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El hobby de mirar estrellas

Serio, prudente, cercano y amante de su familia, es un aficionado a la astronomía, y le gusta descubrir restaurantes nuevos con la Reina

  • El hobby de mirar estrellas
    / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

28 de enero de 2018. 15:56h

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Aurora G. Mateache 30/1/2018

Cuando a las personas que no han tenido contacto con Felipe VI se les pregunta qué transmite a través de sus discursos suelen coincidir en serenidad, seguridad en sí mismo, confianza, seriedad, rigurosidad y... frialdad. Y, entre bastidores, es curioso que la impresión sea la misma. En actos institucionales, o viajes, una vez que ya no están las cámaras delante y puede relajarse y tomarse algo en el «cocktail» de turno –a veces le ayuda una copa de vino tinto–, la actitud del Monarca es muy parecida. Con más herencia de Doña Sofía que de Don Juan Carlos en los genes, Don Felipe puede aguantar con paciencia estoica y sin perder la rectitud de su postura a un enjambre de personas que se arremolinan a su alrededor para poder decirle algo o hacerse un «selfie» el tiempo que haga falta, con un sufrido equipo de seguridad que va estableciendo los turnos de interlocución.

Físicamente, tiene categoría, como su madre, aunque sea un término en desuso. Ese halo de distinción que desprenden algunas personas porque sí; se tiene o no se tiene. De educación exquisita, cuando habla de tú a tú, ya sea con un empresario del Ibex, un estudiante de medioambientales o el «último mono» de la sala, mira a los ojos de su interlocutor constantemente, como si escuchara lo más interesante que le puedan decir, y suele mantener una medio sonrisa de cortesía, que abandona para reírse abiertamente si algo le hace gracia, cabeza hacia atrás. En la risa se podría decir que es él mismo. A diferencia de la Reina, no es dado al contacto físico, Doña Letizia sí suele coger del brazo al hablar en un gesto cercano, pero el Monarca mantiene la misma distancia de Doña Sofía. Muy reflexivo, antes de responder se toma su tiempo para meditar la respuesta. En esta actitud tampoco se acerca a su padre, Don Juan Carlos, de respuesta rápida y broma en la punta de la lengua, experto en desviar un tema si no le interesa. El Rey es prudente y escucha más que habla. Escucha hasta el final incluso discursos institucionales que se alargan hasta la eternidad, y se percibe en su mensaje de réplica, si lo hay, ya que, a pesar de que ya esté escrito, introduce un comentario al hilo de lo expresado por su precedente.

Este periódico publicó una conversación con el entonces Príncipe de Asturias cuando cumplía 46 años y aseguró que afrontaba el año «con ganas de tirar hacia adelante, como todos». Ese «como todos» es significativo en su personalidad, ya que, pese a ser plenamente consciente de la figura que encarna, es un Rey muy preocupado en conectar y acercarse a la gente, algo que ha ido aprendiendo con los años. Ese carácter controlado, tan beneficioso a la hora de transmitir seriedad, le corta las alas en cambio en cuanto a espontaneidad, virtud que siempre caracterizó a Don Juan Carlos y que favoreció ganarse la simpatía del pueblo español. Cuentan sus más allegados que el jefe del Estado, en la intimidad, en el círculo de amigos, nunca tiene necesidad de ser el centro de atención, ni de tener la última palabra. Puede llegar a ser colérico, pero en circunstancias excepcionales. «Nunca te montará un pollo en público. Yo una vez tuve una discusión con él, me llevó aparte y me puso en mi sitio. Pero no te dejará mal delante de los demás», cuenta un íntimo suyo, de los que acuden a Zarzuela a tomar la copa de Navidad cuando Don Felipe organiza un plan con los amigos –hombres– de siempre. Un militar de alto rango, que ha estado a su lado desde tiempos inmemoriales asegura que se toma la unidad de España «como algo personal. Cuando algo atenta contra el país lo siente como si se lo hicieran a él, por eso le dolió tanto cuando le abuchearon en Cataluña en la marcha por los atentados». «Ha sufrido pitidos en otras ocasiones, pero en un momento tan doloroso como aquél es muy duro».

Si una de las aficiones predilectas de Don Juan Carlos es la caza, sus más cercanos aseguran que a Don Felipe no le quita el sueño. «Alguna vez ha ido de perdices, caza menor, pero no lo consideraría una afición. Y si va a alguna montería es por las migas y el ambiente», se ríe. «Pero lo que realmente le gusta es el esquí, el squash y la vela».

En sus ratos libres, Don Felipe no rechaza un «gin-tonic» si la ocasión lo merece, ni una sesión de cine en versión original, como se ha comprobado en numerosas ocasiones. Mientras que Don Juan Carlos es de ir a la «mesa de siempre», donde sabe que se come bien, el Rey acostumbra más a innovar en restaurantes, acompañado por Doña Letizia. Poco dado a mostrar alguna emoción, sí confesó una vez en un viaje oficial echar de menos a sus hijas. Al Rey le gusta cuando puede llevarlas al colegio y ver sus avances. En resumidas cuentas, estar en familia. En sus ratos de soledad, acostumbra a ver series, y también disfruta leyendo libros históricos. Una curiosidad en el monarca es, sin duda, su afición por la astronomía y tiene un telescopio en Zarzuela para mirar el firmamento.

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