Nadia Calviño pierde la votación final y no presidirá el Eurogrupo

El ministro de Finanzas de Irlanda, Paschal Donohoe, se ha impuesto en segunda votación. La pinza entre conservadores y liberales acaba con las esperanzas españolas a pesar de que contaba con el apoyo de pesos pesados tan importantes como Alemania, Francia e Italia

Los enemigos a veces pesan más que los amigos. La pinza entre populares y liberales ha imposibilitado que la española Nadia Calviño se convierta en la primera mujer presidenta del Eurogrupo y ha otorgado la victoria final al irlandés conservador Paschal Donohoe. Aunque desde hace semanas Calviño partía como la clara favorita, una rebelión de los países pequeños partidarios de la ortodoxia fiscal ha hecho que la balanza se incline a favor del candidato de Dublín, a pesar de que Calviño contaba con el apoyo de pesos pesados tan importantes como Alemania, Francia e Italia.

La proclamación del ganador se ha realizado tras una votación secreta a través de una aplicación web, ya que la cita no ha sido presencial debido al coronavirus. A pesar de estas particulares circunstancias, fuentes diplomáticas confirman el secretismo del proceso ya que tan sólo un par de funcionarios han conocido quien a votado a quien. En anteriores ocasiones, el voto era depositado en una urna. El vencedor ha sido proclamado por mutuo acuerdo con el objetivo de respetar al máximo el espíritu de consenso que debe reinar en este tipo de elecciones

Para suceder al portugués Mario Centeno ha sido necesario obtener 10 de los 19 votos de los miembros de la zona euro y ninguno de los tres candidatos lo ha conseguido en la primera votación. Tras esta primera ronda, se ha comunicado a los tres aspirantes el orden en el que han quedado, aunque no los datos desglosados de los contrincantes. Después un receso de unos veinte minutos y de arduas deliberaciones entre las capitales, el liberal Pierre Gramegna ha decidido retirarse de la carrera para dejar vía libre a un duelo final entre Calviño y Donohoe. La pinza entre conservadores y liberales se ha mostrado fructífera.

La delegación española había extremado las negociaciones en los últimos días, consciente de que cada voto cuenta. Calviño se había ganado algunos correosos enemigos, ansiosos por torpedear su candidatura. Irlanda poseía importantes varias importantes bazas a su favor: su negativa rotunda a impuestos europeos como la tasa Google o la armonización del impuesto de sociedades le sitúa en la lista de los sospechosos habituales junto al grupo de los halcones del Norte partidarios a partes iguales de la ortodoxia presupuestaria y de la laxitud fiscal. En otro lado, Irlanda pertenece al grupo de los países rescatados durante la pasada década y con ingentes volúmenes de deuda, lo que hace al país partidario de mecanismos de solidaridad europeos. Por eso, aunque Hogan aparece como un claro candidato de los países del Norte, puede travestirse como una candidatura de consenso, o al menos, un mal menor, para los dos bandos. Ese consenso le ha proclamado en vencedor en la segunda ronda

Esta elección llega en un momento en el que vuelve la importancia de la reuniones del Eurogrupo después de unos años en los que los pocos avances en la reforma de la zona euro habían situado este foro en un segundo plano. Pero el coronavirus y la consiguiente debacle económica lo han cambiado todo, aunque la presidencia del Eurogrupo tan sólo tiene en su poder dirigir la batuta de las deliberaciones y facilitar consensos. Por eso, el factor de relevo natural que representaba Calviño, como sustituta de Mario Centeno, al pertenecer a un gobierno socialista y un país del sur se ha disipado paulatinamente.

La vicepresidenta tenía otro lado del ring a los países del Norte que veían con suspicacia a una española partidaria de prácticamente todas las iniciativas que ellos aborrecen: desde la tasa para los gigantes digitales, hasta un seguro de desempleo común para la zona euro. Además, España será uno de los países más beneficiados por el plan de Reconstrucción europeo y los enemigos de Calviño quieren que los planes de reformas a cambio de dinero europeo estén controlados por las capitales y no por el ejecutivo comunitario, tal y como ha planteado la propia Comisión Europea. Hoy han ganado la primera batalla.