España, en vilo por Latinoamérica

Las revueltas se suceden en un continente con una elevada tasa de empleo irregular y que ha exprerimentado una caída brusca del precio de las materias primas

IVAN ALVARADOREUTERS

La cordillera andina, nevada, observa desde lo alto a las palmeras tropicales de la Plaza de Armas. Son los contrastes que ofrece Santiago de Chile, una de las ciudades más modernas de Latinoamérica. Y a la vez de las más tradicionales, pues allí salen a la luz las brechas que recorren el continente de norte a sur. El río Mapocho cruza la urbe y la parte en dos mitades. Por un lado, la pobre, con viviendas y trabajos muy precarios. Por otro, la de Sanhattan, el distrito financiero que dibuja un skyline de extrema riqueza, rodeado por edificios residenciales de varios pisos en los que se ha instalado la clase media formada en el país durante los años 90 y la primera década del XXI.

Esta clase media, mayoritaria, permanecía acomodada y silenciosa. Pero cuando ha visto amenazado su estatus por el encarecimiento de la vida, ha reaccionado y ha emprendido una revuleta multitudinaria que deja en una niñez las barricadas de Barcelona. «El modelo chileno se ha basado en la privatización de los servicios públicos. Y ahora hay una aspiración de la sociedad a discutir eso, y quieren plasmarlo en una nueva constitución», explica el Doctor de Economía por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, Alfredo Arahuetes.

En definitiva, el Estado ha cedido los servicios a unas empresas que han subido los precios hasta pasarse de la raya, y los chilenos quieren dar marcha atrás. El problema es que el país es bastante pequeño (no en términos geográficos, sino de capacidades), por lo que es difícil que pueda asumir esta regresión hacia un sistema más público. Mientras, los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y la población continúan en las calles de Santiago.

PÉSIMO PANORAMA

El de Chile es solo un ejemplo para contextualizar la hoguera en la que se ha convertido Latinoamérica. Bolivia se ha roto en dos extremos y hay amenaza de Guerra Civil. Nicaragua está en plena crisis política. En Colombia, la población está muy descontenta con los cambios en materia económica que propone Duque y el incremento de la violencia tras su nombramiento, por lo que se convocó una huelga general, y no se descartan más próximamente. En Ecuador, las protestas de los indígenas han obligado a Lenin Moreno a dar marcha atrás con las reformas económicas que le exigía el FMI. Argentina se encuentra en una crisis financiera cuya salida depende de una fórmula mágica. En Brasil, la salida del expresidente Lula de la cárcel ha polarizado de nuevo a una sociedad, y los inversores extranjeros no confían en el actual mandatario, Bolsonaro, a cuyas políticas se culpan de que el Amazonas arda más este año que en toda la pasada década. En México, López Obrador, que ha paralizado proyectos relevantes como el del Nueva Aeropuerto Internacional de Ciudad de México, no termina de convencer a la comunidad internacional ni de dar soluciones a los problemas que atraviesa el país. Y qué decir de Venezuela que no sepamos.

A este hervidero, le da la puntilla un dato. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la economía del continente solo crecerá un 0,1% en 2019, un 0,9% si se excluyera Venezuela. En cualquier caso, resulta insuficiente para una región en vías de desarrollo, con demasiado potencial por explotar. Hay un factor externo muy relevante para comprender este escaso incremento. «La guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China ha afectado mucho. Ha cambiado las expectativas a la baja, provocando un cambio de ciclo», comenta Arahuetes. Y esto a pesar de que Latinoamérica se encuentra protegida por las políticas monetarias, añade.

MATERIAS PRIMAS

También existen factores internos que explican este descenso del crecimiento. Durante la primera década del siglo XXI, Latinoamérica se encontraba inmerso en un superciclo de materias primas, cuyos precios eran elevados y, por lo tanto, los ingresos eran altos. Pero este fenómeno se acabó en 2013, y ha supuesto un duro golpe para economías como la chilena, que hasta ese año crecía por encima del 4%, cifra límite para que la población perciba que las cosas se están haciendo bien, apunta Arahuetes.

