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Tomás Laso-Argos: "Nunca hemos regalado nada a nadie para que nos haga publicidad"

«Absolute Bespoke» se ha convertido en ocho años en la sastrería de lujo que viste a los hombres más poderosos del mundo.

Tomás Laso-Argos: "Nunca hemos regalado nada a nadie para que nos haga publicidad"
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«Absolute Bespoke» se ha convertido en ocho años en la sastrería de lujo que viste a los hombres más poderosos del mundo.

Tomás Laso-Argos siempre fue un buscador de ideas de negocio. Empezó dando clases de pádel con 14 años, luego trabajó llevando discotecas y de chófer en el Tenis Máster de Madrid. Más tarde montó primero una marca de artículos de pádel, con raquetas y camisetas personalizadas, y después dos franquicias de una marca de ropa. Y fue entonces cuando vio la luz. Con lo que le gustaba a él vestir bien, lo que sabía que se apreciaban las prendas distintas y de calidad, y sus contactos, lo suyo era crear el más exclusivo negocio de sastrería. Y lo hizo. Se llama Absolute Bespoke y «es un servicio de ropa a medida sin tienda física y con un servicio muy personal», explica Laso. En poco más de 8 años, se ha convertido en la marca española que viste a los hombres más poderosos del mundo.

–Y si no hay tienda física ¿dónde se recibe a los clientes para tomarles medidas?

–Los recibo directamente en mi casa. Y ahora, desde hace cinco años, estamos también mucho fuera de España, en EEUU, en Nueva York y Miami, en Londres, en Bangkok, en Dubái... en muchos sitios. Y lo que hacemos cuando viajamos fuera es lo mismo: que el cliente sienta la misma experiencia que cuando viene aquí a mi casa. Los recibimos en un hotel, cogemos una habitación grande, con una sala grande y es la misma idea que tenemos aquí: todo lo hacemos a medida. Además, tenemos un servicio de consultoría para la gente que quiere que le ayudemos a vestirse y llegamos a decorar armarios enteros. Es decir, hacemos un poco todo, el 360 grados, alrededor de la ropa de hombre.

–Bien, no hay nada hecho y los clientes tienen que ir a su casa o a un hotel en alguna parte del mundo, pero, ¿cómo le localizan? ¡Se dice que ustedes no cuentan dónde están! ¿Hay alguna contraseña?

–¡Dicen cada cosa! Lo que pasa es que no pongo la dirección en ningún lado, eso es cierto.

–¿Y cómo se contacta con usted entonces?

–Nosotros tenemos mucha gente que se ha vestido ya con nosotros o que accede a través de la página web o Instagram, que ahora es una herramienta muy fuerte nuestra. Hay un email de contacto y por supuesto un teléfono. Y entonces les llamamos directamente, y les explicamos lo que hacemos, porque incluso hay gente que nos contacta que no lo sabe bien. Ese es uno de los fallos que tenemos que corregir, para que sepan, desde el principio, que es todo a medida y que tiene unos tiempos. En fin, les contactamos, les explicamos cómo trabajamos y les ponemos cita. Y ahí vienen a casa, como si estuvieran en la suya. Esa es la idea.

–¿Se paga una fortuna por tanta exclusividad?

–Somos caros según el producto que busques. Evidentemente no son trajes del día a día, para todo el mundo. Es algo muy especial. Ropa de capricho. Me encantaría hacer ropa para todo el mundo día a día, pero... No sé si es caro, depende de lo que busques.

–Los que les buscan parece que se lo pueden permitir. Tienen entre sus clientes a deportistas de élite, grandes empresarios, personalidades...

–Tenemos desde gente completamente anónima a personalidades como, qué sé yo, Salah, por ejemplo, el jugador del Liverpool, y otros deportistas. Nunca etiquetamos ni ponemos a quién vestimos salvo que ellos lo pongan. Queremos que entiendan que no pretendemos convertirlos en nuestro escaparate, sino que se sientan como en casa. Aquí, quien viene a vestirse, se desnuda desde el minuto uno, literalmente. Es para vestirse con la ropa, claro, pero creas una relación con ellos que va más allá del propio traje. Al final creo que conseguimos esa confianza mutua. No hacemos publicidad con ellos y nunca hemos regalado nada a nadie para que nos haga publicidad de nuestra ropa. Creo que perderíamos valor.

–Lo que me llama más la atención es que usted no es sastre. Ni lo era nadie de su familia. Su único contacto con la ropa era su devoción por las indumentarias del Hollywood de los años 40-50, ¿no?

–Me encantaba como vestían en Hollywood y como vestía mi abuelo, solo eso, sí. Siempre digo que no soy sastre, ya me gustaría. Pero me encanta el mundo de la sastrería y tengo trabajando conmigo a los mejores que entienden el concepto de traje que yo quiero. Yo no sé coser un traje, pero sí he aprendido con el tiempo ese diseño o cómo aplicar a cada uno de los clientes un patrón determinado que le ayude y le estilice. Nuestra ropa es muy identificable y la mayoría de nuestros clientes vienen porque les gusta lo que ven y saben que no encuentran en una tienda normal, pero aquí el que viene diseña el traje que quiere. Y eso les gusta. Intentamos que el servicio les guste aún más.

–¿Cómo empezó todo?

–Después de montar dos franquicias de una marca de ropa entendí cómo funcionaba el negocio del textil y me di cuenta de que si quieres levantar una empresa con cero recursos, como los bancos no ayudan mucho, lo importante es no tener stock y hacer una inversión mínima. Y para mí el negocio de la sastrería lo unía todo: la ropa, que me encanta, cosas personalizadas, desde cero y sin stock, y la posibilidad de hacerlo sin invertir en una tienda. Empecé yendo a las casas con un sastre. La parte técnica la hacía él, la divertida de las relaciones públicas, los colores y las combinaciones, yo. Y hasta ahora, solo que hoy ya en mi casa.

–¿Los hombres tienen ya tantas opciones para vestirse como las mujeres?

–No, en absoluto. El hombre no tiene todo el abanico que tiene la mujer. Tanto de tiendas, como de colores. Pero sí hay distintos tejidos y formas que pueden adaptarse a lo que quiere cada uno. Aquí se los ofrecemos todos y de una manera muy personal. Los que vienen suelen repetir y si no estuvieran contentos no repetirían, ¿no?