Editoriales

Los errores de un Gobierno débil

España supera a China en número de muertos por coronavirus. Ya son 3.434 (datos del martes, a la espera de los de ayer), con 738 en un solo día. La pregunta es inevitable. ¿Cómo es posible que sabiendo que la epidemia que nació en Wuhan podía expandirse, como advirtieron la OMS y las autoridades chinas, no se pusieron las medidas de protección adecuadas? En primer lugar, porque se minusvaloró el riesgo: de aquel optimismo expresado por el portavoz de Sanidad, Fernando Simón, que veía difícil que en España se produjera algún contagio, hemos pasado a una situación descontrolada, con los servicios sanitarios al límite, sin protección adecuada, con falta de material y respondiendo al día a día con voluntad y entrega. «En España ni hay virus ni se está transmitiendo la enfermedad», dijo el 23 de febrero tras la aparición de dos casos en La Gomera refiriéndose a que ninguno de ellos era autóctono.

Tres días después, aparecía el primer caso autóctono y para entonces algunas voces médicas autorizadas confirmaron que el virus llevaba varios días circulando por España. El 3 de marzo, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, recomendó muy tibiamente que no se celebraran acontecimientos deportivos. Sin embargo, ayer, admitió por primera vez que la clave de la expansión del Covid-19 estuvo precisamente en la última semana de febrero, y aun sabiendo que estábamos plenamente en medio de la epidemia, se siguieron permitiendo actos públicos de masas, como las manifestaciones del 8-M o el mitin de Vox. Pero es que todavía el día 10 se permitían actos que no sobrepasaran las mil personas donde ya se consideraban «zonas de alta transmisión», según expresión de Sanidad, como Madrid, Vitoria, Labastida y La Rioja. Sólo Madrid había anunciado el cierre de la actividad docente a partir del día 11, pero ahora sabemos que en una carta que el Gobierno ha dirigido a la OTAN pidiendo ayuda ante la imposibilidad de acceder a un suministro masivo de material sanitario admite que el inicio de la pandemia era el pasado 9 de marzo, cuando ya habían 12.000 contagiados y 30 fallecidos. Es más, el ministro Illa ha llegado a decir que los casos detectado el día 8 se habían producido ocho o diez días antes, ignorando o despreciando que ni la sintomatología tras el contagio es instantánea y que el virus se incuba varios días antes de mostrarse. Como se puedo ver ayer en el Congreso, el Gobierno está desnortado en el peor momento. Por una lado, no se comprendió la gravedad de la situación, lo que impidió una intervención inmediata bajo un diagnóstico más preciso, lo que hubiera permitido aplicar medidas de aislamiento y la dotación de medios adecuada, incluida las compras por las que ahora peleamos.

España ha llegado tarde y la prueba es que ha tenido que recurrir a una organización militar internacional como la OTAN. Pero, por otro lado, hay un problema político de fondo: la debilidad del actual Gobierno, con gran parte de sus ministerios sin capacidad operativa –eran cuotas que le correspondía al socio principal, Unidas Podemos–, sin atribuciones concretas, sin saber cuál es su papel en la crisis y sin ni siquiera tener la confianza del Presidente. Basta ver que entre los ministros que gestionan la crisis no están los de Pablo Iglesias, exigiendo patéticamente comparecencias públicas en vez de seguir la cuarentena prescrita. Miles de sanitarios están trabajando al límite de sus posibilidades, con serios riesgos de contagio –con 5.400 casos de infección, 1.490 en un sólo día, lo que da muestras de la progresión– y sin disponer de las medidas adecuadas para sobrellevar esta crisis. El Gobierno cuenta con la lealtad de la oposición y una ciudadanía consciente de la gravedad de la situación, pero que nadie excluya que, de cometerse nuevos errores como los descritos, habrá sería responsabilidades políticas y jurídicas.