Solo un país se ha salvado del batacazo de las materias primas, Perú. Y sus datos de crecimiento para 2019 (por encima del 3%) son los únicos asegurados porque en otras naciones con comportamiento positivo, Chile, Bolivia y Colombia, habrá que revisarlo a la baja tras los acontecimientos de estos últimos meses. Perú se ha convertido en una especie de oasis al que solo agita levemente la corrupción (nada que no ocurra en cualquier otro país del planeta). Hay calma, estabilidad y la economía mantiene un buen rumbo. Sobre todo, apoyada por el partido que le están sacando al petróleo, gracias a que Venezuela ha dejado de ser el rey de esta materia prima en la región y, entonces, la demanda extranjera ha acudido a los estados vecinos.

INFORMALIDAD

Esta situación no basta para que Perú cierre sus heridas más profundas, como la tasa de empleo informal, que es del 64%. En general, ésta es una lacra que se extiende por Latinoamérica, alcanzado su topa en el 80% de Bolivia y su mínimo en el 30,7% de Costa Rica. Lógicamente, los trabajadores de este tipo están mal remunerados y no cuentan con ninguna cobertura laboral, frente a los que sí están regulados.

Es decir, la elevada informalidad del empleo es una causa palpable de la desigualdad que siente la gente, pues divide a la población entre la que pertenece al sistema y posee cierto poder adquisitivo para consumir, y los «outsiders». Y no parece que ningún esfuerzo por reducir los trabajos irregulares tenga un impacto certero, pues se trata de un problema enquistado. «Son sociedades donde es muy difícil crear actividades con capacidad para formalizarse. Algo falla en un país donde la gente que quiera tener algo como un negocio no pueda regularizarlo», manifiesta Arahuetes.

ESPAÑA

Estos errores del sistema latinoamericano no han impedido que España mantenga una estrecha relación económica con el continente. Ésta se ha debilitado en 2019 por culpa de las incertidumbres que azotan la región. Los datos de las inversiones procedentes de nuestro país han decaído en la inmensa mayoría de los estados, según registra el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo.

A Bolivia llegaron 510 millones el año pasado, y el primer semestre de 2019 no ha recibido nada. Igual que Nicaragua, que viene de obtener 17 millones. En Argentina, teniendo en cuenta la proyección, se prevé que la inversión se reduzca un tercio, en Brasil un 65%, en Chile un 75% y en Uruguay un 86%. En Venezuela se desploman cada vez más. En Ecuador sumaban casi 7.500 millones el anterior 31 de diciembre, y el próximo sería una buena noticia que alcanzase el millón. Y México, habitualmente «el Dorado» de las inversiones, ha pasado de los 5.300 millones en los 12 meses de 2018 a los 73 millones en los seis primeros de este ejercicio, registrando una proyección impactante por lo negativa. Colombia y Perú iluminan un poco el panorama.

Por otra parte, las empresas españolas con negocios en Latinoamérica están reaccionando a las tensiones. Fuentes de una multinacional con actividad allí admiten que siguen «muy de cerca la situación. Se hacen análisis muy exhaustivos. Y, de momento, estamos trabajando con normalidad porque llevamos a cabo nuestra labor en zonas poco pobladas, lejos de los disturbios».

No obstante, el investigador de Economía del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá (UAH), Daniel Sotelsek, asegura que no se pueden relajar porque algo como lo que vivimos no ha ocurrido nunca: «Para las compañías es difícil evaluar los riesgos ante esta situación porque no están acostumbradas a esto. Antes había protestas por los salarios y cosas concretas. Esto es nuevo, la gente percibe la desigualdad y la falta de calidad democrática, incluso en Chile, donde lo que está ocurriendo a muchos les ha cogido por sorpresa. Y otra cosa, hasta ahora, en Latinoamérica las protestas las organizaban los sindicatos, pero esta vez no ha sido así».

