Coronavirus

Afectados por ERTE: “Nos da miedo que al volver nos mantengan durante un tiempo y luego nos echen”

Sin saber cuándo van a cobrar el paro y si van a poder cubrir sus gastos. Cuatro trabajadores cuentan cómo les ha afectado el coronavirus y las medidas adoptadas por el Gobierno

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“Creíamos que la situación no nos iba a afectar al ser un servicio técnico, pero cuando vimos que la actividad estaba totalmente paralizada comenzó el nerviosismo”, cuenta Pedro desde el salón de su casa. Tras más de 28 años años levantándose a las seis de la mañana y volviendo a casa a las ocho de la tarde, ahora le toca pasar una larga temporada encerrado consigo mismo y sus preocupaciones. La plantilla de su empresa ha mermado un 90%, “incluso nuestros gerentes se incluyeron en el ERTE para proteger a la compañía”, señala. Reparar los equipos de muchos de sus clientes se volvió cada vez más complicado y “comenzaron los rumores de ERTE”. “Finalmente, se formalizó en una reunión”, declara este afectado. Desde entonces, hace más de dos semana, él y otros muchos compañeros están consumiendo sus vacaciones para mantener sus ingresos hasta que reciban el paro. Pese a la confianza que deposita en la empresa tras haber pasado con ellos más de media vida, el temor a un posible despido es inevitable. “Nos da miedo que al volver nos mantengan durante un tiempo y luego nos echen”, señala. Precisamente la antigüedad es el principal factor de riesgo: “Le costamos el doble a la empresa que un recién llegado”. La economía sumergida es otro de los factores que se repiten entre los afectados. Al cobrar una parte de su sueldo “en negro”, la base de cotización para acceder al paro es menor que la que realmente le corresponde. “Llevamos mucho tiempo pidiendo al comité que regularice la situación y ahora es cuando lo vamos a notar”, denuncia. Sin poder prever esta situación, él y su familia se embarcaron en un préstamo por cuestiones de salud y ahora no pueden eludir el pago. “Me voy a quedar con 400 euros para pasar el mes. No me queda otra que recurrir a mis ahorros”, cuenta con un tono de preocupación. Este sentimiento le invade aún más cuando piensa en algunos de sus compañeros: “Cada casa es un mundo y otros trabajadores lo van a pasar aún peor que yo”.

“Lo mejor para la salud del barrio era parar”, cuenta Jaime, un repartidor afectado por ERTE. Y así ocurrió. Los bares y restaurantes madrileños bajaron sus persianas y no podrán colocar sus terrazas, en principio, hasta mediados o finales de abril. En su restaurante mandaron al 80% de la plantilla a casa. “Ahora mismo seguimos con contrato, pero estamos en casa sin trabajar. Hasta que no se haga efectivo el ERTE no cobraremos nada”, cuenta Jaime, cuya prestación contributiva no superará los 300 euros. De nuevo, la picaresca de las empresas le juega una mala pasada a sus trabajadores: “El problema es que hacemos más horas de las que pone en nuestro contrato, por lo que nuestro paro se quedará muy por debajo de lo que deberíamos cobrar”. El elevado precio de los alquileres madrileños era uno de sus principales obstáculos para poder independizarse, pero su situación laboral parecía que iba a mejorar a largo plazo. No obstante, sus planes de dejar la casa de sus padres a final de año “se han paralizado por completo”. La incertidumbre del presente se traslada al futuro. “No sabemos cómo va a afectar a la clientela cuando se reabra la tienda”. La diferencia entre las horas de su contrato y las realmente trabajadas puede volver a ponerse de nuevo en su contra. “El miedo general es que el volumen de negocio tarde en recuperarse y nos reduzcan las horas de trabajo a las que aparecen en nuestro contrato. Nos quedaríamos sin ese extra y cobraríamos poco”, dice Jaime. De darse este escenario, él y sus compañeros podrían pasar varios meses bajo mínimos.

Los bajos sueldos en el sector de la restauración se han convertido en el principal enemigo de camareros, cocineros y repartidores. En Murcia, Chechu, un jefe de cocina afectado por ERTE, denuncia que los efectos del Covid-19 se han visto aún más agravados por la precariedad del sector. La hostelería murciana se preparaba para una huelga en plenas vacaciones de primavera. “El convenio sectorial lleva casi once años sin renovarse por la falta de acuerdo entre sindicatos y empresarios. Está tan anticuado que mucho de los sueldos solo han podido actualizarse por la subida del SMI”, cuenta. Partiendo de una base de cotización reducida, “muchos de mis compañeros tendrán que sobrevivir casi con un subsidio”, denuncia Chechu. La situación se ve aún más agravada teniendo en cuenta que una buena parte de ellos “acabarán en la calle”: “La mayoría tienen contratos muy cortos y simplemente no les han renovado”. En comparación, él se siente afortunado, aunque no podrá ahorrar, al menos podrá pagar sus gastos básicos. Su preocupación también se extiende a la empresa para la que trabaja. Debido a su puesto mantiene una relación cercana con los jefes y sabe que para el negocio “va a ser un daño gordo”. El restaurante se encontraba además “en pleno proceso de expansión”, lo que complica aún más las cosas. “Mi mayor miedo es que no puedan pagar de nuevo todos los sueldos, y no solo mis compañeros no puedan volver a trabajar a corto plazo, sino que todo el volumen de trabajo recaiga sobre los hombros de unos pocos”, concluye.

Mercedes es fotógrafa “freelance” y pluriempleada. Los dos trabajos que le permitían terminar el mes con unas cuentas saneadas se han visto afectados por el cese de actividad. El primero de ellos, el de fotógrafa, está perjudicado especialmente por la cancelación de eventos: “Tenía bodas para verano y las han tenido que posponer”. Otros de sus compañeros de profesión ya tenían la agenda llena para lo que queda de año y no podrán cuadrar fechas: “Perderán lo encargos de primavera y verano”, lamenta Mercedes. No obstante, buena parte de sus ingresos procedía de su trabajo a media jornada en una tienda de artículos de segunda mano. El encierro ha difuminado la línea que separa la semana y los días festivos. “El Día del Padre hicieron una reunión por Skype y nos dijeron que se iba a aprobar el ERTE”, añade. Pese a combinar varios trabajos para llega a fin mes, Mercedes tendrá que “hacer malabares” con el dinero durante un periodo de tiempo que aún desconoce. “Mis ingresos dependían en mayor medida del trabajo en la tienda. Al ser a media jornada, y con los encargos como fotógrafa parados, mi paro se quedará en unos 560 euros”, cuenta Mercedes. Aunque le consuela el hecho de poder compartir gastos con su pareja, al igual que a Chechu, la situación de sus compañeros también le inquieta. “Tengo una compañera que es viuda, madre y justo hace seis meses se compró una casa y un coche para desplazarse hasta el trabajo. Por entonces ya iba un poco ahogada, pero esta situación le va a crujir aún más. Es una lástima.”, explica. Como Pedro, Jaime, Chechu y Mercedes, miles de trabajadores españoles lidian desde casa con el desolador panorama económico que ha dejado el coronavirus.