Opinión
Un poder que se ostenta pero no se ejerce
El reparto del juego entre el Estado central y las comunidades resulta óptimo, pues la responsabilidad termina al señalar a un culpable
La sucesión de elecciones de 2023 dejó un panorama político inédito en España. Al contrario que en 1995 y en 2011, la acumulación de ejecutivos autonómicos por parte del PP no fue preámbulo de su llegada al gobierno central. Pedro Sánchez consiguió ahormar una mayoría parlamentaria contra el partido ganador de las generales y seguir en Moncloa. De modo que la naciente legislatura tendría al PSOE al mando estatal y a los populares en la mayoría de las comunidades.
La cesión de competencias a estos territorios ha sido tan intensa que casi permite hablar de un poder bifronte. Alguien en el entorno presidencial debió unir los puntos. Ya sabemos que por ahí el lema siempre fue hacer de la necesidad virtud. La cara más amarga de la gestión del día a día sería para las comunidades. El Gobierno podría seguir ejerciendo así el papel que tiene más interiorizado: el de agitador del debate social con propuestas que rara vez conseguirán aprobarse en las Cortes. Un marco óptimo para apuntalar el discurso, importado en su día de Pablo Iglesias, sobre ese ejecutivo que lucha frente a quien realmente sujetaría el mango de la sartén: un batiburrillo de jueces, medios de comunicación fachosféricos y empresarios con puro como de viñeta de Forges.
Lo mejor para evaluar el papel adoptado por el Gobierno en la crisis de los incendios es dar por bueno el marco teórico. Compremos la idea de que las competencias son de las comunidades y estas son un dechado de inutilidad cuando están manos del PP. Si ese es el estado de las cosas… ¿Qué hacía Puente tuiteando los primeros días, dando la sensación de regodearse con la desgracia porque le permitía atacar al rival? ¿Por qué todos los portavoces adoptaban esa pose de funcionario que te manda a la ventanilla de al lado señalándola desdeñosos con el dedo índice y sin levantar la vista del periódico?
Si la gestión de cualquier asunto es un desastre en manos de los populares, ¿no habría sido más eficaz utilizar los resortes existentes para tomar el control y demostrar quién funciona mejor ante la adversidad? Sucede que, de nuevo, la realidad atropelló a un equipo gubernativo entregado permanentemente a la construcción del relato. En otras palabras: la exhibición de «muñecos» a la que suele aludir Pedro Herrero.
Hace mucho tiempo que Pedro Sánchez decidió que rendir cuentas no iba con él. Ya nos ahorra aquellos actos pomposos con los rostros del IBEX. Pero la mecánica ha permanecido: hacer anuncios sin parar, como si acabara de llegar al despacho de Moncloa en vez de llevar aposentado en él siete años. De modo que el debate se distrae con la novedad, en vez de ponerse a comprobar cuánto de todo aquello se ha llevado efectivamente a cabo. La estrategia ha sido tan machacona que hasta el oyente más entregado no puede negar la sensación de «déjà vu». Aquí empieza a traicionar el glosario. Si llevas desde 2018 refiriéndote a algo como una «emergencia», quizá haya llegado ya el momento de poder presentar cosas que parezcan resultados.
Partiendo de esa concepción, este reparto del juego entre el Estado central y las comunidades autónomas en las que se subdivide resulta óptimo. El poder se ostenta pero no se ejerce. La responsabilidad termina en el momento en el que ya se ha señalado a un culpable.
La cordialidad institucional está bajo mínimos. De momento, todavía a día de hoy dos dirigentes de partidos distintos evitan insultarse si coinciden en algún puesto de mando. Pero no podemos jurar que incluso este uso caiga también en el olvido más pronto que tarde. Es habitual escuchar un discurso que lamenta la imagen que este enfrentamiento permanente ofrece ante la ciudadanía. En esto se empiezan a apreciar las formas de manifestarse que han sido mucho tiempo propias de las audiencias de televisión. Aquello de decir que el electrodoméstico se encendía, si acaso, para ver los documentales de La 2 cuando el verdadero favor del público recaía en el reality más chocarrero. Cuando los partidos se entregan a estos numeritos es fácil sospechar que sus trabajos internos les dicen que eso es precisamente lo que demanda su público. Si de repente les vemos buscar un consenso desesperadamente será tras recibir algún «encuestazo» en la cara.
No parece casualidad que el enfrentamiento entre gobiernos por los incendios se esté viendo reproducido con tanta exactitud en la redistribución de los menores. Ya se va afinando la melodía con la que mucho nos tememos seremos machacados este nuevo «curso político». El día menos pensado escuchamos un «remake» de aquello de «Haga usted como yo, que no me meto en política» de boca del presidente. Sí que va en serio lo de la conmemoración del Año Franco.