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Ada Colau, la reina del paralelo

No ha comprendido que si Barcelona no se metropoliza no tiene futuro. Carece de un plan más allá de envolverse en la estelada.

  • Ada Colau, la reina del paralelo

Tiempo de lectura 4 min.

14 de mayo de 2019. 03:13h

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Sabino Méndez 14/5/2019

Aupada por el enfado que sintieron los barceloneses hacia el descomunal sueldazo de su predecesor (Xavier Trias, de Convergència), llegó Ada Colau Ballano hasta la alcaldía de Barcelona.

Nacida en Barcelona en 1974, pasó su infancia en el barrio del Guinardó, estudió en la Academia Febrer (un clásico centro concertado de la ciudad) y luego probó a cursar estudios de Filosofía, carrera que no alcanzó nunca a acabar. Tras un españolísimo y clásico Erasmus en Italia, abandonó universidad para dedicarse al proyecto de labrarse una trayectoria de actriz.

A pesar de conseguir participar como secundaria en una serie de Antena 3 del año 2000, su carrera hacia el estrellato interpretativo tampoco llegó a buen puerto. Quizá por ello, a partir de 2003, empezó a dedicar todas sus energías a labrarse un futuro como activista y agitadora política. En cinco años, la llegada de la crisis financiera y los consiguientes problemas sociales dieron forma a un panorama favorecedor para su especialidad. En 2009, organizó la plataforma de afectados por hipotecas y en 2015, a rebufo de la ola del 15-M, creó la versión catalanista de Podemos (Barcelona en Comú) con la que ganó la alcaldía barcelonesa sin conseguir mayoría. Joven, dinámica, desacomplejada y mediática, apareció en el sistema político casi como una nueva estrella de los medios, en la medida que era vista como la primera cristalización institucional del movimiento 15-M que venía a luchar contra la corrupción. Sin embargo, a los quince días de ser nombrada alcaldesa ya colocaba a su pareja, Adriá Alemany, como responsable de relaciones políticas e institucionales de su partido y a Vanesa Valiño, la pareja de su primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, como asesora de la Concejalía de Vivienda en el Consistorio. Todos ellos procedían del observatorio DESC, una ONG especializada en charlas y cursos que recibía generosas subvenciones reforzadas con la llegada de Colau a la alcaldía.

Careciendo de bagaje profesional de gestión metropolitana, Colau se encomendó a una alianza con los socialistas intentando definir una especie de nebuloso proyecto neomaragallista para la ciudad. El principal obstáculo para desarrollarlo fue la ausencia en Colau de hechuras de estadista, incapaz de entender que, en el mundo que nos espera, las instituciones se desarrollan macroestatalmente como una urdimbre de zonas urbanas de influencia. Las trazas de Colau son básicamente de líder social y no de estadista, más decantada hacia la demagogia y el narcisismo que hacia la gestión pública. Sus argumentaciones siempre se preocupan en mayor grado de la aparente coherencia discursiva de su propio personaje que de la verdad fáctica de lo que está exponiendo. Eso dificultó que sus intenciones sociales pudieran plasmarse en gestión municipal. Por ese camino, han sido sonados sus resbalones con el Ejército, dando a entender que todo lo que llevaba uniforme era malo. Llegó a despojar al almirante Cervera del nombre de una calle acusándole de facha, mientras los historiadores se llevaban las manos a la cabeza recordándole que cuando existió tal almirante el fascismo aún no había nacido. Curiosamente, en las ocasiones en que las celebraciones catalanistas incluían cuerpos de milicias regionales del siglo dieciocho, la alcaldesa asistía y abdicaba entonces súbitamente sin problemas de todo su ideario pacifista. Otro rasgo de liderazgo personalista que la ha caracterizado son sus extemporáneas revelaciones personales de tipo sexual que casi siempre coinciden con un momento político electoral, como si la historia de los movimientos sociológicos fuera algo que le sucede exclusivamente a ella. Todo esos episodios la han situado en un populismo de escasa sustancia, condenándola al enfrentamiento con su propia guardia urbana, con el sector cultural de la ciudad y con problemas para cumplir sus compromisos presupuestarios.

Pierde en la comparación con Manuela Carmena, quien desde planteamientos ideológicos similares, ha tomado una dirección diferente quizá porque en Madrid existía un proyecto de ciudad y han sido capaces de generar consensos entre actores sociales, políticos y económicos contrarios, incluso al margen de las diferencias sectoriales. Barcelona, en cambio, carece actualmente de un plan estratégico que se dedique a pensar la ciudad a veinte años vista.

La dificultad de Colau para comprender el hecho innegable de que si Barcelona no se metropolitaniza no tiene futuro, tal como señalan urbanistas y sociogeógrafos, ha sido su principal déficit. Su única salida para sortear ese hecho incontrovertible no ha sido precisamente una muestra de cintura política: consistió en romper con los socialistas para lanzarse en los brazos del nacionalismo. Es decir, el torpe y estéril método añejo de envolverse en la bandera (en este caso regional) para disimular la falta de proyecto. Esa estrategia de vuelo corto refuerza cada vez más la faceta de su perfil que tiende al populismo efectista de cariz peronista. Las horas bajas que está viviendo su ciudad desde el punto de vista cultural permiten que ese populismo de barniz superficialmente progresista aún tenga sus seguidores, pero el futuro se muestra incierto.

La supervivencia política de Ada Colau pasa por conservar un peso satisfactorio en la alcaldía barcelonesa. Lejos quedan los momentos de 2015 en que hasta la atención de la prensa internacional se dirigió a ella y en la que se la justipreciaba incluso como posible candidata a la Generalidad o a la política de ámbito estatal. Probablemente no supo leer que su notoriedad no le pertenecía, sino que la tenía en préstamo, como a tantos otros les ha sucedido, de la propia ciudad de Barcelona.

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