Noruega puede pasar página

Un año después de sufrir su mayor tragedia desde la invasión nazi, Noruega puede pasar página de los atentados de Oslo y Utoya, que sesgaron la vida de 77 personas. Todas ellas víctimas inocentes de la sinrazón de Anders Behring Breivik, un iluminado fanático ultraderechista que pretendía con su salvaje acción "salvar"a los noruegos del multiculturalismo y el marxismo cultural.

Trece meses después de aquel 22-J, el país nórdico ha hecho retrospección y autocrítica de lo sucedido y juzgado al autor confeso de la matanza. La sentencia a Breivik, conocida el pasado viernes 25 de agostó, logró satisfacer a todos las partes, lo cual no es tarea fácil. Para las víctimas y los supervivientes, el fanático cristiano recibe un merecido castigo a una acción que planificó escrupulosamente y consciente de sus actos. Para ellos, como para el 70% de la opinión pública noruega, no era factible que el acusado fuera declarado demente y, por tanto no responsable penalmente, como pedía la Fiscalía. Y es que, como el propio Breivik dijo en el juicio, los psiquiatras no entienden la psique de un terrorista. Sin haber aún cicatrizado sus heridas, los familiares de las víctimas querían evitar a toda costa que cada tres años se reabriera el caso con el correspondiente examen psicológico del autor confeso de los atentados. Un asesino frío que lamenta no haber matado a más gente.

Incluso para el propio acusado el hecho de ir a la cárcel, aunque sea de por vida, supone una victoria, pues se sale con la suya. "Prefiero la muerte antes que ir a un psiquiátrico", llegó a decir en el proceso judicial. El tribunal le impone una custodia de 21 años (la máxima pena en el Código Penal noruego), prorrogable indefinidamente si el condenado sique representando una amenaza para la sociedad. Y en el caso de Breivik parece poco realista pensar en una reinserción del preso, que pretende estudiar ciencias políticas y escribir su autobiografía entre rejas. Tiempo no le faltará.

Políticamente, ha terminado el periodo de gracia dado al primer ministro, el socialdemócrata Jens Stoltenberg, tras la matanza de Oslo y Utozya, cuando supo dirigir a su pueblo enarbolando los valores de apertura y tolerancia que han hecho a Noruega el país que es hoy. Los errores cometidos por las Fuerzas de Seguridad antes, durante y después de los atentados han dejado en muy mal lugar a la Policía noruega, que se vio desbordada por el terror desatado por un solo hombre. Un hombre que pudo escapar del centro de Oslo impunemente pese a haber sido reconocido por varios testigos.

Justo cuando el Partido Socialdemócrata cumple 125 años, Stoltenberg debe conducir el Gobierno hasta las elecciones de dentro de un año, cuando la deficiente situación de la sanidad o la mejora de las infraestructuras sean los temas dominantes de campaña. Los errores de seguridad que él ha asumido personalmente le han valido las peticiones de dimisión de parte de la Prensa noruega. Tras siete años de gobiernos de centro izquierda, los conservadores encabezan las encuestas frente a unos socialdemócratas estancados en el 30% de votos y unos aliados (Partido Socialista de Izquierdas y Partido del Centro) que caen en intención de voto. Al primer ministro, de cualquier forma, le queda la baza de la buena situación económica de Noruega, que ha logrado mantenerse al margen de las turbulencias económicas y financieras internacionales gracias a su potente sector petrólero. De volver a imponerse en las urnas, Stoltenberg sería el primer jefe de Gobierno en ser dos veces reelegido en la historia noruega.

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