele hecho un mundo a la española, esta vez se convirtió en una circunstancia más a la que hacer frente. No era momento de hundirse. Pasó Muguruza durante varios juegos a cuidar un poco más la pelota, a ser sólida y que la situación le quemara a su oponente. Y lo hizo en el momento cumbre. Cuando la estonia servía para ponerse 1-1 en sets, no lo manejó bien: una pelota larga, un intercambio que pierde y una derecha paralela maravillosa de Garbiñe para poner el 5-5. El golpe moral fue definitivo. El partido ya era suyo.

Cuando lo ganó con la última pelota a la red de su rival, Muguruza tiró la raqueta al suelo y después se fue ella detrás. Las lágrimas amenazaron con aparecer cuando se llevaba las manos a la cabeza y la movía en plan: “No me lo creo”. Pero era muy cierto. Lo había conseguido. Kontaveit la felicitó. Después, se fue corriendo a darse un abrazo con su equipo.