La «iglesia» de Torra

El inefable y obediente Torra, tras expedientar al Cardenal y Arzobispo de Barcelona Omella, por desobedecer su orden y celebrar en la Sagrada Familia –con todas las medidas de seguridad– el funeral solemne por los miles de muertos del Covid, le ha acusado de actuar durante el «Octubre amarillo» de 2017, no como «hombre de Iglesia, sino de Estado».

Llamativa fue su confesión de que él había sido educado por los jesuitas (sic) y que, por eso, sus referentes eclesiales eran Casaldáliga y Ernesto Cardenal, y «su iglesia, la de los presos políticos».

Esta referencia a «su iglesia» no debe pasar desapercibida. Compartiendo siglos de historia y sobre todo, de fe, es imposible argumentar racionalmente un inexistente derecho a la autodeterminación. Torra es consciente de ello, y por eso expresa su fe en la «Iglesia de los presos políticos».

Escuchando esto, que no sorprenda lo que sucede en Cataluña. Si aspiras a la propiedad de lo que consideras obsesivamente «tu país», y el liderazgo es ejercido por personajes como Puigdemont y su vicario Torra, puede abundar de todo, especialmente el ridículo.

Tras Lutero y demás compañeros heresiarcas, se convierte ahora en fundador de una nueva iglesia en la que la nación será su dios y Puigdemont, su profeta. Su vicario y papa, Torra; los presos, sus santos intercesores; la prisión, su templo. El lacito amarillo, su símbolo religioso; la indepèndencia su oración y el Procés, su proceso de conversión. Amén. Amén.