El PP agrava el debate de su relación con Ciudadanos

Génova carga con el fracaso de su estrategia vasca. El triunfo de Feijóo beneficia a Casado, que deja en el aire el futuro del acuerdo PP-Cs en Cataluña

La cuarta mayoría absoluta que consiguió anoche Alberto Núñez Feijóo es la victoria del presidente gallego contra la Covid-19 y la victoria del ala moderada del PP frente a los discursos que compiten con Vox en la línea dura estratégica.

Feijóo hizo la campaña a su medida, con su gestión como referente por encima de las siglas de su partido y atendiendo a un contexto político en el que, como ocurre en otras comunidades autónomas, los discursos de Madrid llegan como ruido distorsionado. La suya es una posición constitucionalista, y profundamente autonomista. Pero la victoria de Feijóo, aunque no cuente como un éxito de Pablo Casado en las crónicas políticas, en el fondo es también un revulsivo para el líder del PP.

Casado necesitaba mantener el bastión de la Xunta en su pulso personal al frente de la oposición nacional y conseguirlo tiene mucho más recorrido que las crónicas políticas sobre los equilibrios entre las dos almas del PP. Feijóo sale reforzado y sigue siendo el tutor del único Gobierno autonómico con mayoría absoluta, pero su derrota también habría caído directamente sobre la espalda de Casado. Y en cuanto a la proyección nacional del presidente gallego, es un debate que estaba y sigue estando abierto, pero fiado a tan largo plazo que el líder popular tiene muchas otras urgencias antes que resolver la de medirse con su alter ego. En el PP todavía siguen preguntándose por qué rechazó presentarse a la sucesión de Mariano Rajoy en un Congreso en el que su victoria estaba hecha. También todavía hoy el PP se resiste a certificar que ese «tren» se le haya pasado al barón gallego.

Por otra parte, el mal resultado del PP en el País Vasco se daba por amortizado en clave regional, pero adquiere una especial relevancia nacional por el factor de la coalición con Ciudadanos (Cs). Esta coalición hizo aflorar las tensiones y diferencias entre Madrid y la dirección vasca, y acabó siendo el instrumento que utilizó Génova para forzar la caída de Alfonso Alonso y su relevo por otro «pata negra» de la política vasca, Carlos Iturgaiz, como candidato a Lendakari. La caída en escaños y en votos de la unión de siglas entre PP y Ciudadanos confirma los temores de dirigentes autonómicos respecto a los resultados electorales de esa estrategia a nivel territorial. El pacto no ha movilizado al voto de centro derecha en el País Vasco y reabre el debate sobre cuál es la vía a seguir en Cataluña para avanzar en ese objetivo de reforzar el voto constitucionalista al que apelan tanto el PP como la formación naranja. En Cataluña tampoco está claro que la suma de siglas sume votos, y en la dirección del PP catalán tienen las mismas dudas que en su día manifestaron desde el PP vasco, con la diferencia de que Alejandro Fernández, su «número uno», sí forma parte del nuevo equipo del que se está rodeando Casado desde que llegó a la Presidencia Nacional del PP. Alonso, ex presidente del PP vasco, apoyó a la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría en la carrera por la sucesión de Rajoy, y tenía en contra al «aznarismo», que en la actual dirección representa Cayetana Álvarez de Toledo.

Los resultados vascos confirman que la simplificación del análisis político en los territorios históricos a la dualidad entre constitucionalismo frente a no constitucionalismo no tiene enganche suficiente como para reforzar al centro-derecha.

La previsión de que en Cataluña también haya elecciones este año ya ha hecho que en la nueva dirección de Cs circule la idea de que la coalición con el PP catalán debe valorarse caso por caso, en función de si sirve o no para sumar más votos y reforzar al constitucionalismo. En el País Vasco no había constatación de que la suma sirviera para mejorar en apoyos, pero aun así no hubo dudas por parte de Ciudadanos ni tampoco de Génova para sellar el pacto. El debate sobre la coalición catalana viene condicionado, además, por el cambio de estrategia del equipo de Inés Arrimadas en su relación con el PSOE: la disposición a llegar acuerdos con los socialistas para la política de reconstrucción está distorsionando los equilibrios y la relación entre PP y Cs.

Si los dos partidos son coherentes con los discursos que hicieron cuando forzaron el pacto vasco, la coalición debería reeditase en los mismos términos en Cataluña, pero el mal resultado de anoche y la nueva estrategia de Cs anticipan que habrá debate tanto interno como externo a las propias organizaciones políticas.

Las elecciones de este domingo tienen, en cualquier caso, un peso muy relativo en la política nacional. En lo inmediato la extrapolación es inevitable, pero la fuerza de la crisis económica y social y los rebrotes de la pandemia colocarán enseguida el foco en otras cuestiones de la agenda. Aunque esto no reste importancia a la evolución política en las comunidades históricas. La fortaleza del nacionalismo vasco es indiscutible. El centro derecha sigue hundiéndose en el País Vasco, y las perspectivas en Cataluña tampoco son nada halagüeñas, una situación de debilidad territorial que debilita también su política para Cataluña en el ámbito nacional. La debacle de la alianza entre el PP y Cs debería obligar a Génova a revisar y actualizar su estrategia porque el riesgo es consolidarse como una fuerza residual.