Sánchez liga su futuro al resultado de Madrid y Valencia

Si Gabilondo pierde la condición de segunda fuerza, la tormenta está asegurada¡.

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante un acto por la Igualdad organizado ayer por el PSM en Alcorcón
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante un acto por la Igualdad organizado ayer por el PSM en Alcorcón

La incertidumbre en política es amiga de las cábalas, los cenáculos y las confabulaciones. Todos tienen algo que decir, que amagar o que barruntar. Sin embargo, todo se queda en un ruido mediático con más o menos fortuna. En el PSOE viven en la interinidad desde el fracaso electoral de 2011 y una dura travesía del desierto comandada por el capitán Rubalcaba, que no encontró ningún oasis en el que recalar.

El barco socialista a la deriva convocó unas primarias que llevaron a la victoria a Pedro Sánchez y un congreso lo ratificó como secretario general. Las primarias las perdió la vieja guardia, que quería ungir a uno de sus hijos predilectos como primer espada, Eduardo Madina, pero las bases se rebelaron y también lo hizo una –casi–desconocida Susana Díaz, que acababa de llegar a la presidencia de la Junta de Andalucía ocupando la plaza que dejaba un maltrecho José Antonio Griñán, víctima de la investigación del escándalo de los ERE.

Las encuestas dejaban al PSOE al pairo de un enfrentamiento entre PP y Podemos que lo marginaba a una plaza de espectador en el patio de butacas. Para evitar lo que se presumía irremediable, Susana Díaz adelantó las elecciones andaluzas. Lanzó su órdago a la grande para volver a poner al PSOE en primera línea y evitar que tras un largo proceso electoral se perdiera la joya de la corona del socialismo: Andalucía. Lo ganó de forma clara y contra todo pronóstico.

Sin embargo, el movimiento andaluz fue visto con recelo en Ferraz. Se contempló como un gesto estratégico que tenía como objetivo final fortalecer el liderazgo de «la Reina del Sur» para influir en el candidato a las elecciones generales. Sánchez no estaba dispuesto –fue elegido secretario general y estaba dispuesto a ejercer como tal– y movió sus fichas internas destituyendo a Tomás Gómez, el barón de los socialistas madrileños y uno de los puntales de Susana Díaz junto a Ximo Puig, el candidato valenciano. En enero, Sánchez todavía enviaba a Tomás Gómez mensajes de apoyo. En febrero, Gómez pagó los platos rotos. Fue sustituido por Ángel Gabilondo en un golpe de mano de Sánchez, que apareció rodeado de la plana mayor de la vieja guardia del PSOE.

La victoria de Díaz en Andalucía no acabó con el ruido de sables. Al contrario, las tribulaciones internas del socialismo español se acentuaron. Sánchez –que apenas tuvo un papel en la campaña andaluza– se apropió de la victoria y anunció el inicio del «cambio seguro». El secretario general extrapoló los resultados andaluces mirando al cercano horizonte de las autonómicas y municipales del 24 de mayo. Su nueva guardia pretoriana –el felipismo sociológico– empezó a plantear una estrategia que mira de reojo a las fuerzas emergentes, sobre todo a Podemos. La cuestión era desempolvar la vieja idea de la gran coalición para evitar que PP y PSOE perdieran el centro político y su papel en la gobernabilidad. En paralelo, el zapaterismo flirteaba con Podemos –en esa cena orquestada en casa de Bono– y se alejaba de Pedro Sánchez.

Así las cosas, Felipe González lanza su diatriba en la conferencia municipal llamando a todos a cerrar filas con Pedro Sánchez porque es el secretario general. En un intento de cerrar las puertas a la incertidumbre, todos los barones regionales se han puesto del lado del secretario general. Todos lo han hecho porque el conflicto no es un buen consejero en puertas de citas electorales. Algunos, como el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, han ido un poco más allá y han puesto palos en las ruedas a las aspiraciones de Carme Chacón como rival de Sánchez en unas primarias. Incluso afirman que el PSC no apoyará a Chacón como si, hoy por hoy, la dirección del PSC tuviera influencia en la militancia socialista.

Sin embargo, el debate se aplaza porque los dimes y diretes tienen fecha de caducidad: el 24 de mayo. A partir de esa fecha, el melón se volverá a abrir en función de los resultados electorales y, de momento, hay un mensaje sobre la mesa para Sánchez con remitente de Susana Díaz: apoyo al secretario general y neutralidad en la elección del candidato. De hecho, los barones del PSOE no son unos videntes sobre el futuro de su partido. Casi nunca han acertado en sus predicciones y algunos de los que ahora hablan pueden ser historia después del 24-M. Extremadura, Castilla-La Mancha, Asturias, Aragón, Baleares, Valencia y Madrid gritarán, más o menos, en función de su propio resultado. Influirán, más o menos, si acaban la contienda electoral en traje de luces o con la ropa hecha jirones. Por eso, se han conjurado todos a aplazar el debate. No tienen más margen.

Con sus palabras, Felipe González trata de evitar que el día después se convierta en la noche de los cuchillos largos. El ex líder socialista nunca se ha mostrado muy partidario de primarias y menos en un estado de agitación tras unos comicios. Las encuestas muestran un PSOE que se recupera pero puede que estos ánimos no sean suficientes. Sánchez ligará en buena medida su candidatura al resultado de Gabilondo. Si en Madrid el PSOE pierde su condición de segunda fuerza la tormenta está garantizada. Si en Valencia sucede lo mismo hablaremos de tifón. Si la victoria no sonríe en otras comunidades hablaremos de maremoto. Nadie perderá por errores propios. Todas las miradas se dirigirán a Ferraz para exigir responsabilidades. Por eso, Sánchez necesita lograr unos resultados que se vean aceptables para imponerse: recuperar gobiernos autonómicos y algunas plazas simbólicas, además de parar a Podemos y otras fuerzas de izquierda en Madrid y Valencia. Si no lo consigue empezará una nueva partida. Díaz jugará sus cartas y Chacón, también, aunque sea sin un PSC que no estará para tirar cohetes por sus gélidas expectativas electorales. Díaz tendrá mucho que decir en ese momento y no será neutral. Sánchez tendrá que competir con otros candidatos y no tendrá suficiente con el apoyo de la vieja guardia.