Para Sotelsek, los sectores que más sufrirán las tensiones serán los vinculados a los recursos naturales, como la minería o los hidrocarburos. Y el financiero, que puede ver reducida su rentabilidad porque los tipos de cambio les perjudiquen. Así, dice Sotelsek, «las empresas están reevaluando».

Y es que para las compañías españolas, Latinoamérica es una parte importante de su negocio. «España y sus empresas son una potencia en la región, especialmente en algunos sectores como las infraestructuras, la energía y las telecomunicaciones, que hace que gocemos de un liderazgo que posibilita una mayor colaboración y el incremento del desarrollo de la región», cuenta el director general de Cámara Iberoamericana de España, Antonio Cuenca. Banco Santander genera un 46% de sus beneficios en el continente, Telefónica un 42,8% y Repsol un 13%.

Diversificación

También es cierto que este tipo de empresas ha diversificado mucho su negocio durante los últimos años. «Contamos con activos en 35 países, por lo que estamos acostumbrados todo tipo de circunstancias y situaciones», explican desde la multinacional. Por lo tanto, no son tan vulnerables a lo que ocurra en una región del mundo en concreto. De hecho, también han diversificado en la propia Latinoamérica, así que cuando en un país las cosas van peor, en otro irán a mejor, y se va compensando. Por ejemplo, en esta multinacional, «en Venezuela ahora no estamos en nuestro peor momento, ni mucho menos», equilibrándose con el posible empeoramiento de otros estados.

Como Bolivia, uno de los más prometedores de todo el continente por la evolución tan favorable que ha venido registrando, pero que ahora se enfrenta a un reto democrático después de que las últimas elecciones hayan sido adulteradas y que ahora tengan una presidenta que no ha sido elegida en las urnas. Cuenca sostiene que este país «ha superado grandes retos en los últimos años, ha experimentado un crecimiento y un incremento de la prosperidad notable, y es, sin lugar a dudas, en opinión de esta Cámara, uno de los países de la región con mayores oportunidades para la inversión y los negocios». Por ese motivo, añade, «existe un deseo por parte de la comunidad empresarial porque se recupere la normalidad política cuanto antes y desaparezca cualquier clima de desorden».

De momento, según Cuenca, las empresas españolas no han mostrado interés por abandonar el país. Pero claro, todo dependerá de la evolución del conflicto, que para muchos promete enquistarse. Para Sotelsek, las tensiones que están sucediendo «van para largo porque han tenido mucho éxito y puede que se sumen grupos que reivindiquen otras cosas. Y es posible que se produzca un efecto dominó. La duda son Brasil y Argentina, donde si el nuevo presidente Alberto Fernández no logra mejorar la economía de la gente en unos tres meses, quizá también tengamos fuertes protestas».

Las tensiones, lógicamente, han provocado que las exportaciones procedentes del extranjero se resientan, que muchos proyectos se paralicen, y que se esté retrasando el inicio de otros que estaban pendientes. «¿Quién puede llevar a cabo ahora proyectos con tranquilidad?», se pregunta Daniel Sotelsek, «pasar una carretera por una población indígena antes era sencillo porque hablabas con el cacique, le decías que le ibas a dar ventajas a su pueblo y ya está. Ahora hacen todo lo posible por impedirlo».

Eso sí, todas estas crisis pueden acabar en algo positivo para el continente. «A medio y largo plazo puede desembocar en modernización y una mejor organización social», prevé Sotelsek. Por lo tanto, se asemejaría más al clima europeo, y las empresas de nuestro país empezarían a trabajar en un ambiente que les es más familiar.

Las buenas intenciones, tanto por la parte latinoamericana como por la española, están sobre la mesa. Según Cuenca, «percibimos un interés por parte de los agentes públicos de incrementar el clima de seguridad jurídica. Cada uno de los países de la región tiene su carácter y situación diferenciada, pero todas las instituciones tienen en común un deseo por incrementar los lazos con nosotros, posibilitar el desarrollo, facilitar la transferencia tecnológica e incentivar las relaciones entre las empresas a las que representamos y sus propias instituciones y compañías».