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Historia de la (re) abdicación: “¿Por qué dimite el Rey? Porque le da la gana”

Sentirse apartado de la agenda de Zarzuela y la merma de sus facultades físicas le han llevado a retirarse de la vida pública. El reto: la discreción

  • El Rey Juan Carlos durante su visita en marzo de 2015 al entonces presidente electo de Uruguay José Mujica / Gtres
    El Rey Juan Carlos durante su visita en marzo de 2015 al entonces presidente electo de Uruguay José Mujica / Gtres

Tiempo de lectura 4 min.

03 de junio de 2019. 12:40h

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Fernando Rayón 2/6/2019

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Don Juan Carlos deja su actividad institucional, tal y como ratifican fuentes de su entorno, «porque le da la gana». Por su propia voluntad aunque es verdad que también presionado por la Casa y, hay que reconocerlo, por la merma de sus facultades físicas. Hace unos días que coincidí con él y doña Sofía en el Madrid Arena con motivo del Open de tenis, puede comprobar el alcance de estas dificultades. No eran posibles ya esos viajes a América para representar a su hijo en las tomas de posesión.

Para realizar el anuncio, eligieron el momento de mutuo acuerdo: el día después de las elecciones municipales y autonómicas. Lo contaron a través de un comunicado. Comunicado que incluía una carta del padre al hijo, fechada en Zarzuela el día anterior: domingo, 27 de mayo de 2019. En ella el rey Juan Carlos comunica a su hijo Felipe VI, que «cuando han transcurrido cinco años desde aquella fecha (la abdicación), creo que ha llegado el momento de pasar una nueva página en mi vida y de completar mi retirada de la vida pública». Y aunque estábamos todos contando concejales, y sumando mayorías en las comunidades que votaban, la noticia no pasó inadvertida. Y no pudo hacerlo porque la carta incluía a otra fecha, el 2 de junio, en la que se cumplían esos cinco años desde su renuncia, y a partir de la cual esa decisión cobraría efecto. ¿Las razones? Vamos con ellas.

Que todo comienza con la abdicación o renuncia es un hecho, aunque habría que remontarse a sus causas. El escándalo del «caso Nóos»; la desafortunada escapada cinegética a Botsuana, y la merma evidente de su salud, obligaron a don Juan Carlos a dar el paso que nunca quiso dar. Se lo había dicho su padre don Juan, conde de Barcelona: «Los reyes nunca abdican», pero la popularidad del monarca estaba afectando al prestigio de la Corona y, aunque intento revertir aquella tendencia, no pudo remontar los datos del CIS. Y, antes de que Rubalcaba se retirara, tomó la decisión más importante de su vida: renunciar al trono.

Intentó, eso sí, salvar los muebles. Seguiría ostentando el título de Rey, desarrollando una actividad pública y, sobre todo, asesorando a su hijo, el nuevo soberano. O eso pretendía. Pero el nuevo equipo de Zarzuela tenía otros planes. El reinado de Felipe VI trajo un nuevo tiempo y nuevas personas. Al principio pareció lógico que don Juan Carlos desapareciera de la agenda semanal de Zarzuela. Había que potenciar al nuevo monarca y visibilizar un cambio que, todo hay que decirlo, devolvió a la institución su prestigio tradicional. En esa imagen que se quería transmitir de transparencia y nuevos aires, don Juan Carlos recordaba los últimos y peores momentos. Pero aquella desaparición de la agenda se prolongó en el tiempo. Es verdad que desde la Casa del Rey se han dado a conocer datos y números que hacen pensar en otra cosa: 120 actos oficiales, 30 discursos, nueve viajes –entre ellos la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno colombiano y las FARC, la inauguración del canal de Panamá o los funerales de Fidel Castro–, pero si tenemos en cuenta que estos datos aluden a cinco años, nos damos cuenta enseguida de lo escasa que ha sido su presencia. Más aún si comprobamos que la mayoría de esos actos oficiales han sido de tipo cultural y que los viajes a las tomas de posesión de los presidentes iberoamericanos han tenido que restringirse por las dificultades físicas que se han agudizado.

Dos fueron las gotas que colmaron el vaso de Don Juan Carlos. La primera fue la decisión de Felipe VI de hacer cabeza él, y no su padre, en la Fundación Cotec, la institución presidida por la ex ministra Cristina Garmendia, y desde la que don Juan Carlos pretendía mantener un contacto privilegiado con los miembros del Ibex 35.

La segunda, que provocó un real cabreo, fue no ser invitado al acto en el Congreso que conmemoraba los 40 años de la constitución de las primeras Cortes de la democracia. «Han ido hasta las nietas de La Pasionaria» comentó a un amigo suyo para que transmitiera su enfado. E hizo saber algo más: exculpaba a su hijo de la no invitación, pero señalaba al entorno de Felipe VI como responsable de ese absurdo protocolario.

A partir de aquel momento don Juan Carlos percibió que no se contaba con él; y aunque el entuerto se procuró enmendar con un acto solemne en las Cortes con motivo del aniversario de la Constitución, la decisión de don Juan Carlos ya estaba tomada. No hay más que leer en el comunicado de la Casa del Rey –con el entrecomillado de don Juan Carlos– para despejar las dudas: «Desde el año pasado, cuando celebré mi 80 cumpleaños, he venido madurando esta idea (la de renunciar) que se reafirmó con motivo de la inolvidable conmemoración del 40 Aniversario de nuestra Constitución en las Cortes Generales».

Y un deseo. Esperemos que la actividad privada del anterior soberano no haga arrepentirse a los responsables de la Casa de haberlo sacado de la agenda oficial.

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